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Recuperarse, descubrí, era una palabra demasiado amable para describir una sucesión de humillaciones físicas supervisadas por personas que decían "muy bien" con absoluta condescendencia.

Había pasado décadas cultivando una expresión capaz de incomodar hasta los más altos funcionarios ministeriales y, sin embargo, nada de eso servía contra una sanadora de veinticinco años que aplaudía discretamente porque yo había conseguido caminar seis pasos sin intentar asesinar a nadie ni perder el aliento.

La recuperación no fue rápida. Tampoco fue heroica.

.

Fue ridícula.

Dolorosa.

Y ofensivamente doméstica.

.

Aprendí a sentarme sin que el mundo se inclinara. Aprendí a sostener una taza con dignidad variable. Aprendí que los músculos tienen memoria, pero también resentimiento, y que los míos parecían haberse organizado en una especie de sindicato revolucionario contra el regreso al trabajo.

.

Pero no estaba solo.

Scorpius venía todos los días.

.

Al principio, con una ansiedad mal disimulada. Después, con una vigilancia más práctica. Se sentaba frente a mí, fingía leer, me observaba por encima del libro y hacía esa expresión heredada de su madre cuando yo intentaba convencer a los sanadores de que caminar hasta la ventana equivalía a una recuperación completa y, por lo tanto, me autorizaba a volver a mi vida normal.

-No -decía él.

-No he terminado de argumentar.

-No.

-Podrías esperar a que formule la petición.

-Podría, pero no.

-Eres insufrible cuando quieres.

-Lo aprendí de ti.

Ahí estaba mi hijo.

Mi juez. Mi guardián.

Mi pequeño traidor bien educado.

No podía quejarme demasiado. Bueno, sí podía. Era una de mis habilidades naturales. Pero no debía. Scorpius había pasado dos años esperando que yo despertara. Lo mínimo que podía hacer era soportar que me impidiera morir de arrogancia durante la convalecencia.

Por ello, la primera vez que logré caminar por el pasillo sin ayuda directa, Scorpius se quedó muy quieto. Demasiado. Luego miró hacia otro lado tratando de ocultar su emoción, lo que de manera profundamente inconveniente, me emocionó a mí. ¿Con la edad uno se vuelve más sensible o era otro efecto secundario de regresar a este universo? Porque esto no me pasaba antes.

-No llores -dije, aunque no sé si se lo dije a él o a mí.

-No estoy llorando.

-Excelente.

-Tú estás llorando.

-Me suda la cara.

-Los Malfoy no sudamos. Según tú, emitimos señales discretas de sufrimiento aristocrático.

-Bueno, eso...-suspiré rodando los ojos-, qué desagradablemente Slytherin te has vuelto en mi ausencia.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, de esas que duran poco porque el mundo ya le había enseñado a no confiar demasiado en las cosas buenas.

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⏰ Última actualización: Jul 10 ⏰

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