Ella siempre estaba en silencio, en un mundo donde los gruñidos son la banda sonora, hasta que él la hizo gritar.
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DANA
Llevábamos días caminando por carreteras que ya no llevaban a ninguna parte. El asfalto estaba cuarteado, invadido por hierba seca y restos de coches abandonados que parecían esqueletos oxidados bajo el sol. A veces encontraba juguetes tirados en las cunetas, mochilas abiertas, una zapatilla sola… señales mudas de gente que había corrido sin mirar atrás. Como nosotros.
Dormíamos poco y mal. Un par de horas escondidos entre árboles, en gasolineras vacías o bajo puentes donde el eco amplificaba cualquier sonido y hacía imposible relajarse. Comíamos lo justo para no caer redondos: una lata compartida, medio paquete de galletas rancias, agua tibia que sabía a plástico y a óxido. El hambre se nos había metido en los huesos, y el cansancio nos hacía ir más lentos, más torpes, más irritables.
Evitábamos a todos los humanos que veíamos. No importaba si parecían normales, si iban solos, si levantaban las manos en señal de paz. Nadie era de fiar. No después del campamento. No después de ver lo que la gente podía hacer cuando tenía poder… o miedo.
Ciro caminaba arrastrando los pies, apoyándose más de la cuenta en Daila. Tenía la mirada perdida, como si todavía estuviera allí dentro, en aquella sala de cemento. Daila iba delante, marcando el ritmo. Siempre alerta. Siempre tensa. Sus hombros parecían cargados con el peso de los tres. No se quejaba, no pedía parar, no decía que tenía hambre… pero sus ojos estaban apagados, y eso me daba más miedo que verla gritar. Adam caminaba a mi lado, en silencio. Vigilante. Protegiéndonos. Protegiéndome. Y yo… yo llevaba el campamento militar metido bajo la piel.
Cada paso que daba lo sentía más claro: habíamos salido con vida, sí. Pero habíamos dejado un infierno atrás. Uno que nosotros mismos habíamos ayudado a desatar… y luego abandonado.
—Necesitamos un sitio.—murmuré al cabo de un rato, rompiendo el silencio espeso.—No podemos seguir así eternamente.—
Adam asintió sin mirarme. —Lo encontraremos.—
—Eso dijiste ayer.—respondí, sin poder evitar que sonara a reproche.
Se detuvo un momento, me miró de reojo, pero siguió caminando. —Y antes de ayer. Y lo volveré a decir mañana si hace falta.—
Algo dentro de mí se tensó. Llevaba horas mordiéndome la lengua, días enteros acumulando palabras que no querían quedarse quietas.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo?—le solté de golpe.—¿Cómo puedes seguir caminando como si nada?—
Adam se paró en seco esta vez. Daila y Ciro siguieron unos pasos más antes de darse cuenta y detenerse también, a cierta distancia.
—No estoy tranquilo, Dana.—dijo él, con la voz baja.—Estoy intentando no derrumbarme.—