XXXV

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Carlos no era quien acostumbraba a hacer las compras de la semana. No es que no quisiera, sino porque Charles tenía un control casi militar sobre cómo se debían elegir los productos. Todo debía ser fresco, en las cantidades exactas y sobre todo sin ningún artículo que no estuviera en la lista. Para el monegasco, dejar al español a cargo de las compras era como dejar a un niño en una tienda de dulces; inevitablemente habría cosas fuera de la lista. Pero esa mañana Charles tuvo que atender asuntos urgentes y con visible reticencia, confió a Carlos la tarea. 

Antes de partir, Charles tomó a su hija de nueve años, por los hombros mirándola con seriedad.

— Marie, confío en ti. Tú serás mis ojos y oídos. Asegúrate de que tu papá compre exactamente lo que está en la lista. Nada más, nada menos. ¿Entendido?

Marie asintió, aunque una pequeña sonrisa traviesa apareció en sus labios. Sabía que Carlos era más permisivo y que, con un poco de persuasión, tal vez lograría colar algunos paquetes de galletas adicionales.

Padre e hija caminaron por los pasillos del supermercado, con el carrito llevándose la mayoría de los productos en la lista. Carlos empujaba el carrito mientras revisaba las instrucciones de Charles en su teléfono.

— Papá, ¿podemos llevar estas galletas?— preguntó Marie, sosteniendo un paquete brillante de su marca favorita.

Carlos la miró con una sonrisa.

— Marie, sabes que Charles nos regañaría si nos desviamos de la lista. Y, créeme, no quiero tener problemas con él.

La niña bufó, cruzándose de brazos.

— ¡Pero tú siempre dices que un poco de dulces no hace daño!

Carlos rió y la señaló con un dedo.

— Sí, y también sé que cuando él se entere, no se quedará en un pequeño regaño. Anda, mejor busca unas manzanas para que terminemos rápido.

Marie resopló, pero obedeció. Caminó hacia la sección de frutas, agarrando con cuidado algunas manzanas rojas. Mientras tanto, Carlos se inclinó para examinar unas zanahorias, buscando las más frescas, cuando una mujer se le acercó.

— Disculpe, ¿me podría decir dónde están las salsas?— preguntó con una sonrisa amplia y mirada insistente.

— Claro, están en el pasillo seis, junto a los condimentos.— respondió Carlos educadamente, señalando la dirección.

Sin embargo, la mujer no se fue. En cambio, se quedó ahí, haciendo comentarios sobre lo útil que era tener ayuda en el supermercado, preguntándole si venía seguido o si vivía cerca. Carlos incómodo, intentó mantener la cortesía, pero su sonrisa se volvió tensa.

Desde lejos, Marie notó la escena. En un instante, comprendió lo que estaba pasando. Recordó la otra tarea que Charles le había encomendado: proteger a Carlos de personas con segundas intenciones. La pequeña no perdió tiempo. Con determinación, se acercó, sosteniendo la bolsa de manzanas.

— Papá, aquí están las manzanas que querías.— dijo en un tono dulce pero firme, colocando las frutas en el carrito. Luego miró a la mujer con una ceja levantada, como había visto hacer a Charles en innumerables ocasiones.

La mujer pareció sorprendida al notar a Marie.

— Oh, ¿es tu hija?— preguntó, claramente desconcertada.

— Sí, ella es mi hija.— respondió Carlos, aprovechando la oportunidad para cortar la conversación.

La mujer, captando la indirecta, frunció el ceño.

❝𝐒𝐮𝐬𝐮𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐀𝐦𝐨𝐫❞Donde viven las historias. Descúbrelo ahora