Ella siempre estaba en silencio, en un mundo donde los gruñidos son la banda sonora, hasta que él la hizo gritar.
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DANA
El viejo coche de Adam chirrió al frenar frente a la entrada del campamento militar. Luces parpadeaban en la oscuridad y barricadas improvisadas se extendían por todo el perímetro. Soldados armados caminaban de un lado a otro, observando con rigor cada movimiento.
—Madre mía…—murmuré, con la boca seca, mientras mis manos se aferraban al asiento.
Adam posó su mano sobre la mía y me miró con su típica sonrisa tranquila.
—Aquí estaremos a salvo—dijo, como intentando calmarme y quise creerle, de verdad lo quería.
Daila frunció el ceño y no apartó la vista del campamento.
—Todavía no sabemos como funciona esto.—advirtió. Desde el volante parecía una auténtica líder, y por primera vez sentí que se preocupaba por nuestra seguridad.
Ciro, por su parte, parecía fascinado por el orden del lugar. Se estiró en el asiento y murmuró: —Yo solo veo mucha seguridad y eso me gusta.—
Vi como Daila le miraba, entre preocupada y reacia a creer que Ciro estuviera en lo cierto. Apreté los labios, me sentía nerviosa por lo que nos esperaba allí dentro.
Dos soldados nos hicieron parar en un puesto de control y bajar del coche, revisaron armas y mochilas con minuciosidad, de las cuales no nos devolvieron las armas, y nos guiaron hacia una caseta de registro. Dentro, otros supervivientes nos observaban con recelo. Algunos eran jóvenes, organizados en pequeños grupos; sus miradas evaluaban cada gesto, cada reacción.
Al llegar al registro el capitán al mando de ese campamento se dirigió a nosotros, nos cito una serie de largas reglas, nos explico el horario de comidas, de entrenamiento y de tareas. Todo parecía perfectamente controlado, todos parecían tener una función y algo que hacer a todas horas.
Vi como Ciro le miraba con fascinación, sabía que ese chico adoraba el orden y que ese campamento era como un paraíso para él. Daila, aunque tambien adoraba el orden y el control, parecía más reacia. Ella prefería tener ella el control y no dudaba de que en poco tiempo encontraría grietas en su seguridad. Adam, por el contrario, sonreía. Pero sabía que estaba fingiendo, estaba tan nervioso como yo, deseaba sentirse seguro y poder bajar la guardia pero dudaba de que fuera capaz de hacerlo. Sin embargo, él estaba deseando aprender a defenderse. Mientras, yo solo me limitaba a mirar cada persona, para arma, cada cabaña. Miraba todo, tratando de aprender sobre aquel sitio, tratando de encontrar a mi familia entre todos esos rostros.
—No obedecer las reglas tiene graves consecuencias, no permitiremos que nadie ponga en peligro a todos estos civiles.—dijo el capitan, con los brazos cruzados.—Aquí no hay segundas oportunidades.—