Ella siempre estaba en silencio, en un mundo donde los gruñidos son la banda sonora, hasta que él la hizo gritar.
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DANA
Desperté con el dolor antes que con la conciencia. Un ardor intenso me recorría las muñecas, como si la piel se me estuviera abriendo a tiras desde dentro. Intenté moverlas por puro reflejo y el roce de las bridas contra la carne viva me arrancó un gemido seco que se me quedó atascado en la garganta.
Olía a óxido. A sangre seca. A humo viejo.
Abrí los ojos despacio, parpadeando, y tardé unos segundos en entender dónde estaba. El techo era alto. Una lámpara colgaba de un cable, balanceándose ligeramente, lanzando destellos amarillentos que hacían que todo pareciera moverse aunque estuviera quieto.
Una fábrica. O lo que quedaba de ella.
El suelo era de cemento manchado, con marcas antiguas de maquinaria y huellas recientes de botas. Estaba sentada en el suelo, la espalda apoyada contra una columna fría. Las muñecas atadas por delante, los tobillos también. Cada respiración me dolía como si el aire pesara más de lo normal.
—Adam…—susurré, sin saber si mi voz existía de verdad.
—Estoy aquí.—respondió casi al instante.
Giré la cabeza. Estaba a mi derecha, en la misma postura, con las manos atadas y la camisa manchada de sangre seca en el hombro. Tenía un corte feo en la ceja, ya coagulada, y los labios apretados, tensos.
Cuando nuestras miradas se encontraron, vi en sus ojos algo que me heló más que el miedo: cálculo. Alerta pura.
Daila estaba al otro lado, sentada muy recta a pesar de las ataduras, como si negarse a encorvarse fuera un acto de rebeldía. Tenía la mejilla inflamada y un hilo de sangre seca que le recorría el cuello. Sus ojos iban de un lado a otro, memorizándolo todo.
Y Ciro… El corazón se me encogió al verlo.
Estaba frente a mí, un poco ladeado, apoyado contra una pared. Alguien le había vendado el muslo con una tela sucia, improvisada, pero la sangre había traspasado el tejido formando una mancha oscura. Tenía la piel casi gris, los labios azulados. Respiraba rápido, superficialmente, como si cada inhalación le costara un esfuerzo enorme.
—Ciro.—dije más alto, alarmada.
Abrió los ojos despacio. —Hola.—murmuró, intentando sonreír, pero solo consiguió hacer una mueca.—Creo… creo que sigo vivo.—
Me acerqué todo lo que pude arrastrando el cuerpo, ignorando el dolor de las muñecas.