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Me desperté de golpe con el sonido de la puerta golpeando una, dos, tres veces, seguido de una voz que no podía ignorar aunque estuviera muerto.
- ¡Dracooo! — chilló Pansy al otro lado — ¡Feliz cumpleaños, dormilón! ¡Abre ya o la tumbo con un hechizo!
Gruñí, aún medio enterrado entre las sábanas. Cerré los ojos otra vez, convencido de que podía ignorarla. Error.
La puerta se abrió de par en par sin que nadie la invitara. Theo fue el primero en entrar, una sonrisa descarada en el rostro y una bandeja flotando a su lado con una taza de té humeante y una tostada con mermelada de calabaza.
- Despertarte con desayuno y elegancia. Ya ves lo que hacemos por ti una vez al año — dijo, dejándolo con cuidado en mi mesita de noche.
- Y no te acostumbres — agregó Blaise, apareciendo detrás con una caja rectangular envuelta en papel verde esmeralda que dejó caer sin ceremonias sobre mi estómago — Regalo número uno.
- ¿Y no podían esperar a una hora decente? — murmuré, con la voz ronca, arrastrándome para sentarme.
- Es tu cumpleaños, idiota — resopló Blaise — Hoy no existen las horas decentes.
Entonces entró Pansy. O, más bien, hizo una entrada digna de teatro.
- ¡Sorpresaaaa! — gritó, agitando una pequeña varita que hacía flotar frente a ella una tarta de chocolate con una vela encendida, chispeando en verde y plata — ¡Cumpleaaaños feeeeliz, te deseaaamos a ti...!
Theo y Blaise se unieron al canto, cada uno más desafinado que el otro. Me tapé la cara con una mano, entre divertido y resignado.
- No puede ser que estén haciendo esto.
- ¡Lo estamos haciendo y te aguantas! — dijo Pansy, riendo mientras dejaba flotar la tarta hasta el escritorio — ¡Es tu cumpleaños y vamos a celebrarlo, aunque tengas cara de ogro recién levantado!
- Tu cara es un regalo en sí — añadió Blaise con sorna — "Retrato de un Malfoy sin peinar" podría colgarlo en el Salón de la Fama.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. Había algo reconfortante en su ridículo entusiasmo.
- Anda, pide un deseo — ordenó Pansy con una sonrisa traviesa.
Clavé la mirada en la vela por un momento. Su pequeña llama parpadeaba, como si también esperara algo de mí. Cerré los ojos, respiré hondo... y pedí un deseo. Uno que sabía que rozaba lo imposible, pero, aun así, era lo único que realmente anhelaba.
Era mi cumpleaños, y si había un día en el que podía permitirme soñar, era hoy.
Soplé con firmeza. La llama se extinguió al instante, dejando un destello de chispas verdes que bailaron en el aire por unos segundos antes de desvanecerse lentamente.