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–¿Me estás diciendo que el plan maestro implica alcoholismo estratégico? –mascullé con la voz aún rasposa, incorporándome a medias en la cama.

Theodore estaba en el marco de la puerta con una expresión demasiado satisfecha para mi gusto, lo cual siempre era mala señal. A sus espaldas, Granger sostenía ese libro griego como si fuera la tabla de Moisés, con los ojos brillantes de quien acababa de descubrir algo y estaba haciendo esfuerzos sobrehumanos para no explicarlo todo en una sola exhalación.

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Maldita sea.

Esa era su cara de “tengo razón”.

La conocía.

Y la temía.

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–No lo llamaría alcoholismo estratégico –respondió Theodore, entrando a la habitación sin pedir permiso, como era su insana costumbre–. Más bien, "recreación controlada de variables".

–Eso suena a como lo llamaría Granger para no sentirse culpable.

–No pongas palabras en mi boca, Malfoy –intervino ella–. Todavía no he aprobado que te emborraches. Solo estoy aceptando que, según los antecedentes, el whisky pudo haber sido parte de la ecuación original.

–Qué alivio. Mi dignidad queda intacta si la sabelotodo autoriza mi decadencia.

Ella me miró con una ceja levantada.

–Tu dignidad se despidió hace mucho rato–replicó.

–Cierto –la apoyó Theodore–. Creo que la vimos por última vez en Hogwarts, cuando corriste detrás de Granger en tacos.

–Ella iba en tacos, idiota.

–Detalles.

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Los odiaba.

Los adoraba.

Los odiaba por eso.

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Me dejé caer otra vez sobre la almohada, mirando el techo del cuarto con una náusea rara en la boca del estómago, mientras escuchaba la teoría de ambos de volver a ese anticuario decrépito. Y no. La sensación no era por el hambre ni por la falta de sueño. Era ese presentimiento asqueroso que se instala cuando la vida decide ponerse solemne y uno no tiene dónde esconderse y fingir demencia.

Porque si Hermione y Theodore tenían razón, si de verdad esa tienda escondía algo, si el anciano de aspecto cadavérico sabía más de lo que había dicho, entonces quizás estábamos cerca.

Muy cerca.

Y eso me provocaba un terror absolutamente indecente e inconfesable.

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Porque significaba volver.

Pero también significaba irme.

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“Felicidades, anciano. Tu capacidad para complicar hasta una buena noticia es admirable”.

–Cállate –murmuré.

Hermione entrecerró los ojos.

–¿Qué?

–Nada. Solo hablaba conmigo mismo.

–Eso no es tranquilizador.

–Nunca lo fue –acotó Theodore.

Me incorporé de golpe antes de que cualquiera de los dos pudiera seguir haciendo leña de mi deteriorada salud mental.

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