/ cap. O38

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Paso media hora y la música y el bullicio del pub seguían resonando mientras Brielle y George se miraban desde la distancia, atrapados en un torbellino que parecía arrastrarlos fuera de la realidad

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Paso media hora y la música y el bullicio del pub seguían resonando mientras Brielle y George se miraban desde la distancia, atrapados en un torbellino que parecía arrastrarlos fuera de la realidad. Ella le tomó la mano nuevamente, más decidida esta vez bajo el efecto del alcohol.

—Vámonos de aquí —susurró Brielle, sin darle tiempo a George para responder.

Él no discutió ya que por supuesto que el también estaba ebrio. Salieron al callejón una vez más, pero esta vez Brielle lo guió con pasos tambaleantes hacia una pequeña pensión que había visto al cruzar la calle más temprano.

El cuarto que consiguieron era modesto, con una cama angosta y un par de lámparas que lanzaban sombras cálidas contra las paredes. Cerraron la puerta tras ellos, y Brielle, todavía entre risas nerviosas y el atrevimiento que el alcohol le otorgaba, se sentó en el borde de la cama mientras George la miraba desde la puerta, como si no supiera qué hacer a continuación.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, arqueando una ceja mientras jugaba con la costura de su falda.

—Nada —murmuró George, acercándose lentamente. Su voz estaba cargada de algo más profundo, algo que no tenía que ver con las pintas que habían bebido.

Brielle se levantó, quedando frente a él, y antes de que George pudiera pensar en decir algo, lo tomó por la solapa de su abrigo y lo atrajo hacia un beso lento, más calmado pero cargado de intensidad.

Las manos de George subieron tímidamente a la cintura de Brielle, y luego, con más seguridad, la rodearon, acercándola a él. Cada caricia parecía más íntima que la anterior, y los besos se volvieron más profundos, más urgentes.

Brielle dejó que sus labios exploraran el cuello de George, mientras él cerraba los ojos y suspiraba, sosteniéndola como si temiera que fuera a desaparecer. La cama estaba detrás de ellos, y poco a poco ambos se dejaron caer sobre ella, con movimientos lentos y torpes.

El tiempo pareció desdibujarse. En la penumbra del cuarto, se entregaron el uno al otro, sus risas y susurros mezclándose con el crujir del colchón y los suaves sonidos de la noche. No fue perfecto, como suelen ser las primeras veces, pero hubo ternura en cada beso, en cada roce. George trazó pequeños círculos en la espalda de Brielle con sus dedos, mientras ella jugaba con el cabello que caía sobre su frente.

Había algo más allá del alcohol en lo que compartían; ambos lo sabían. Había años de miradas contenidas, de palabras no dichas, de sentimientos que finalmente encontraron una forma de expresarse.

Cuando todo terminó, Brielle permaneció acostada junto a George, su cabeza apoyada en su pecho mientras escuchaba el latido de su corazón. Ninguno habló durante un rato. No necesitaban palabras.

Finalmente, Brielle rompió el silencio, su voz apenas un susurro.

—Esto va a complicarlo todo, ¿verdad?

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