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BILL

Abrí los ojos porque el ruido de la calle se filtraba por la ventana. No había dormido bien, pero al menos había logrado cerrar los ojos unas horas. Jane estaba a mi lado, apoyada en la almohada, con la mirada fija en el techo. Ni siquiera se giró cuando me moví.

—Ya amaneció —murmuré.

—Lo sé.

El aire del cuarto estaba denso, con ese olor agrio de sudor y alcohol, no dije nada más, me  incorporé despacio, buscando los zapatos con la punta del pie, ella me miró entonces.

—Deberías salir un poco, para que puedas despejarte.

—No necesito despejarme.

—Sí lo necesitas —replicó, seca, como si no tuviera paciencia para discutirlo—. Vamos.

Me levanté sin ganas, el suelo frío bajo los pies me recordó lo mal que estaba. Aun así, la seguí.

Bajamos en silencio, cada paso resonando en la escalera vacía, afuera, el aire de la mañana era helado. Caminamos por la acera sin rumbo fijo. Ella tenía las manos en los bolsillos, el mentón levantado. Yo iba detrás, arrastrando los pies.

No habíamos avanzado ni media cuadra cuando aparecieron. Dos tipos en la esquina, cámaras listas. El clic de los flashes me golpeó como un zumbido molesto.

—Genial... —murmuré.

Jane me lanzó una mirada rápida.

—Ignóralos.

—¿Tú puedes?

No contestó, siguió caminando más rápido. Yo intenté seguirle el paso, pero el cuerpo no me respondía. Sentía las piernas blandas, como si no fueran mías.

—Bill... —me llamó, sin frenar.

—Estoy bien.

Pero no lo estaba, la nausea me subió de golpe y tuve que apoyarme en la pared. Ella volvió sobre sus pasos.

—No. Ya basta.

—Déjame.

—Bill, cállate.

Su tono era bajo, pero firme, me sostuvo del brazo. Yo quería apartarla, pero no tenía fuerzas.

—No puedes ni caminar derecho.

—No me lleves como un inválido.

—Pues compórtate como alguien que no lo es.

Nos quedamos mirándonos un par de segundos, yo respiraba pesado. Ella no apartó la mano.

—Te llevo a mi casa —dijo.

—No.

—Sí. —Y en su mirada no había espacio para que yo decidiera lo contrario.

No hablamos más, caminamos hasta su coche. Los flashes todavía sonaban a lo lejos, pero yo ya no podía prestarles atención, solo necesitaba  sentarme. Cuando cerró la puerta del copiloto detrás de mí, la escuché soltar un suspiro largo. Subió al volante sin encender de inmediato.

—Así no puedes seguir.

—¿Y qué propones? ¿Que me esconda?

—Propongo que no te mueras en la calle mientras te toman fotos.

No supe qué responder, me quedé mirando por la ventana mientras arrancaba. El motor sonaba áspero, como yo por dentro. El trayecto fue silencioso, salvo por ella golpeando el volante con los dedos, nerviosa. Yo solo pensaba en lo patético que debía parecer. Y en que, aunque no lo dijera, tenía razón: no podía seguir así.

Llegamos a su casa.

Ella no me preguntó si quería entrar. Simplemente abrió la puerta y esperó.

Y yo la seguí.

La puerta se cerró detrás de nosotros y el eco me dejó un nudo en el estómago, no era la misma casa, las paredes tenían otro color, los muebles eran distintos, todo demasiado ordenado, demasiado nuevo, caminé despacio, sintiendo que cada paso me alejaba de lo que alguna vez conocí

Jane dejó las llaves en la mesa y se giró hacia mí, me sostuvo la mirada apenas un segundo y señaló el sofá con un gesto firme

—Siéntate —dijo sin titubeos, sin darme opción de discutir

Me hundí en el sofá, respirando hondo, mis ojos recorrieron la habitación tratando de encontrar algo familiar, y entonces mis ojos vagaron hacia la repisa, y algo más llamó mi atención, una foto, pequeña, escondida, agachada, como si nadie debiera verla

—¿Y esto? —pregunté, inclinándome, curioso.

Ella bajó la mirada, casi avergonzada, y se encogió un poco

—No... no es nada importante —murmuró, pero su voz no tenía la firmeza de antes, parecía casi un susurro

No me contuve, y con cuidado la tomé de la muñeca, la levanté un poco, y de repente todo fue claro, el rostro que aparecía en la foto era mío, yo en el backstage de una alfombra roja, vestido con aquel traje que ella siempre decía que me quedaba bien, cargándola en brazos mientras ella sonreía, el cabello ligeramente desordenado, su risa atrapada en la imagen, y de repente todo volvió a encajar, la distancia, el tiempo, los meses de vacío, todo se comprimió en ese instante y me arrancó un nudo en el pecho

—Lo recuerdo muy bien... —dije, sin poder evitarlo, con la voz baja y ronca, y ella rió suavemente, no burlona, solo dulce.

Me senté de nuevo, dejando que la foto cayera suavemente en mis manos, el calor de su presencia cerca, su respiración ligera, sentí que podía quedarme allí, sintiendo todo lo que habíamos sido y todo lo que aún estaba vivo entre nosotros, sin necesidad de palabras, con solo una foto y ella a mi lado

PREJUDICE | BILL SKARSGARDHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora