XXXVII

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Marie Sainz Leclerc había aprendido desde niña que la fórmula uno no era solo un deporte de velocidad, sino también de resistencia mental. La presión, la competencia y los comentarios siempre la habían rodeado, pero en su corta carrera como piloto profesional, había intentado mantener la calma y la compostura, tal como Carlos y Charles le habían enseñado. Sin embargo, incluso la paciencia tiene límites y ese día, Mia Sato piloto de Mercedes, había cruzado la línea.

La discusión comenzó en la zona común del paddock, justo después de la rueda de prensa posterior a la carrera. Marie estaba caminando hacia el motorhome de Ferrari cuando Mia, como de costumbre, comenzó con sus comentarios pasivo-agresivos, esta vez rodeada de algunos ingenieros de su equipo.

— Bueno, hay pilotos que simplemente tienen todo servido en bandeja de plata, ¿no?— dijo Mia con una sonrisa sarcástica, aunque su tono tenía veneno.— Supongo que tener un par de apellidos ilustres te asegura una buena estrategia y un coche perfecto, ¿no?

Marie se detuvo en seco, sintiendo cómo la sangre le hervía. No era la primera vez que Mia hacía ese tipo de comentarios, pero ese día, después de una carrera en la que casi había sido sacada de la pista por una maniobra peligrosa de la piloto japonesa, ya no estaba dispuesta a quedarse callada.

— ¿Perdona?— dijo Marie, girándose hacia Mia con el ceño fruncido. Su acento español se marcó aún más al elevar ligeramente la voz.— ¿Tienes algo que decirme a la cara, Sato?

Mia arqueó una ceja, aparentando calma pero disfrutando del enfado de Marie.

— ¿Yo? No he mencionado nombres. Si te sientes identificada, no es mi problema.— Mia alzó una ceja, fingiendo inocencia.— Solo digo lo que todos pensamos. Pero bueno, entiendo que necesites un poco de ayuda extra. No todos tienen la habilidad natural para estar aquí.

Ese comentario fue la gota que colmó el vaso. Marie avanzó un paso hacia Mia, con los puños apretados y el rostro encendido

Marie rió con sarcasmo, dando un paso más cerca.

— Oh, vamos, sabemos que lo dices por mí. Siempre tienes algo que comentar, ¿verdad? Qué lástima que no tengas el mismo talento para pilotar que para criticar.

El rostro de Mia se tensó, pero intentó mantener su compostura.

— Simplemente digo la verdad, Marie. Es fácil destacar cuando tienes la vida resuelta y un equipo detrás que te mima como si fueras una princesa.

— ¿Ah, sí? Pues mira Sato, si te dedicaras menos a chismorrear y más a pilotar, no estarías siempre detrás de mí en la clasificación

Mia dio un paso adelante, sin intención de retroceder.

— ¿Y a lo mejor si no te regalasen los trofeos, no estarías tan confiada?

Marie soltó una risa sarcástica, cruzando los brazos.

— ¿Regalados? ¡Mira Sato, llevo desde que tenía cinco años trabajando para estar aquí! Mis victorias, mis podios y cada maldito punto que he conseguido me los he ganado con esfuerzo, no con tu actitud de niña llorona. Así que, si no tienes algo útil que decir, ¿por qué no te vas a tomar viento fresco?

— ¡Chicas, basta!— La voz de Carlos, firme y preocupada, interrumpió la discusión. Él y Charles habían llegado justo a tiempo para evitar que la situación escalara. Carlos se acercó a su hija y le puso una mano en el hombro.

— Marie no vale la pena, hija. Deja que tus resultados hablen por ti. No necesitas demostrarle nada a nadie.

Marie respiró hondo, tratando de calmarse, pero todavía estaba encendida.

❝𝐒𝐮𝐬𝐮𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐀𝐦𝐨𝐫❞Donde viven las historias. Descúbrelo ahora