—TIEMPO DESPUÉS—
—Asi que, este es el pueblo donde nuestros padres crecieron —pronunció una joven castaña caminando junto a un muchacho de cabello negro.
—Sí, y por las fotos que ví de la época, no ha cambiado mucho.
—Fotos de la época —repitió riendo—. Suena como si eso hubiera ocurrido hace añares, y sólo pasaron unos veinte años como mucho.
Uriel la observó y sonrió cálidamente. Ella era tan hermosa cuando sonreía, Natalie era perfecta desde dónde se la describiera. Inteligente, simpática, carismática, y risueña.
Muy pocas veces la había visto molesta.
—Ey ¿En qué piensas? —le inquirió curiosa, al darse vuelta y ver que Uriel se había quedado más atrás, pensativo.
—Yo... N-Nada —pronunció con una leve sonrisa—. Vamos a solucionar eso rápido, antes de que se nos pegue lo religioso de aquí.
—Sí, por favor. ¿Te imaginas? Si hubiéramos crecido aquí, con las costumbres de nuestros abuelos, a nosotros ya nos hubieran casado —rio.
—Sí, que locura... —murmuró, volviendo a caminar junto a ella.
—¡Oh, mira! Esa tienda es del abuelo —pronunció emocionada.
—Ajá, como el setenta por ciento de todos los negocios que hay aquí.
—Puff, que agua fiestas eres a veces, Uri.
Continuaron caminando hasta el edificio de la familia del muchacho, y ambos fueron recibidos con mucho respeto y admiración, algo que realmente incomodó a Natalie.
Aquello era innecesario.
Fueron hasta la sala de juntas, dónde el equipo directivo los estaban esperando.
—Uriel, que honor tenerte aquí en persona —pronunció el presidente de la empresa—. Lo mismo con su visita, señorita Kramel.
—Gracias, el honor es mío por permitirme participar —sonrió suavemente.
Y era imposible para Natalie no llamar la atención de los jóvenes, y mayores, que estaban allí reunidos. Aquel día, la jovencita sería presentada oficialmente como la nueva directora de marketing, puesto ofrecido por el CEO de la empresa, Uriel.
Y no pasó desapercibida la atención que la imagen de la castaña estaba generando en la sala, por lo que Uriel pasó disimuladamente uno de sus brazos por la cintura de ella.
—Ven, vamos a sentarnos —le dijo en un tono bajo.
Ella lo observó y sonrió suavemente, murmurando un claro. Él a veces no respetaba mucho su espacio personal, y si no fuera que lo conocía de toda la vida, sospecharía de sus intenciones.
Pero sabía que el jovencito no la mirada de ese modo, después de todo, estaba de novio con la hija de unos amigos de sus padres.
Una lástima.
***
Luego de la presentación formal ante todos los empleados de la empresa, ambos habían salido a recorrer un poco el pueblo, y luego ido a visitar a algunos familiares de la zona.
—Es increíble que a pesar del tiempo transcurrido desde que nuestros padres se fueron, la mentalidad de aquí no haya cambiado nada.
—¿Por qué lo dices? —le inquirió curioso, mientras le servía un poco de vino a ella.
Habían ido a cenar antes de regresar al hotel donde se estaban hospedando. Al día siguiente cada uno retomaría el viaje a su hogar.
