El sol apenas había caído en el horizonte cuando la casa quedó en calma, o al menos tan calmada como podía estar con un niño pequeño como Patricio o Pato, como cariñosamente le llamaban sus padres. Después de un largo día lleno de carreras por el jardín, dibujos en la sala y un intento fallido de evitar que Pato se comiera la plastilina, Sergio estaba encargado de la rutina nocturna, mientras Max organizaba la cocina.
— Pato, ven aquí, campeón.— dijo Sergio, sosteniendo un pijama azul con estampados de dinosaurios mientras el pequeño correteaba con un calcetín colgándole de la mano.— Es hora de dormir, ¿recuerdas?
— ¡No quiero!— protestó Pato, riendo mientras se escondía debajo de la mesa. Sergio suspiró, sonriendo de lado.
— Vamos, pequeño terremoto. Si te pones tu pijama, prometo que mañana iremos por helado. ¿Qué te parece?
Eso captó la atención del niño, quien salió gateando de debajo de la mesa y se dejó atrapar por Sergio.
— ¿De choco?— preguntó con ojos brillantes mientras Sergio lo levantaba en brazos.
— De chocolate, de lo que quieras. Pero primero a dormir, campeón.
Mientras Sergio lo llevaba al cuarto, Max los miraba desde la cocina. Había algo en la manera en que Sergio se relacionaba con Pato que lo dejaba completamente maravillado. Su esposo parecía haber nacido para ser padre. Sabía exactamente cómo lidiar con las rabietas y cómo convertir los momentos complicados en risas. Max, por otro lado, no podía evitar sentirse fuera de lugar. No es que no quisiera a su hijo; lo adoraba. Pero había algo que lo retenía, como si no supiera cómo cruzar esa barrera invisible entre ellos.
Desde que Pato llegó a sus vidas, Sergio y Max habían experimentado una montaña rusa de emociones. Cada día era una nueva aventura, una mezcla de risas y retos que los hacía crecer no solo como padres, sino también como personas. Sin embargo, a pesar de la dulzura innata del pequeño, Max había encontrado más difícil que Sergio adaptarse al papel de padre.
Sergio estaba en la habitación del niño, terminando de arroparlo después de un largo día. Patricio, con su carita angelical y sus enormes ojos oscuros, lo miraba desde debajo de las sábanas. Siempre tenía una pregunta para su papá antes de dormir, algo que Sergio adoraba porque revelaba la curiosidad infinita de su hijo.
— Papá...— susurró el niño con su voz suave, mientras se aferraba a un peluche de dinosaurio.
— ¿Qué pasa, campeón?— respondió Sergio, sentándose en el borde de la cama, su tono lleno de ternura.
Patricio vaciló un momento, como si estuviera reuniendo valor para hablar. Finalmente decidió hablar, aunque lo hizo en susurros.
— ¿Por qué papá Maxie no me quiere?
El mexicano sintió cómo su corazón se encogía de golpe. Las palabras de su hijo eran tan inocentes, pero cargaban un peso emocional inmenso. Se inclinó hacia él, acariciándole suavemente el cabello.
— ¿Por qué dices eso, Pato? Claro que tu papá Max te quiere muchísimo— dijo, esforzándose por mantener la calma en su voz.
El niño se encogió de hombros, jugando con una esquina de la sábana.
— Porque no me da besitos ni abrazos como tú... Siempre está lejos.
Sergio suspiró, intentando encontrar las palabras adecuadas para explicarle algo tan complejo a un niño tan pequeño.
— Pato, escucha. Papá Max te ama mucho, muchísimo. Solo que a veces, a las personas les cuesta mostrar lo que sienten. Pero no dudes nunca de que él te quiere con todo su corazón, ¿sí?
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❝𝐒𝐮𝐬𝐮𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐀𝐦𝐨𝐫❞
FanfictionMarie Sainz Leclerc era un nombre que resonaba con fuerza en el mundo del automovilismo. A sus dieciocho años, la joven piloto no solo llevaba en sus venas la pasión por las carreras, sino también el legado de dos de los nombres más aclamados de la...
