No dormí... ¿O sí? Era difícil saberlo.
La frontera entre estar despierto y hundirse en esa especie de mixología farmacéutica que los sanadores llamaban "tratamiento", volvía mi realidad ofensivamente imprecisa. Cerraba los ojos, o creía cerrarlos, y el mundo se disolvía durante minutos, que podrían haber sido segundos o siglos. Luego, volvía a abrirlos con una violencia absurda, como si despertar fuese una tarea que mi cuerpo había olvidado y ahora lo hacía con el entusiasmo torpe de un elfo doméstico borracho.
Cada vez que mi cerebro volvía a trasmisiones, buscaba a Scorpius. Y cada vez, ahí estaba. Sentado junto a mi cama, a veces leyendo algo sin avanzar una sola página, otras veces con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, mirando el suelo como si estuviera negociando con él. En ocasiones, lo encontraba dormido en la silla, con una posición incómoda y la expresión exhausta de quien había aprendido demasiado pronto que el descanso era una cortesía revocable.
Yo lo miraba y sentía una gratitud tan feroz que casi parecía dolor, especialmente cuando recordaba que por mi negligencia estaba ahí. Las pastillas no eran suficiente para apaciguar ese demonio interior denominado culpa.
Esa noche, la de mi regreso a esta realidad, Scorpius habló. No todo el tiempo. No de corrido. No como quien entrega un informe organizado a un hombre que acababa de regresar de la muerte, o de algo suficientemente parecido como para no discutir tecnicismos. Pero habló.
Soltó información como se habla de las cosas desagradables: mal, a pedazos, con silencios en los lugares donde más dudas quedaban.
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Me contó lo que había pasado durante mi ausencia en fragmentos.
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Una frase mientras me acercaba agua. Un dato brutal dicho con fingida indiferencia. Una corrección seca cuando yo intentaba imaginar una versión menos vergonzosa de los hechos. Un silencio largo después de mencionar la Mansión. Una mirada desviada cuando pregunté quién había estado con él.
Así supe lo que el mundo había hecho mientras yo tenía la desfachatez de permanecer inconsciente.
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No fue agradable descubrirlo.
Nada lo fue.
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Así supe, primero, que Scorpius no había estado completamente solo. Había tenido adultos alrededor. Había tenido una casa a la cual volver cuando San Mungo cerraba sus visitas. Había tenido personas que firmaron autorizaciones, hablaron con profesores, respondieron cartas, mantuvieron a raya a los periodistas y patanes con demasiado tiempo libre. Había tenido voces que le recordaron comer cuando él olvidaba hacerlo y que, con esa convicción inútil de los vivos, le aseguraban que todo estaría bien.
Pero nadie había podido ser su padre.
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Había tenido compañía.
No presencia.
Había tenido protección.
No a mí.
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Scorpius no lo dijo así, por supuesto que no. Mi hijo era demasiado considerado o demasiado orgulloso para increparme por mi ausencia. Dijo cosas más simples.
Que no había sido tan terrible.
Que se había acostumbrado.
Que al principio iba mucho a San Mungo, pero después, había clases, trámites, exámenes. La vida haciendo ese truco vulgar de seguir adelante incluso cuando una parte esencial de ella se quedaba detenida en una cama.
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Alter Ego
FanfictionCualquiera desearía tener una segunda oportunidad para enmendar sus errores, pero Draco Malfoy no era "cualquiera", no cuando cualquier cambio en el pasado podía quitarle su preciado presente. Sin embargo allí estaba, por su propia culpa, tratando...
