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SOFÍA ABU DABI

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SOFÍA
ABU DABI

El paddock estaba cargado de tensión, el aire casi se podía cortar con un cuchillo. Era la última carrera del año, y todo dependía de este momento. Lando estaba peleando por el campeonato de pilotos, y McLaren tenía la posibilidad de quedarse con el de constructores. Yo me encontraba parada al lado de sus padres y sus hermanas, compartiendo esa mezcla de nervios y esperanza que parecía contagiarse entre todos los presentes.

Las pantallas gigantes mostraban el circuito bajo el sol radiante, y cuando las luces del semáforo comenzaron a encenderse una por una, sentí que el corazón se me iba a salir del pecho. "Por favor, que salga todo bien", pensé, apretando las manos con fuerza.

El momento llegó: las luces se apagaron, y los motores rugieron con toda su potencia. Lando, desde la pole, arrancó perfecto, asegurándose la primera posición sin ningún problema. Atrás venía Carlos, que también tenía mucho en juego con Ferrari. Era un caos total. Los autos peleaban cada centímetro del asfalto, y yo no podía despegar los ojos de la pantalla.

A medida que avanzaban las vueltas, Lando logró mantener una distancia considerable. Eso me daba un poco de tranquilidad, pero con tantas cosas en juego, no podía relajarme del todo. De repente, un choque sacudió la carrera. Vi cómo Colapinto quedaba fuera tras un incidente, y poco después Checo Pérez también abandonaba. El caos típico de una carrera final.

Mientras tanto, Charles Leclerc, que había arrancado último, venía remontando como un loco. En cuestión de vueltas ya estaba detrás de Carlos, ocupando la tercera posición. Los Ferrari estaban al acecho, pero Lando no bajaba la guardia. El McLaren parecía inalcanzable, pero yo sabía que cualquier error, cualquier detalle, podía cambiarlo todo.

Oscar, por su parte, no estaba teniendo su mejor carrera. Sin embargo, su posición era clave para que McLaren pudiera sumar los puntos necesarios y asegurarse el campeonato de constructores. Todo estaba al límite, y la tensión en el paddock era insoportable.

Las últimas vueltas fueron un tormento. Yo no podía quedarme quieta; me mordía las uñas y daba pequeños pasos de un lado al otro, como si eso fuera a ayudar en algo. Sentía el corazón latiéndome en los oídos, y las manos me temblaban cada vez que veía a los Ferrari acercarse un poco más a Lando.

"¡Dale, Lando, vos podés!" grité en mi cabeza, aunque sabía que él no podía escucharme.

Cuando finalmente vi el auto de Lando cruzar la meta, todo pareció suceder en cámara lenta. El cronómetro marcó su victoria, y el paddock estalló en un grito ensordecedor. Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras todos saltaban de alegría. Sin pensarlo, me giré hacia Cisca, su mamá, y nos abrazamos fuerte, compartiendo esa felicidad indescriptible.

—¡Lo logró! ¡Es campeón del mundo!— le grité, aunque mi voz apenas se escuchaba entre los festejos.

El equipo de McLaren no paraba de festejar. Los mecánicos, ingenieros y todo el staff corrían hacia la pista para recibir a Lando, quien había detenido su auto justo frente a su equipo. Lo vi bajarse del McLaren, levantar los brazos y gritar de alegría, mientras era rodeado por todos. Era un momento único, mágico, de esos que se te quedan grabados para siempre.

Cisca seguía llorando, y yo no podía dejar de sonreír. Miraba a Lando, que ahora estaba siendo cargado en hombros por algunos de sus compañeros, con una mezcla de orgullo y amor que no sabía cómo explicar. Había trabajado tanto, había luchado contra todo, y ahora estaba ahí, en la cima del mundo.

Cuando finalmente logramos acercarnos a él, se abrió paso entre la gente para abrazarnos. Primero fue Cisca, que lo apretó con toda la fuerza de una madre orgullosa. Después, vino hacia mí.

—¡Lo logré, Sofía, lo logré!— me dijo, mirándome con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Sí, amor, lo lograste!— le respondí, mientras me abrazaba fuerte y giraba conmigo en el aire. —Estoy tan orgullosa de vos.

Él me agarró la cara con sus manos, y antes de besarme me dijo:

—Esto es por vos también. Gracias por estar siempre conmigo.

El beso fue breve pero lleno de emociones. A nuestro alrededor seguían los festejos, pero en ese momento no existía nada más que él y yo.

Mientras lo veía irse al podio, sentí que todo el esfuerzo, los nervios y los sacrificios habían valido la pena. Lando no solo había ganado la carrera; se había coronado como campeón del mundo y había llevado a McLaren al título de constructores. Era un sueño hecho realidad, no solo para él, sino para todos los que formábamos parte de su vida y su equipo.

Cuando escuché el himno británico sonar en el podio, me llené de orgullo. Lo miraba sostener ese trofeo con una sonrisa que iluminaba todo el lugar. Y cuando abrió la botella de champagne y empezó a salpicar a todos, supe que ese era solo el comienzo de una nueva etapa en su carrera.

Después de la ceremonia, mientras todos seguían festejando, Lando volvió al paddock, donde lo esperábamos. Me abrazó una vez más, como si no quisiera soltarme nunca, y me susurró al oído:

—Esto es solo el principio.

Y yo no podía estar más de acuerdo.

Y yo no podía estar más de acuerdo

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INFINITE | Lando NorrisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora