XXIII

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El sol de primavera iluminaba el jardín trasero de la casa en Mónaco, donde Marie corría descalza sobre el césped, riendo a carcajadas. Su mejor amigo y compañero de travesuras, Patricio, la perseguía con una pistola de agua en la mano, mientras gritaba

— ¡No puedes escapar, Marie! ¡El Capitán Pato siempre atrapa a los villanos!

— ¡Nunca me atraparás, Capitán! ¡Soy demasiado rápida para ti!— respondió Marie, girándose para salpicarlo con un balde pequeño lleno de agua.

Los dos niños estallaron en risas, empapados de pies a cabeza. Desde la terraza, Sergio y Max los observaban, disfrutando de la escena con una mezcla de ternura y resignación.

— Esos dos están hechos un desastre.— comentó Max, tomando un sorbo de su café.

Sergio soltó una carcajada.

— Por eso es mejor dejarlos ser. No quiero ser yo quien enfrente la furia de Charles si les arruinamos la diversión.

En ese momento, George apareció en la terraza con una bandeja llena de galletas y vasos de limonada. Su rostro irradiaba felicidad, y no pasó desapercibido para sus amigos.

— Vale, ¿qué te trae tan sonriente, George?.— preguntó Max, alzando una ceja.

George se encogió de hombros con una sonrisa juguetona.

— Digamos que estoy planeando algo especial.

Sergio se inclinó hacia él con curiosidad.

—¿Algo especial? ¿Por casualidad tiene que ver con una hermosa española que todos adoramos?

George no pudo ocultar el rubor en su rostro.

— Tal vez... Pensaba pedirle matrimonio a Carmen durante este viaje. ¿Qué opinan?

Max y Sergio intercambiaron miradas emocionadas.

—¡Por fin! Ya era hora, George.— exclamó Max.

— Carmen es increíble. No sé qué esperabas.— añadió Sergio con una sonrisa.

Antes de que pudieran decir más, Marie y Patricio se acercaron corriendo, mojados y llenos de energía.

— ¡Tío George! ¡Tío Max! ¡Tío Checo!.— gritó Marie, tirándose en los brazos de Sergio.

Patricio, por su parte, tiró suavemente de la camisa de George.

— ¿Trajiste las galletas con chispas de chocolate, tío George? Las que siempre nos das.

— Por supuesto.— respondió George, agachándose para ofrecer la bandeja.— Pero primero, prométanme que no mojarán a los adultos.

Marie y Patricio se miraron, compartiendo una sonrisa traviesa, pero finalmente asintieron.

— Prometido.— dijeron al unísono, tomando cada uno una galleta.

Mientras los niños se sentaban en el césped para devorar sus dulces, Carmen salió al jardín con un paquete envuelto en papel brillante.

— ¡Carmen!.— gritaron los niños, corriendo hacia ella para abrazarla.

— Hola, mis pequeños terremotos.— dijo Carmen con una sonrisa radiante.— Les traje algo especial.

Les entregó el paquete y los niños lo abrieron con entusiasmo. Dentro había dos camisetas a juego, una para Marie y otra para Patricio, también algunos dulces.

— Gracias, Carmen. ¡Eres la mejor!.— añadió Marie, abrazándola con fuerza.

Desde la terraza, los adultos observaban con sonrisas cómplices.

❝𝐒𝐮𝐬𝐮𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐀𝐦𝐨𝐫❞Donde viven las historias. Descúbrelo ahora