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El sol entraba a cuentagotas por la ventana del departamento, colándose entre las cortinas como si también él tuviera pudor de irrumpir demasiado rápido. Brielle abrió los ojos despacio, como quien despierta en un lugar donde nunca ha dormido, pero que, de alguna manera, se siente más hogar que muchos otros.
No era su cama. No eran sus sábanas. No era su mundo... pero él sí lo era.
George estaba de espaldas, con el torso desnudo y el cabello revuelto sobre la almohada. Respiraba lento. Había una calma en su cuerpo que no había visto nunca antes. Como si al fin hubiera soltado algo que cargaba hacía años.
Brielle se quedó mirando. No por curiosidad, sino por cariño. Por la suave incredulidad de saber que eso, lo de anoche, había sido real. Que no había sido producto del jazz, ni del vino, ni del deseo acumulado. Había sido verdad.
Se sentó en la cama con cuidado, envolviéndose en la sábana, y dejó que el silencio la acompañara. En la mesita de noche había un libro abierto, un cenicero con una colilla apagada, y un casete sin marcar.
Fue entonces cuando George murmuró, sin abrir los ojos:
—¿Te vas a escapar sin decir nada?
Brielle sonrió.
—¿Y si sí?
—Te buscaría igual.
Abrió los ojos y la miró, sin moverse. Como si temiera que un solo movimiento rompiera ese equilibrio recién encontrado.
—Buenos días —dijo ella, bajito.
—Buenos días... —repitió él, como si la frase fuera nueva, distinta ahora—. ¿Estás bien?
Ella asintió. Lo dijo sin palabras, solo con una mirada tranquila, segura, un poco enamorada.
—¿Y tú?
George estiró una mano, tocándole el brazo.
—No tengo idea de qué va a pasar después... pero sí, estoy bien. Mejor que bien.
Se hizo un silencio breve, cómodo. Brielle bajó la vista, trazando un dibujo invisible sobre la sábana con el dedo.
—¿Crees que esto cambie todo?
George se sentó a su lado, aún adormilado, con los hombros desnudos y el cabello cayéndole sobre la frente.
—Ojalá. Porque si no cambia nada, no tendría sentido.
Ella lo miró. El gesto era serio, honesto. Y por dentro, algo se le derrumbó de ternura.
—Entonces que cambie —dijo—. Pero que cambie para bien.
George se acercó. Le rozó la mejilla con los labios.
—Para bien.
No hubo apuro. Desayunaron pan tostado con mermelada, café demasiado fuerte, y se rieron cuando se dieron cuenta de que ninguno tenía leche. George puso un disco instrumental que hablaba más de ellos que cualquier canción con letra.