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JANE

No me doy cuenta del tiempo hasta que miro el reloj por segunda vez y veo que pasó media hora más de lo que él dijo, pero no me altera, solo me apoyo en la mesada y mezclo de nuevo la pasta aunque no necesita que la mezcle, es más por tener algo que hacer con las manos, algo que distraiga la pequeña insistencia de mi cabeza que me dice "ya debería estar aquí". Bill siempre tarda cuando hay cámaras, cuando lo exprimen un poco más de lo normal, cuando se queda callado y los periodistas interpretan ese silencio como si escondiera secretos que ni él mismo ha procesado.

No me irrita, solo lo espero. Cociné porque me escribió "te veo para cenar" y llevo todo el día con ese mensaje metido en el pecho. No dijo "quiero cenar contigo", dijo "te veo", y no sé si eso significa algo, pero para mí lo significó suficiente como para abrir la despensa y ponerme a cocinar como si el mundo dependiera de esa olla hirviendo.

Termino de poner la mesa, solo dos platos, dos vasos, nada especial, pero ordenado como si fuera importante que él note el cuidado, aunque él nunca dice nada sobre esas cosas, solo mira, procesa, se queda callado.

La puerta se abre sin ruido, como siempre. Bill entra sin hacer un solo gesto para anunciarse, trae los hombros tensos y la camisa metida a medias, como si hubiera estado jalándola por cansancio. Me mira un segundo y dejo la cuchara dentro de la olla sin pensar.

— Llegaste —digo, sin reclamos.

— Sí —responde, cerrando la puerta con el pie, como si todavía no supiera muy bien en qué parte de la habitación quiere estar.

No lo abrazo, él tampoco se acerca, solo se queda mirándome como si necesitara ubicar en qué punto exacto de su vida estoy parada hoy.

—¿Cansado? —pregunto.

Se pasa la mano por la nuca, ese gesto suyo que siempre aparece cuando está agotado o cuando necesita un segundo para evitar romperse frente a alguien.

— Un poco.—murmura— Hablar de lo mismo tantas veces... desgasta.

Asiento, y mientras sirvo la pasta siento sus ojos en mi espalda, ese tipo de mirada que no pide nada pero tampoco se retira. Sirvo su plato primero porque sé que llega con el estómago vacío siempre que tiene un día lleno de entrevistas. Él se acerca y se sienta sin decir nada, como si el simple hecho de que yo esté ahí dándole cena fuera suficiente para aflojarle un poco la respiración.

Me siento frente a él, él mira el plato, luego me mira a mí.

—¿Cocinaste?

—Sí.

—Huele bien.

Es su manera de decir "gracias". Lo conozco lo suficiente para traducirlo sin necesidad de que sea explícito.

Come un poco, lento, como si quisiera convencer a su cuerpo de que ya terminó el día.

—Te tardaste.—le digo, no como reclamo, solo como comentario.

—Lo sé... —hace una breve pausa—Lo siento,
me agarraron para otra cosa al final, improvisada.

—Está bien.—respondo, y lo digo en serio.

Él baja la mirada al plato, pero no porque esté incómodo, sino porque está pensando.
Lo veo, lo siento, lo conozco, hay algo que quiere decir y se contiene, como siempre.

Decido romper yo ese espacio que se está alargando demasiado.

—Vi parte de la entrevista.—confieso.

Su tenedor se queda suspendido un segundo en el aire.

—¿Sí?

—Sí.

PREJUDICE | BILL SKARSGARDHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora