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SOFÍA Australia, Melbourne

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SOFÍA
Australia, Melbourne

Arrancar la temporada en Melbourne tenía algo distinto... algo que te ponía la piel de gallina aunque ya lo hubieras vivido antes. El aire estaba cargado de esa mezcla de nervios, expectativa y olor a neumático nuevo que te recuerda por qué te enamoraste de este deporte.

Yo estaba ahí, parada en medio del paddock, con el pase de prensa colgado al cuello, el micrófono de ESPN en la mano y Juan, mi compañero de equipo, chequeando el sonido por tercera vez "por si acaso". Nos miramos y nos reímos. Era nuestro código no dicho: arrancamos, y arrancamos con todo.

La gente ya estaba alborotada desde temprano. Los fans de McLaren eran una marea naranja que se movía como una sola cosa, con banderas y carteles para Lando y Oscar. El acento australiano se mezclaba con mil idiomas, pero el ruido más fuerte siempre venía de las tribunas cercanas a boxes.

Mientras caminábamos para hacer las primeras tomas, vi a Lando a lo lejos, charlando con su ingeniero. Sonreía. No esa sonrisa medida que pone frente a las cámaras, sino la auténtica, la que le sale cuando está metido en su mundo y todo va bien. No me acerqué —todavía no era el momento—. No trabajaba para él, y como periodista tenía que mantener cierta distancia... aunque, seamos sinceros, mi corazón a veces no entendía mucho de distancias.

El día se fue armando a pura actividad. Entrevistas rápidas, notas de color, planos de los boxes... Juan me hacía señas cada vez que encontraba una toma buena: "¡Ahí! ¡Girá que Lando sale del box!". Yo lo seguía, acomodando el micrófono, cuidando que el pelo no se me vuele con el viento que traía olor a goma caliente.

Cuando llegó la hora de la clasificación, el ambiente se puso eléctrico. Desde el muro de prensa veíamos cómo los tiempos bajaban y subían en la pantalla gigante. Lando estaba fino, preciso... como si hubiera nacido para ese circuito. Terminó la quali con una sonrisa que se le escapaba aunque intentara hacerse el serio. Pole position.

—Arrancamos bien, eh —me dijo Juan mientras anotaba algo en su libreta.
—Te dije que tenía buenas sensaciones —le contesté, como si eso me hiciera parte de la estrategia del equipo.

Esa noche, en el hotel, repasamos todo el material grabado. Entre risas y mates —porque sí, yo me había traído el mate y la yerba, no iba a sobrevivir tres semanas a base de café australiano—, armamos el guion para la previa de la carrera. Yo sabía que el domingo iba a ser un día largo, pero estaba lista.

El domingo amaneció con un sol radiante. El circuito estaba a reventar, y el murmullo de la gente se sentía como un rugido constante. Desde mi posición en la recta principal veía la grilla formada, los autos alineados como soldados listos para la batalla. Lando en la pole, Oscar detrás, y el resto de la jauría esperando que el semáforo se apague.

La largada fue un infierno de ruido y vibración. Sentí el estruendo en el pecho, como siempre. Lando salió limpio, sin ceder la posición. En cada vuelta, la multitud reaccionaba a cada movimiento: un adelantamiento, una frenada al límite, un despiste de otro piloto. Yo tenía que narrarlo todo, pero por dentro estaba viviendo cada curva como si estuviera en el asiento del copiloto.

El equipo de McLaren estaba afilado, paradas en boxes perfectas, estrategia impecable. Oscar lo presionó un par de veces, pero Lando no se dejó intimidar. Cuando la bandera a cuadros cayó, el naranja número 4 fue el primero en cruzar. Victoria. La primera de la temporada.

El podio fue una fiesta. Champagne, aplausos, gritos. Desde abajo, cámara en mano, me quedé mirándolo mientras levantaba el trofeo. Tenía esa mirada que mezcla alivio y orgullo, como si todo el trabajo del invierno hubiera valido la pena.

Más tarde, en la zona mixta, le hice una pregunta para ESPN:
—Lando, primera victoria del año, ¿qué significa para vos empezar así?
—Significa que estamos listos para pelear... y que no pienso aflojar —dijo, mirándome con una sonrisa que no supe si era para todos o un poco para mí.

Cuando terminamos la cobertura, Juan y yo nos quedamos un rato en el paddock, disfrutando del último sol del día.
—Si arranca así, el campeonato se pone picante —comentó.
—Sí... —dije, mirando hacia donde Lando firmaba autógrafos—. Esto recién empieza.

Y no tenía idea de lo mucho que iba a cambiar todo en las próximas carreras.

...

Después de la ceremonia, cuando el ruido bajó un poco y los flashes no caían tan fuerte, lo encontré apoyado contra una pared, con la camiseta sudada y el pelo desordenado por la carrera. Me acerqué despacio, sin querer interrumpir ese momento de triunfo personal que seguro necesitaba.

—Sos una bestia —le dije, y me abrazó fuerte, como si el mundo se pudiera derrumbar afuera y nosotros estuviéramos en nuestra burbuja—. No puedo creer lo que hiciste.

Me miró, sus ojos brillaban de emoción y agotamiento.

—No lo hubiera logrado sin vos, Sofi —susurró rozando mi mejilla con su mano—. En serio, tu apoyo es lo que me mantiene en pie más de lo que pensás.

Nos quedamos ahí, pegados, sin apuro. El ruido del paddock se transformaba en un murmullo lejano.

—¿Querés venir a mi carpa? —me preguntó con una sonrisa medio traviesa—. Necesito un momento para despejarme.

No dudé ni un segundo. Agarré su mano y caminamos juntos, la piel todavía erizando con la proximidad.

Al entrar, me senté en un sillón mientras él se sacaba la campera. La tensión de la carrera se notaba en sus músculos, pero también había una calma nueva, como si todo ese peso se hubiera soltado.

—Estoy hecho bolsa —dijo entre risas—. Pero feliz, ¿sabés? Como cuando terminás un partido importante y por fin largás la mochila pesada.

Me acerqué y le acaricié la nuca, disfrutando ese aroma a sudor, esfuerzo y a algo solo nuestro.

—¿Sabés qué? Me encanta verte así, tan humano, tan real. No solo ese piloto que todos ven.

Se rió y me tiró un beso.

—Sos lo mejor que me pasó en este mundo loco.

El silencio se hizo cómodo, y nos quedamos mirándonos un rato, como si el resto no existiera. Después, se apoyó en mí, y yo apoyé la cabeza en su pecho, sintiendo el latido fuerte de su corazón.

—Después de todo lo que vivimos, tener estos momentos me hace dar cuenta de por qué luchamos tanto —le dije bajito—. Por todo lo que podemos ser juntos.

—Te prometo que voy a dar todo para que sigamos teniendo estos momentos —respondió—. No importa si ganamos o perdemos, esto es lo que me da fuerzas.

Nos quedamos así, abrazados, hasta que la luz bajó y el ruido volvió a colarse.

—¿Vamos a la cena con el equipo, no? —pregunté, separándome un poco para verlo a los ojos.

Él asintió y me agarró de la cintura para llevarme.

—Pero antes, te voy a mostrar cómo el equipo se vuelve loco cuando ganamos.

Caminamos juntos, con sus manos firmes sobre mi cintura, y yo sabía que esa noche era solo el principio. Que entre tanta locura de carreras, ruedas de prensa y estrategias, estos momentos eran lo que realmente quedaba.

 Que entre tanta locura de carreras, ruedas de prensa y estrategias, estos momentos eran lo que realmente quedaba

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INFINITE | Lando NorrisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora