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SOFÍA EEUU, LAS VEGAS

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SOFÍA
EEUU, LAS VEGAS

Hoy era el día de la carrera, y mi cabeza no daba más de los nervios. Desde que me levanté, todo lo que comí fue un té con un par de galletitas, y eso solo porque sabía que tenía que tener algo en el estómago para aguantar el día. La presión que había sobre Lando me tenía peor que a él. Lo veía tan cerca del campeonato de pilotos que cualquier error, por más mínimo que fuera, me daba terror.

El equipo de ESPN estaba trabajando a full. Ya habíamos grabado algunas entrevistas rápidas, capturado imágenes del paddock y preparado las tomas para la previa. Sin embargo, yo no podía concentrarme del todo. Sentía esa incomodidad en el pecho, esa que te hace mirar el reloj cada cinco minutos como si esperás que algo malo pase.

Horas antes, Lando me había confesado lo estresado que estaba. Habíamos hablado por teléfono mientras él terminaba una reunión con su equipo. Se notaba agotado, pero en su voz había una mezcla rara de nervios y esperanza.

—Hoy todo va a salir bien —me dijo, aunque no sé si trataba de convencerme a mí o a él mismo.

El día estaba fresco, algo raro para Las Vegas. Todo el mundo estaba con camperas y gorros; incluso algunos de los mecánicos llevaban bufandas. El olor a porro se sentía en cada esquina, típico de esta ciudad que nunca descansa. Mientras caminaba hacia el paddock, me invadió una sensación de necesidad. Tenía que ver a Lando antes de que empezara todo.

El paddock de McLaren estaba tranquilo. Pasé sin problemas, saludando con un gesto a un par de personas del equipo. Sabía exactamente dónde estaba el motor home de Lando. Cuando llegué, la puerta estaba apenas entreabierta. Entré despacio, sin hacer mucho ruido, y ahí lo vi.

Estaba recostado en un sillón, con los ojos cerrados y unos auriculares puestos. La luz tenue del lugar hacía que la escena pareciera sacada de una película. Me quedé unos segundos mirándolo, tratando de procesar lo que estaba viendo. Había algo increíblemente atractivo en su postura relajada, en cómo su cabeza descansaba en el respaldo, con esos mechones de pelo despeinados cayendo sobre su frente.

Me saqué la campera, el ruido del cierre llamó su atención, y abrió los ojos. Al verme, me sonrió de una forma que hizo que el corazón me diera un vuelco.

—Qué linda que estás —me dijo, sacándose los auriculares y extendiendo una mano hacia mí—. Perdón, amor, no me di cuenta de que habías llegado.

Me acerqué y me senté en su regazo, acomodándome entre sus brazos. Su calor era reconfortante en medio de todo el frío y la ansiedad que sentía.

—¿Vos cómo estás? —le susurré, tratando de leerle los ojos—. La carrera va a empezar en nada y te noto demasiado relajado.

Lando sonrió, esa sonrisa suya que siempre parece decir más de lo que sus palabras pueden expresar.

—Estoy bien, en serio. Hoy me siento motivado —me dijo, dejando un beso suave en mi hombro.

INFINITE | Lando NorrisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora