Sofía, una chica de Buenos Aires, Argentina, viaja a Italia para continuar sus estudios de periodismo deportivo, impulsada por su pasión por el fútbol y el automovilismo. Con la emoción de estar en un nuevo país, decide asistir a una carrera de Fórm...
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LANDO BUENOS AIRES, ARGENTINA
Era mi primera vez en Argentina. Todo me parecía nuevo, desde el aire cálido y húmedo hasta el ruido constante de la ciudad. Yo estaba acostumbrado a las navidades tranquilas en Inglaterra, con frío, pijamas navideños, y regalos a la mañana siguiente. Pero Sofía ya me había advertido: "Acá las cosas son muy distintas, prepárate". Y no mentía.
Íbamos a pasar Navidad con su familia, toda su familia. Eso incluía abuelos, tíos, primos, hermanos, vecinos y probablemente algún perro que se colara a la fiesta. Estaba emocionado, pero no podía evitar estar un poco nervioso también. Conocía a sus padres, sí, pero esto era una escala completamente diferente. Sofía, como siempre, intentaba calmarme.
—Relajate, amor. Si ya te ganaste a mi mamá, el resto viene solo —me decía mientras se acomodaba el pelo en el espejo retrovisor del auto.
—¿Cuántos son? ¿Veinte? ¿Treinta?
—Treinta y dos confirmados. Y capaz cae algún colgado de último momento.
—¿Treinta y dos personas? Dios...
Ella se rió.
—No es tanto, exagerado. Además, todos te quieren conocer. Están re manijas con vos.
—¿"Manijas"? ¿Qué es eso?
—Impacientes. Como emocionados, ¿entendés?
—Ah. Bueno, estoy "manija" entonces —dije, intentando copiar su tono argentino. Se largó a reír como si le hubiera contado el mejor chiste del mundo.
Pasamos la tarde en Palermo, en su departamento. Comimos unas empanadas que me volaron la cabeza y después salimos a caminar por la ciudad. Me encantó lo viva que estaba, la gente en la calle, el bullicio, los colores. Sofía me llevó a tomar helado y después a la Floralis Genérica, donde me explicó todo como si fuera una guía turística profesional.
—¿Y esto se abre con el sol?
—Supuestamente —dijo encogiéndose de hombros—, aunque últimamente se queda medio dormida.
—Como yo después de una quali.
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A la noche fuimos a la casa de sus padres. Apenas entramos, ya había olor a asado en el aire. En el jardín estaban todos: tías con vestidos coloridos, primos corriendo, abuelos sentados tomando vino, y un montón de gente que no tenía ni idea de quién era pero que me saludaba como si fuera parte de la familia desde siempre.
La barrera del idioma fue un tema al principio. Yo trataba de decir "hola" y "gracias" en español, pero más allá de eso, dependía de Sofía o del traductor del celular. Por suerte, todos eran simpáticos y tenían buena onda. Me hablaban con gestos, me señalaban cosas, y sobre todo, me hacían reír.
—¡Él es Lando! ¡El campeón del mundo! —gritó uno de los primos mientras brindábamos con fernet.
—¿Fernet? ¿Qué es esto? —pregunté, frunciendo la nariz al probarlo.
—¡Veneno! —dijo otro, riéndose—. Pero después te hacés adicto, vas a ver.
—¿Esto lo toman por gusto o por tradición?
—Las dos cosas —me contestó Sofía con una sonrisa—. No te preocupes, ya le vas a encontrar el gustito.
Durante la cena, me sentaron entre su papá y uno de sus tíos. El papá de Sofía fue muy amable, me hablaba despacio y a veces se ayudaba con el traductor.
—¿Vos sabés hacer asado? —me preguntó el tío con tono desafiante.
—Eh... no mucho. Soy más de pedir comida.
—¡Ah no! Este muchacho hay que argentinizarlo ya mismo —dijo entre risas—. A vos te falta parrilla, hermano.
—Yo manejo, pero ustedes manejan la carne —respondí, haciendo un juego de palabras que ni sé si entendieron, pero se mataron de risa igual.
Me hacían sentir parte de algo. Me miraban con cariño, con orgullo, y todos me trataban como uno más. En un momento, la abuela de Sofía se acercó con una sonrisa gigante y me agarró de la cara como si fuera su nieto.
—¡Qué lindo sos, nene! ¡Y qué educado!
—Gracias, abuela —dije, y todos estallaron de risa.
—¡Ya le dice abuela! ¡Este ya está adentro!
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Cuando se acercó la medianoche, todos comenzaron a moverse como si fuera una cuenta regresiva. Sofía me explicó que acá se hace el brindis a las doce y después se ven los fuegos artificiales. Me dio una copa de sidra y me besó en la mejilla.
—Feliz Navidad, amor.
—Feliz Navidad —le dije, abrazándola—. Gracias por traerme.
—Gracias por venir.
Salimos al jardín y los fuegos artificiales empezaron a estallar en el cielo. Nunca había visto algo así. No solo por lo visual, sino por lo emocional. Todos se abrazaban, se reían, se deseaban cosas lindas. No había regalos todavía, solo afecto. Después de un rato, volvimos adentro y mágicamente había regalos bajo el árbol.
—¿Quién los puso? —pregunté sorprendido.
—Papá Noel, obvio —dijo una de las nenas más chicas, haciéndome guiño.
Me entregaron un paquete con mi nombre. Era una camiseta de Argentina con mi número y mi nombre en la espalda. Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Esto lo hicieron ustedes?
—Entre todos —dijo el papá de Sofía—. Para que te sientas parte.
No podía hablar. Solo los abracé. Me sentí completamente en casa.
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Después de eso, sacaron la mesa del comedor, subieron la música y empezaron a bailar. Literalmente. Bailaban todos: los primos, los abuelos, las tías, los padres. Yo no entendía nada pero me sumé igual. Sofía me arrastró a la pista improvisada y me enseñó a moverse con ritmo.
—Parecés mi entrenadora —le dije mientras me reía.
—Siempre, mi amor. En todo.
Bailamos hasta que nos dolían los pies. Me reí como hace mucho no lo hacía. Esa noche me enamoré más de ella, de su familia, y de este país que me recibió con los brazos abiertos.
Fue una Navidad distinta. Llena de calor, de ruido, de asado y de cariño. Una Navidad argentina.
Y sinceramente, no la cambiaría por nada del mundo.
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Hola, Im back Sorry por tardar tanto en actualizar, estuve con un bloqueo de lector pero ya estoy lista para continuar
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