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En una noche que no parecía tener prisa, la lluvia caía con ritmo constante contra los ventanales de su pequeño apartamento. A veces, cuando el silencio era tan denso que podía escuchar su propia respiración, Brielle pensaba que había una especie de alivio en los días grises. No había presión por salir, por sonreírle a nadie, ni por pretender. La ciudad entera parecía tomarse un respiro, y ella con ella.
Sentada junto a su mesa, aún con las marcas de las hojas que había garabateado horas antes, Brielle sostenía una taza de té que ya se había enfriado. Estaba quieta, pero su mente no lo estaba.
No era la primera vez que se preguntaba por qué seguía viviendo a medias. Ya no era una niña, lo sabía. Pero entonces, ¿por qué seguía actuando como si necesitara permiso para existir?
Se recostó en la silla, observando el techo, liso y blanco como una porcelana.
" Tengo diecinueve años. "
Lo pensó en voz alta, casi sin querer. No sonó como una revelación. Sonó como un recordatorio.
" Tengo diecinueve años. "
Volvió a decirlo, esta vez con un poco más de firmeza. Era una frase tan simple, y sin embargo, se sintió como un portazo a muchas cosas que venía arrastrando desde la infancia. La forma en que su tía la trataba como si aún tuviera trece. La forma en que John la miraba cuando se reía demasiado con alguien. Las advertencias veladas. Los silencios incómodos.
Por primera vez, no sintió rabia. Sintió... claridad.
Ella ya no vivía bajo el techo de Mimi. Pagaba su propio alquiler, lavaba su ropa, organizaba su vida como podía. Ya nadie podía decirle a qué hora llegar ni con quién salir.
Y sin embargo, seguía sintiendo que debía justificarse todo el tiempo. Como si necesitara una especie de aprobación invisible para moverse por el mundo.
¿Desde cuándo me da miedo querer lo que quiero?
No se trataba solo de George. Se trataba de todo. De elegir su ropa, de decidir si ir o no a una fiesta, de decir que no sin sentir culpa. De ir a ver una película sola sin que la tía Mimi le dijera que eso era de gente solitaria.
Tal vez no había sido criada para pensar en sí misma como alguien libre.
Pero ya no era una niña.
Y no iba a pedirle permiso a nadie para ser ella misma.
Se levantó con lentitud, dejando la taza en el fregadero. Miró su reflejo en la ventana empañada. El rostro era el mismo: pecas, ojos llenos de pensamientos, el cabello ligeramente desordenado. Pero la mirada... no. La mirada era distinta.
—No necesito que nadie me diga que puedo —murmuró.
No era un acto de rebeldía. Era un acto de honestidad.