/ cap. O47

30 3 0
                                        

No era la primera vez que se miraban así, pero sí era la primera vez que lo reconocían

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.


No era la primera vez que se miraban así, pero sí era la primera vez que lo reconocían.

En el rincón discreto del bar de jazz, apenas iluminados por la luz tenue de una lámpara envejecida, Brielle y George estaban tomados de la mano. No era algo grande ni ruidoso. Solo sus dedos, entrelazados con timidez y una familiaridad que venía de años. Años de miradas esquivas, de conversaciones inofensivas, de silencios que pesaban más que mil palabras.

Brielle lo miró. No como se mira a un extraño, ni a un ídolo, ni siquiera a un amigo. Lo miró como se mira a alguien que ha estado siempre allí, como un libro abierto dejado en la mesa que por fin te decidís a leer.

—¿Sabes cuántas veces soñé con escaparme así? —dijo ella, apoyando la barbilla sobre su mano libre.

—¿Escaparte a un bar de jazz? —George sonrió, suave, sin burla.

—No. Escaparme de todo lo que esperan de mí. De Mimi. De John. De esa idea de que soy la hermana menor que hay que cuidar. —Lo miró directo a los ojos—. A veces siento que nadie me pregunta qué quiero.

George asintió, pensativo. Su pulgar acarició, casi sin notarlo, el dorso de la mano de ella.

—Te entiendo más de lo que creés. Yo también fui "el más callado". El que no tenía derecho a romper el molde.

Ella rió, apenas.
—¿Y tú qué querias romper?

—Todo. —Su voz era grave, seca, sincera—. Pero nunca me animé del todo.

Brielle bajó la mirada a sus manos unidas.
—¿Y ahora?

George alzó la vista y la encontró otra vez.
—Ahora creo que estoy empezando a hacerlo.

La música seguía sonando de fondo, un saxofón que lloraba lento, como si narrara lo que pasaba entre ellos. No hacía falta llenar los silencios: los conocían de antes. Desde los pasillos de la casa de los Lennon, desde los ensayos en la sala de George, desde las miradas fugaces cuando ella traía té, cuando él le corregía un acorde, cuando ninguno se atrevía a decir lo que flotaba entre los dos.

—¿Recuerdas cuando John me pidió que no me acercara tanto a ti? —murmuró George, medio sonriendo, medio arrepentido.

—Y tú le hiciste caso —respondió Brielle, sin reproche, pero sin evitar la verdad.

Él bajó la cabeza.
—Sí. Pero no porque no quisiera. Nunca fue eso.

Ella volvió a apretar su mano.
—Lo sé.

Y ahí, en ese rincón del bar, no hubo besos ni promesas, pero sí una certeza nueva, distinta. Brielle ya no era la chica que miraba desde la sombra de su hermano. George ya no era el joven guitarrista temeroso de arruinar una amistad. Eran dos adultos que se conocían desde siempre, que se habían elegido en silencio, y que ahora se atrevían —al fin— a encontrarse.

/    Confuso Amor        ?Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora