/ cap. O42

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La noche aún conservaba ese extraño halo de intimidad que parecía envolverlos cada vez que estaban juntos

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La noche aún conservaba ese extraño halo de intimidad que parecía envolverlos cada vez que estaban juntos. Brielle y George caminaron lentamente por el parque, dejando el banco atrás pero sin soltar sus manos. La brisa helada les recordaba que el invierno en Liverpool todavía no se rendía, pero la calidez de sus dedos entrelazados parecía suficiente para contrarrestarla.

—No sé si me acostumbre a esto —confesó George de repente, rompiendo el silencio.

Brielle lo miró, confundida.

—¿A qué te refieres?

—A la sensación de que siempre estamos en el filo de algo. Como si todo pudiera derrumbarse en cualquier momento. —Su tono era serio, pero no triste; parecía más bien un pensamiento en voz alta.

Brielle apretó ligeramente su mano, tratando de transmitirle algo de la certeza que comenzaba a encontrar en sí misma.

—¿Y si en lugar de pensar en todo lo que podría salir mal, pensamos en lo que podríamos construir? —preguntó, deteniéndose y girándose hacia él.

George la miró fijamente, como si intentara descifrar si esas palabras eran una promesa o un desafío.

—Me gusta cómo suena eso —admitió con una sonrisa leve, aunque en sus ojos todavía había una sombra de incertidumbre.

Antes de que Brielle pudiera responder, una ráfaga de viento levantó su cabello, y George, en un gesto instintivo, apartó un mechón de su rostro. El toque fue tan ligero como un susurro, pero tan significativo que ambos se quedaron inmóviles por un momento, atrapados en la cercanía.

—George… —comenzó Brielle, pero su voz quedó suspendida cuando él la interrumpió.

—¿Te acuerdas de cuando te llevamos al Casbah por primera vez? —preguntó, su voz cargada de nostalgia.

La pregunta la tomó por sorpresa, pero no pudo evitar sonreír.

—Claro que lo recuerdo. Estaba aterrada de que John me regañara por meterme donde no me llamaban. Pero tú… tú fuiste el único que me dijo que no me preocupara.

George rió suavemente, como si también pudiera verse a sí mismo en ese momento, joven e inseguro.

—Siempre fuiste valiente, Brielle. Incluso cuando no lo creías.

Brielle lo miró, sintiendo cómo esas palabras se incrustaban en su pecho. Había algo en la manera en que George siempre lograba verla, más allá de las máscaras que usaba para protegerse.

—Quizá tú me diste el valor que necesitaba —dijo en voz baja, apenas audible.

George estaba a punto de responder cuando un sonido a lo lejos llamó su atención. Ambos se giraron hacia la entrada del parque y vieron una figura conocida: Stuart, quien aparentemente los había seguido.

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