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El aire fresco de la noche aún impregnaba la chaqueta de George que Brielle llevaba sobre los hombros, y mientras avanzaba hacia su casa, su mente volvía, una y otra vez, al instante en el que ambos estuvieron tan cerca de besarse. El toque suave de sus labios, la calidez de su abrazo... Todo ello se sentía como un sueño que aún podía tocar.
Con cada paso, el peso de la realidad empezaba a caer sobre ella. Aquel momento había sido real, tan real que todavía podía sentir el eco de su abrazo en su piel, y sin embargo, sabiendo que cruzar el umbral de su hogar implicaría regresar a su vida cotidiana, se resistía a dar ese último paso.
Cuando finalmente giró la llave en la puerta, el silencio habitual la recibió, pero no estaba sola. Tía Mimi la esperaba en el umbral, con los brazos cruzados y una mirada penetrante que no se molestó en disimular. Brielle se sorprendió, aunque se esforzó en mantener la compostura, recordando aún el calor de la chaqueta de George sobre sus hombros.
—¿Dónde estabas? —preguntó Mimi, con un tono que intentaba ser casual, pero que dejaba entrever una leve sospecha.
—Solo… dando un paseo —respondió Brielle, tratando de sonar despreocupada.
Mimi bajó la mirada hacia la chaqueta que Brielle llevaba y arqueó una ceja, escrutándola con detenimiento.
—Vaya, parece que te encontraste con alguien en ese paseo —comentó Mimi, su voz adquiriendo un matiz inquisitivo mientras observaba la chaqueta de George. No había juicio en su tono, pero Brielle sabía que su tía era demasiado perspicaz como para dejar pasar aquello como una simple coincidencia.
—Es… de un amigo —respondió Brielle, sintiendo cómo el rubor subía a sus mejillas. Apartó la mirada, consciente de que cualquier palabra adicional podría delatarla más de lo necesario.
Mimi dejó escapar un leve suspiro y, en un movimiento casi imperceptible, se acercó a ella con una expresión de advertencia.
—Brielle, escúchame —dijo, su voz apenas un susurro pero cargada de seriedad—. Entiendo que tienes amigos… buenos amigos. Pero ten cuidado. A veces, lo que parece un juego puede convertirse en algo más complicado de lo que imaginas.
Brielle asintió lentamente, sus palabras resonando en su mente como una advertencia que no podía ignorar. Intentó sonreír, aunque el recuerdo de George y de su mirada tierna hacía que cualquier intento de aparentar indiferencia resultara inútil.
—No es nada, tía Mimi. En serio. Es solo un amigo —dijo finalmente, aunque en el fondo de su corazón sabía que esas palabras eran solo una frágil capa que cubría la verdad.
La tía Mimi la observó por un momento más, su expresión suavizándose ligeramente, como si entendiera lo que Brielle intentaba ocultar, aunque sin decirlo en voz alta.
—Solo prométeme que te cuidarás —murmuró finalmente, colocando una mano reconfortante sobre el hombro de Brielle.
—Lo prometo —respondió Brielle, intentando calmar su propio corazón, que latía con fuerza ante la idea de lo que había compartido con George y de lo que aquello podría significar para ambos.