Extra

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Pasaron cosas y no habrá extra del Yukierre (al menos aquí, tal vez en Sonrisas bajo el mismo cielo) es que, aunque pensé y pensé no pude concretar una idea para ellos. Lo único en lo que pude pensar fue un capítulo alterno y cuando digo alterno me refiero a lo que habría pasado si Marie si hubiera pasado a visitar a San Pedro. Así que este capitulo viene para que se derramen lágrimas, avisados están.


°•☆•°



El silencio en la casa Sainz Leclerc era sepulcral.

No quedaban risas, ni pasos apresurados bajando las escaleras, ni gritos de alegría cuando Marie llegaba a casa después de una buena carrera. No quedaba nada. Solo dos padres rotos. Dos almas que vagaban por los pasillos vacíos de una casa que alguna vez estuvo llena de vida.

Charles y Carlos no podían creerlo. No querían creerlo.

Era un error, tenía que serlo. Marie no podía estar muerta. No su Marie. No su hija. Pero lo estaba. La confirmación llegó como un cuchillo, afilado y certero, directo al corazón.

El accidente en Singapur fue brutal. Las cámaras no captaron del todo lo que pasó, pero lo suficiente para que el mundo entero se quedara sin aliento. El monoplaza de Marie se estrelló a una velocidad descomunal. Las autoridades dijeron que fue una falla en el sistema de frenos, por eso cuando Carla chocó con Marie, la monegasca no pudo detener el coche. Otros creyeron que fue simplemente un error trágico. No importaba. Nada iba a devolverla.

La noticia recorrió el mundo. Titulares en todos los idiomas. Tributos de escuderías, de pilotos, de fanáticos. Las redes sociales estallaron en homenajes, imágenes de Marie en la pista, sonriendo, saludando a niños, subiendo al podio. Homenajes en cada paddock, en cada carrera. Una lluvia de flores frente a su box vacío. El mundo lloraba, pero ninguno como sus padres.

Carlos estaba devastado. Había dejado de ser él. Dormía mal, apenas comía, aunque Max, Lando, o Pierre se turnaban para intentar que diera al menos un bocado. Sergio incluso cocinó él mismo, como lo hacía cuando Marie era niña y se quedaba en su casa. Pero Carlos apenas podía mover la cuchara. Su mirada estaba perdida. Cada vez que entraba al cuarto de su hija, se quebraba. A veces se sentaba en su cama como si esperara que volviera. No hablaba. No quería hablar.

Charles, en cambio, no tenía fuerza ni para fingir. Estaba completamente destruido. No comía, no dormía, no salía del cuarto. Cuando no lloraba, se quedaba simplemente sentado, viendo fijamente el casco de Marie, aquel que usó en la última carrera. "Mi pequeña", murmuraba de vez en cuando. Su voz era apenas un susurro. Él había sido quien le enseñó a conducir. Quien la llevó por primera vez a un karting. Quien creyó en ella cuando todos decían que no debía seguir la misma carrera de sus padres. Pero Marie lo había tenido todo: talento, pasión, determinación... y ahora, ya no estaba.

La última frase en su libreta los perseguía como un fantasma:

"Si gano en Singapur tendré los puntos suficientes y ganaré el campeonato."

Una victoria que ya no llegaría. Un campeonato que no importaba. Un futuro que se había roto en mil pedazos con un solo impacto.

Patricio fue uno de los más afectados después de sus padres. Había perdido a su mejor amiga. Habían crecido juntos, habían compartido cada victoria, cada tropiezo, cada mal día. La risa de Marie lo acompañaba desde siempre. En la carrera siguiente, con el corazón hecho trizas, Patricio corrió como si su vida dependiera de ello. Lloró en la parrilla de salida. Lloró en cada vuelta. Y ganó. Contra todo pronóstico, con lágrimas en los ojos, se subió al podio y levantando el trofeo le dedicó su victoria a ella. 

❝𝐒𝐮𝐬𝐮𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐀𝐦𝐨𝐫❞Donde viven las historias. Descúbrelo ahora