El Gran Comedor de Hogwarts estaba envuelto en un silencio tenso y pesado. Los estudiantes se encontraban sentados en sus mesas, sus rostros marcados por la preocupación y el miedo ante la supervisión de la temida Dolores Umbridge. La directora, con su mirada severa, caminaba de un lado a otro, observando a cada uno de los alumnos, asegurándose de que no se movieran ni hablaran sin su permiso. Todos sabían que el ambiente en el castillo se había vuelto aún más opresivo desde su llegada.
Pero el momento de tensión se rompió de repente cuando un ruido fuerte y estruendoso resonó por todo el Gran Comedor. Los estudiantes se giraron hacia la puerta, sorprendidos y curiosos. Antes de que nadie pudiera reaccionar, los gemelos Weasley, Fred y George, irrumpieron en el comedor a toda velocidad, volando sobre escobas de una manera tan desordenada y caótica que la mayoría de los estudiantes no pudieron evitar reír.
¡Vamos, Hogwarts! ¡Un poco de diversión nunca hace daño!- gritó Fred, mientras George hacía piruetas en el aire, esquivando las mesas con habilidad. Los gemelos causaban un alboroto total, lanzando dulces y bromas a los estudiantes mientras recorrían el comedor, burlándose de las reglas y desafiando la autoridad de Umbridge.
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La directora, furiosa, intentó detenerlos, pero no pudo hacer nada mientras los gemelos seguían volando por el Gran Comedor, haciendo rebotar las escobas en el aire y causando el caos entre los estudiantes. De repente, todos los demás estudiantes, en su mayoría hartos de la opresión y los castigos de Umbridge, comenzaron a aplaudir, vitorear y correr hacia la salida para seguir a los gemelos. Era una pequeña rebelión, un escape a la opresión que todos sentían bajo la supervisión de la profesora.
Mientras los alumnos celebraban, sumidos en la alegría del momento, Harry se quedó atrás. No podía evitar sentirse inquieto, como si algo oscuro estuviera a punto de suceder. De repente, una visión lo invadió, como una tormenta repentina que lo arrastraba a un lugar que no podía controlar. Se encontró en un espacio oscuro y frío, con una sala desordenada y llena de estanterías, lo que reconoció inmediatamente como la Sala de las Profecías.
Allí, en el centro de la sala, vio a Voldemort, en toda su horrible presencia, con su rostro pálido y su mirada llena de maldad. A su lado, Sirius estaba colgado de un grimorio, sus ojos cerrados, su rostro demacrado por el dolor. Voldemort estaba torturándolo, disfrutando de cada segundo mientras una risa cruel se escapaba de sus labios.
Harry sintió que su corazón se detenía por un momento. El terror lo invadió cuando vio cómo Voldemort levantaba su varita hacia Sirius, torturándolo con crueles maleficios. No podía moverse, no podía hacer nada para detenerlo. La visión era tan vívida, tan real, que Harry casi podía oír los gritos de sufrimiento de Sirius. La angustia lo invadió, su mente luchando por encontrar alguna forma de salvarlo, pero no podía.
¡No!-gritó Harry, despertando abruptamente de la visión. Se encontraba de nuevo en el Gran Comedor, pero su mente aún estaba atrapada en lo que había visto. Sus manos temblaban, y el sudor frío recorría su frente. Sirius estaba en peligro, y todo lo que podía hacer era gritar en su mente, tratando de encontrar una manera de salvarlo.