Sofía, una chica de Buenos Aires, Argentina, viaja a Italia para continuar sus estudios de periodismo deportivo, impulsada por su pasión por el fútbol y el automovilismo. Con la emoción de estar en un nuevo país, decide asistir a una carrera de Fórm...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Después de Australia, todo fue una especie de nube rara. No de esas densas que te apagan, sino una nube linda, liviana, como cuando sabés que las cosas están saliendo bien pero todavía no te animás a cantar victoria. Lando había ganado la primera carrera del año y eso nos acomodó a todos: al equipo, a la prensa, a nosotros como pareja.
Los días siguientes fueron una mezcla de aeropuertos, valijas abiertas en hoteles que ya no distinguía y horarios cambiados. Yo seguía firme con ESPN, con Juan organizando coberturas, entrevistas y previas. Nada de trabajar para Lando, eso siempre fue un límite clarísimo entre nosotros, y la verdad es que lo agradecía. Necesitaba seguir siendo yo, Sofía la periodista, no "la novia de".
Lando, por su parte, estaba en modo foco total. Más callado que en la pretemporada, más metódico. No distante, pero sí distinto. Como si hubiera activado una especie de piloto automático.
—¿Estás bien? —le pregunté una noche en el hotel, mientras él miraba datos en la tablet.
Levantó la vista y me sonrió, esa sonrisa tranquila que siempre me desarma.
—Sí, solo estoy pensando en lo que viene. La temporada es larga y no quiero relajarme.
—Bueno, pero tampoco te olvides de respirar —le dije medio en chiste, medio en serio.
Se acercó, me dio un beso corto en la frente.
—Vos sos mi cable a tierra, ¿sabías?
Eso me dejó tranquila. O eso quise creer.
La segunda carrera llegó rápido. Otro podio. No victoria, pero sólido. Lo abracé apenas se bajó del auto y sentí el cansancio acumulado en su cuerpo. Estaba orgullosa, de verdad. Y él también parecía conforme, aunque no eufórico.
—Sumamos puntos importantes —me dijo—. Esto recién empieza.
Yo asentí, pero había algo... no sé. Una tensión chiquita, casi imperceptible, como cuando sentís que alguien está pensando demasiado y no te deja entrar del todo en su cabeza.
La tercera carrera fue parecida. Podio otra vez, pero no el escalón más alto. Oscar había ganado. Lo vi festejar con el equipo y, por primera vez, noté algo raro en la mirada de Lando. No enojo, no celos explícitos. Más bien una rigidez en la mandíbula, una sonrisa que tardó en salir.
—Es un gran resultado para el equipo —dijo frente a las cámaras.
Profesional, correcto. Perfecto.
Esa noche, en la habitación, lo noté más silencioso.
—Che... —arranqué, sentándome en la cama—. ¿Te jode que Oscar esté ganando?
Me miró sorprendido, como si no esperara la pregunta.
—No, para nada. Estamos compitiendo limpio. Es bueno para McLaren.
—Ya sé —le dije—. Pero sos humano, Lando. No tenés que ser perfecto conmigo.
Suspiró y se pasó una mano por la cara.
—No quiero llevarme la presión a la habitación —dijo finalmente—. Acá quiero estar bien con vos.
Eso debería haberme tranquilizado. Pero, en el fondo, me dejó una sensación rara. Como si estuviera cerrando una puerta "para protegerme", sin preguntarme si yo quería que la cerrara.
Las siguientes carreras siguieron el mismo patrón. Buenos resultados, constancia, pero ninguna victoria. Podio, conferencia, sonrisas medidas. Yo cumplía con mi laburo, Juan me jodía diciéndome que estaba más famosa que varios pilotos, y la verdad es que el cariño de la gente me sorprendía cada vez más.
—Che, Sofi, ¿te podés sacar una foto con mi vieja? —me pidió una chica en el paddock una vez.
Me quedé dura.
—¿Conmigo?
—Sí, sos la periodista argentina, ¿no? La que sale siempre con Lando.
Me reí, medio incómoda, pero accedí. Después se lo conté a Lando y él se rió también.
—Te dije que eras increíble —me dijo—. No es solo por mí.
Eso me llenó el pecho.
Pero, al mismo tiempo, sentía que algo se estaba corriendo de lugar. Lando ya no se apoyaba tanto en mí cuando estaba bajón. Yo lo veía cargado, tenso, y cuando intentaba acercarme, me decía que estaba bien. Que no pasaba nada. Que era solo cansancio.
Y yo... yo empezaba a sentirme afuera de algo importante.
No era una pelea. No era un drama. Era más sutil. Como cuando caminás al lado de alguien y, sin darte cuenta, da dos pasos más rápido.
Una noche, mientras preparaba notas con Juan en el hotel, lo vi entrar tarde. Me saludó con un beso rápido y se fue a bañar.
—¿Todo bien? —le grité desde la cama.
—Sí, sí —respondió—. Día largo.
Me quedé mirando el techo, con esa sensación en el estómago que no sabía cómo nombrar. No era celos, no era desconfianza. Era... distancia.
La temporada recién empezaba. Todavía quedaba mucho por delante. Y yo no sabía que esas pequeñas grietas, casi invisibles, eran el inicio de algo mucho más grande.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Holiss Volví después de tanto tiempo, la verdad es que me sentía desconectada con la historia pero decidí volver y con drama incluido.
A partir de ahora se viene el desastre
Si les gustó pueden comentar y dejar su voto, muchas gracias 🫶🏻