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No desperté, no al principio.

Solo caía.

O flotaba.

O me deshacía.

Honestamente, era difícil escoger un verbo cuando uno había perdido la cortesía de existir en una sola pieza, porque sentía mucho y nada a la vez. Como si mi alma estuviera desparramada y muy lejos de un cuerpo físico al cual habitar.

No podía ver. No sentía mis ojos. Pero a la vez, percibía que me rodeaba la oscuridad. No una oscuridad normal, era otra cosa. Una negrura sin bordes, espesa, silenciosa, tan absoluta que incluso mis pensamientos parecían sonar demasiado fuertes dentro de ella.

Y, en medio de todo, una sola palabra seguía haciendo eco en cada rincón.

Scorpius.

La repetí sin boca como un mantra.

Scorpius.

Scorpius.

Scorpius.

Suspiré sin pulmones, pensando en todas las cosas inútiles que había aprendido en mi vida. Por ejemplo, cómo insultar sin mover apenas los labios. Cómo distinguir un vino francés decente de una atrocidad embotellada por criminales. Cómo fingir que no me importaba absolutamente nada cuando, por dentro, me estaba muriendo con bastante dedicación.

Pero nadie me enseñó qué hacer cuando la realidad te escupe de vuelta a tu propio cuerpo.

Súbitamente, algo tiró de mí.

No fue suave.

Fue brutal.

Como si un gancho invisible se hubiese clavado en lo que fuera que quedaba de mí, arrastrándome a través de una cerradura demasiado estrecha.

Sentí dolor antes de sentir un cuerpo. Luego, sentí frío, de aquel que cala los huesos. Después, registré mis pulmones llenándose de aire con la violencia de alguien que llevaba demasiado tiempo en reposo, y que de pronto decide correr una maratón.

.

Fue entonces que abrí los ojos.

O creí abrirlos.

.

Todo era blanco.

Blanco el techo.

Blancas las paredes.

Blancas las cortinas.

Blancas las manos que intentaban sujetarme.

Por un segundo, pensé que había llegado al cielo... pero luego, olí desinfectante.

.

Definitivamente no era el cielo.

Ningún dios con sentido de buen gusto permitiría semejante olor en el paraíso. ¿O este era el infierno?

.

Intenté incorporarme.

Error.

Un error ambicioso, estúpido y absolutamente mío. El mundo se inclinó de lado, mi estómago intentó huir por la garganta y algo pitó cerca de mi cabeza con histeria mecánica. Unas manos me empujaron.

-¡No se mueva!

La voz era femenina. Joven. Profesional. Irritada.

.

San Mungo, entonces.

O un infierno temático administrado por medimagos.

.

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