Primera entrega de la bilogía "Segundas oportunidades"
Una exitosa empresaria, se enfrenta al pasado cuando revive sentimientos que nunca pensó volver a tener.
Tereza Roberts quedó viuda muy joven, haciéndose cargo desde entonces de una cadena de...
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Una semana ha pasado desde mi encuentro con Tereza aquella mañana en la cocina, desde entonces miles de imágenes haciéndole el amor gobiernan mi mente, no he podido dormir bien, ni siquiera he comido bien, mis pensamiento giran en torno a ella, en besarla, acariciarla... y es que ya parezco desquiciado.
Tampoco es que tenga toda la culpa. Ahora ella se la pasa provocándome todo el tiempo como en dicha mañana cuando dejó caer mermelada sobre sus pecho. Eso sumado a lo mucho que la deseo, es una bomba que en cualquier momento podría estallar.
—¿Qué pasa, Edward? —pregunta la Abuela y me observa fijo. Hoy es domingo y desayuno con ellas—. No has probado tu desayuno. —Ahora su mirada muestra preocupación.
—No es nada, Abuela, Solo no tengo apetito. —En cierto modo es cierto.
—Debes comer, no vayas a enfermar.
—Tienes razón. —Tomo su mano y deposito un beso en ella para luego obligarme a ingerir el desayuno.
Sonríe agradecida mientras desayunamos en silencio. Silencio que es interrumpido por la voz de Ross.
—No iré al colegio mañana —habla sin levantar la cabeza de su plato.
—¿Se puede saber a qué se debe esa decisión? —Dirijo toda mi atención a ella.
—Es... es que... ¡No me gusta ese colegio! Todos son unos niños ricos de papi y mami que suelo buscan presumir cuánto dinero tienen, todo el tiempo se están burlando de mí —expresa con tristeza.
—Solo ignóralos, cariño —aconseja la abuela.
—Ross —le llamo para que levante su cabeza y me miré—. Ross —insisto—, Sabes que fue muy difícil conseguir una escuela que te aceptara a mitad de año, no puedes darte el lujo de solo abandonar y ya, estás ahí para estudiar, no para hacer amigos.
—Edward... —Intenta la abuela interceder, pero la interrumpo.
—No, abuela —determino, conozco sus intenciones—. Ross tiene que aprender que la vida no es color de rosa, que las cosas cuestan sacrificio, y no simplemente abandonar por un berrinche.
Al llegar a la ciudad sabíamos el riesgo que corrimos al sacar a Ross a mitad de año, mas no teníamos otra opción.
Recorrimos casi todos los colegios que se acomodaban a nuestro presupuesto, pero en ninguno tenían cupo disponible, en las escuelas públicas tampoco quisieron aceptarla. Después de una semana de intentarlo, decidí pedirle ayuda a la señora Roberts, ella con sus influencias logró que recibieran a mi hermana en un colegio de niño ricos, como Ross lo llama, ahí asisten los hijos de las personas más influyentes de la ciudad y mi hermana pequeña ahora se niega a ir.
—¡Es que no entiendes! —Sus ojos se tornan brillosos—. No soy parte de ellos. ¡Extraño a mis amigos! —grita con fuerza.
—Claro que entiendo, la que parece no entenderlo eres tú. Debes de aprovechar la oportunidad que se te está brindando, no ves mi situación, mira dónde estoy cuando debería estar estudiando, mas no puedo, y tú que tienes la oportunidad, pretendes echarlo todo a perder por tus inseguridades —mascullo enfadado por el comportamiento infantil que tiene—. Mañana volverás al colegio y no se discute más.
Se levanta de la mesa con lágrimas. Odio verle llorar, pero no puedo permitir que juegue así con su futuro.
—¿Adónde crees que vas? Vuelve a la mesa inmediatamente —exijo.
—Déjala ya, hijo —pide la abuela al tomarme del brazo cuando intento ir tras ella—. Solo es cuestión de tiempo para que se acostumbre.
Escucho cómo la puerta de la habitación de Ross se cierra con fuerza.
El lunes por la mañana me levanto temprano como de costumbre, para irme a trabajar y poder llevar a Ross a clase.
En el transcurso de la casa al colegio, no me dirige la palabra en ningún momento. Estoy arrepentido por la forma en la que le hablé, la situación con Tereza me tiene estresado y descargué todo con ella. Al llegar a la institución, se baja del auto con prisa.
—Espera.
—¿Ahora qué quieres? —Está a la defensiva y la comprendo.
—Quiero que me perdones, no debí gritarte de esa manera, estaba muy cansado y pagué contigo, no es justo que lo haya hecho.
—Bien, si eso es todo, me voy. —Se gira para caminar hasta la entrada.
—No, por favor, no te vayas todavía, no quiero que sigamos peleados, eres lo que más quiero en esta vida y no me gusta que te enojes conmigo, todo lo que hago lo hago por tu bien y el de la abuela —explico.
—Te perdono, yo también te quiero. —Se arroja a mis brazos para envolverme con ellos.
—Hasta luego, te quiero —repito. Agita su mano hacia mí, para luego entrar al colegio.
La sigo con la mirada hasta que desaparece dentro, me monto en el auto poniéndolo en marcha para ir a mi trabajo.
Vamos conociendo un poco más de la vida de Edward.