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El resto de la noche transcurrió como un acto cuidadosamente ensayado, donde tanto Brielle como George intentaron encajar en sus respectivos papeles. Ella se unió al círculo donde Cynthia hablaba con Mimi y Paul, y él volvió a su guitarra, dejando que las conversaciones lo rodearan como un eco distante. Sin embargo, a pesar de sus mejores esfuerzos, ninguno de los dos pudo ignorar la chispa que aún danzaba en el aire entre ellos.
La celebración comenzó a disolverse pasada la medianoche, con risas atenuadas y abrazos de despedida. Brielle se acercó a Cynthia antes de partir, acariciando suavemente su vientre.
—Te deseo lo mejor con Julian, Cyn. Estoy segura de que serás una madre maravillosa.
—Gracias, querida. Y no te olvides de venir a visitar cuando nazca —dijo Cynthia, sosteniéndole la mano con afecto.
Cuando Brielle se giró hacia la puerta para despedirse de Mimi, notó que George estaba junto a la ventana, observándola discretamente. Ella le dirigió una mirada rápida, lo suficiente como para transmitir un mensaje silencioso, pero ambos sabían que no podían quedarse a solas otra vez esa noche.
Horas más tarde, cuando el silencio de la madrugada envolvía Liverpool, Brielle se encontraba en su departamento. La pequeña lámpara de su sala iluminaba los papeles desordenados sobre la mesa, pero su mente estaba a kilómetros de distancia. Se llevó una mano a los labios, recordando el beso. La calidez de George, su fragilidad y esa confesión velada seguían latiendo en su pecho como un eco imposible de silenciar.
—No fue solo eso… —repitió en voz baja, casi como si las palabras de él hubieran quedado grabadas en su memoria.
Por otro lado, en su habitación, George apenas conciliaba el sueño. La guitarra descansaba a un lado de la cama, pero no encontraba consuelo en la música esa vez. Había roto su promesa interna de mantener la distancia. Por años, había convencido a su corazón de que lo mejor era callar, pero en ese instante bajo las estrellas, había fallado.
Y sin embargo, al recordar el beso, no podía lamentarlo del todo.
La mañana siguiente llegó con un cielo gris y una ligera llovizna. Brielle decidió distraerse yendo a un pequeño café cercano a su hogar, uno de esos lugares donde encontraba refugio entre páginas de libros y el aroma del café recién hecho. Pero mientras hojeaba un periódico, el sonido de la campanilla de la puerta la hizo levantar la vista.
Era George.
Por un instante, ambos se quedaron inmóviles, como si el destino hubiera decidido unirse a la broma. Él se acercó lentamente, sin apartar la mirada de ella.
—¿Puedo sentarme? —preguntó con cautela.
Brielle asintió, sintiendo cómo su corazón se aceleraba.
—No esperaba verte aquí —comentó, tratando de sonar casual.
—Tampoco esperaba verte yo. Tal vez es una señal. —La media sonrisa de George tenía ese tono suave que siempre lograba desarmarla.