43

171 13 3
                                        

LANDO BUENOS AIRES, ARGENTINA

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

LANDO
BUENOS AIRES, ARGENTINA

Despertamos tarde ese día. El calor de Buenos Aires me había afectado más de lo que esperaba, y Sofía se burló de mí cuando me encontró dormido con el ventilador apuntándome directo a la cara. "Esto no es nada, Norris. Esperá a febrero", me dijo entre risas mientras se ataba el pelo en una coleta rápida. Me encantaba cuando hablaba así, con ese tono argentino que se me metía en la piel. Me hacía sentir lejos de casa, pero cerca de algo que quería entender.

Después de un desayuno rápido —que incluyó medialunas con jamón y queso y café con leche— salimos a caminar. Sofía me llevó a conocer La Boca, uno de los barrios más pintorescos que vi en mi vida. Las casas eran de colores imposibles: rojo, verde, azul, amarillo, todas apiladas como un collage. Las calles estaban llenas de turistas, vendedores ambulantes, artistas pintando y hasta una pareja bailando tango en plena vereda.

Yo iba con una gorra y anteojos de sol, intentando pasar desapercibido, pero ya sabía que no iba a durar mucho.

—¿Siempre es así de colorido? —le pregunté, mirando hacia Caminito.

—Sí. Es turístico, pero es parte de nuestra identidad —me respondió, mientras me tomaba la mano con naturalidad—. Acá se respira pasión, fútbol y arte.

Nos sentamos en un banco de cemento, a la sombra de una sombrilla improvisada. Una señora mayor se acercó a Sofía y le dijo con una sonrisa enorme:

—¿Vos sos la periodista que estuvo en el Gran Premio de Singapur?

Sofía se puso colorada al instante.

—Sí... bueno, sí, estuve ahí —respondió con cierta timidez.

—¡Te vi en la tele! ¡Qué orgullo una argentina allá! —le dijo la mujer y después me miró—. Y vos sos... ¡Vos sos Lando! ¡Mirá vos!

Me reí y asentí.

—Sí, soy Lando. Mucho gusto.

—¡Una foto, por favor! —nos pidió.

Se acercaron más personas, y en cuestión de minutos teníamos un pequeño grupo a nuestro alrededor. Todos eran súper amables. Nos pidieron selfies, nos desearon feliz Navidad y una señora incluso le dijo a Sofía: "Cuidámelo, que es un sol".

—¿Viste? ¡Sos famoso en mi país también! —me dijo Sofía en voz baja mientras caminábamos después del pequeño caos.

—No sabía que vos también eras famosa —le dije con una sonrisa pícara.

—Soy más conocida de lo que pensaba, parece —contestó, medio orgullosa, medio sorprendida.

Más adelante, nos detuvimos frente a un puesto callejero que vendía empanadas, choripanes y gaseosas. El olor del chorizo a la parrilla me pegó como un golpe. Sofía pidió dos choripanes con chimichurri y una Coca bien fría.

—Ahora vas a probar algo más argentino que el tango —me dijo, entregándome uno.

Le di un mordisco. El pan estaba crocante, la carne jugosa, y ese condimento... ¿qué era eso?

—¿Qué tiene esto? ¡Está buenísimo!

—Es chimichurri. Si te gusta, después te enseño a hacerlo —me dijo con una sonrisa.

Después de comer, seguimos caminando. En un rincón más tranquilo, Sofía sacó de su bolso un mate. Era de madera, con detalles en metal, y una bombilla plateada.

—¿Otra vez con eso? —le dije, riéndome.

—Es mi compañero. Mate va conmigo a todos lados —respondió mientras cebaba.

Me pasó el mate sin decir nada más, como si fuera la cosa más natural del mundo. Lo tomé sin protestar. Ya lo había probado, claro, pero ahora entendía que para ella no era una bebida más, era parte de su día, de su identidad.

El sabor amargo ya no me sorprendía. Me gustaba. Me hacía sentir uno más.

—¿Sabés qué? Ya me está empezando a gustar de verdad —le dije.

—Te estás volviendo argentino, Lando —respondió, burlona.

En la siguiente parada, conocimos a unos amigos suyos en una terraza con vista al río. Sofía me había hablado de ellos antes, pero verlos en persona fue como entrar en una escena distinta. Todos eran cálidos, hablaban a los gritos, se interrumpían, se reían de todo. Me sentí en familia. Me ofrecieron una copa de algo oscuro, con mucho hielo.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Fernet con coca, papá. No te podés ir de acá sin probarlo —me dijo uno de los chicos, ya con varias copas encima.

Sofía me miró divertida. "Te lo advertí", me dijo.

Tomé un sorbo y... ¡guau! Era fuerte, amargo, pero refrescante. Raro. No sabía si me gustaba o no, pero era imposible dejarlo.

—Esto... no sé qué pensar —dije.

—Bienvenido al debate eterno de los extranjeros en Argentina —me respondió Sofía.

Pasamos un buen rato ahí, hablando de todo y de nada. El sol bajaba lentamente y el cielo se volvía naranja sobre la ciudad. Sofía se apoyó en mi hombro mientras charlábamos con los demás. Yo la miré de reojo, y me di cuenta de algo: me sentía pleno. No por la fama, ni por la carrera, ni siquiera por estar de vacaciones. Me sentía pleno porque estaba descubriendo su mundo, su historia, sus costumbres, y ella me lo estaba mostrando con el corazón abierto.

Era raro para mí estar tan lejos de Inglaterra en Navidad. Pero esa sensación desaparecía cada vez que Sofía me tomaba la mano o me explicaba una palabra que no entendía. Estaba formando parte de algo distinto. Y me gustaba.

Antes de volver a casa, caminamos un poco más. Pasamos por la Bombonera, el estadio de Boca Juniors. Un par de chicos nos vieron y gritaron:

—¡Lando! ¡Sos un capo, hermano! ¡Vamos Boca!

Sofía no podía parar de reírse.

—¿Escuchaste eso? Sos un capo, Norris.

—¿Eso es bueno?

—Muy bueno.

Terminamos la noche en un balcón mirando las luces de la ciudad. Sofía se acercó con otro mate, y me lo pasó como si nada.

—Estás hecho un argentino más —me dijo.

—Y vos sos una estrella de televisión —le respondí, aún sorprendido por lo que había visto ese día.

Nos miramos. No necesitábamos decir mucho más

 No necesitábamos decir mucho más

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
INFINITE | Lando NorrisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora