/ cap. O44

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6 de julio de 1964

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6 de julio de 1964. Londres estaba vibrante, como siempre, pero aquella tarde había una energía especial en el aire. Los Beatles acababan de dar un nuevo paso hacia el estrellato absoluto con el estreno de su película, A Hard Day's Night. El teatro Empire, en Leicester Square, estaba rodeado de una multitud enloquecida, fanáticas gritando los nombres de John, Paul, George y Ringo con un fervor casi religioso.

George, vestido con un traje negro impecable, permanecía junto a los demás mientras saludaban a los fans y posaban para las cámaras. Pero en medio de toda la euforia, su mente estaba en otra parte. No podía evitarlo. Habían pasado meses desde la última vez que había hablado con Brielle, y aunque intentaba convencerse de que estaba bien, de que el ritmo implacable de la fama y los viajes justificaba su distancia, en el fondo sabía que la había estado evitando.

—Eh, Harrison, ¿estás con nosotros o qué? —dijo John, dándole un leve codazo en las costillas.

—Sí, estoy aquí —respondió George, forzando una sonrisa.

Pero John no se dejó engañar. Lo conocía lo suficiente para saber cuándo algo no estaba bien. Aun así, no dijo nada más, dejando que el momento siguiera su curso.

Una vez dentro del teatro, mientras los fotógrafos seguían capturando cada movimiento, George se encontró cara a cara con Pattie Boyd. Era una de las actrices que había trabajado en la película, aunque su papel había sido breve. Sin embargo, desde el primer día del rodaje, algo en su sonrisa había llamado la atención de George.

—Hola, George —dijo Pattie con una voz suave pero segura.

Él la miró por un segundo, como si intentara procesar que estaba realmente ahí.

—Pattie. Hola. Te ves… increíble —respondió, rascándose ligeramente la nuca, un gesto que delataba su nerviosismo.

Ella soltó una pequeña risa, inclinando la cabeza.

—Gracias. Tú también. Aunque creo que es más fácil para ti con todo este público.

George dejó escapar una risa breve, relajándose un poco. La conversación fluía con naturalidad, como siempre lo hacía con Pattie. Había algo en su forma de ser que lo hacía sentirse cómodo, como si por un momento pudiera olvidar el caos que lo rodeaba.

Pero entonces, en medio de la charla, una imagen cruzó su mente: Brielle, con su sonrisa tímida y esos ojos que parecían leerlo mejor que nadie. Su pecho se contrajo, como si una mano invisible lo apretara. ¿Cómo era posible que, incluso mientras hablaba con Pattie, siguiera pensando en ella?

—George, ¿estás bien? —preguntó Pattie, inclinándose un poco hacia él, con una expresión de genuina preocupación.

—Sí, sí, sólo estoy… distraído, supongo —respondió rápidamente, intentando ocultar la verdad detrás de una sonrisa.

La proyección de la película comenzó, y mientras las risas y los aplausos llenaban la sala, George apenas podía concentrarse. Su mente era un torbellino de emociones. Había algo en Pattie que le atraía, algo genuino y dulce. Pero el peso de sus sentimientos por Brielle seguía presente, como una sombra que no podía ignorar.

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