Me encontré con él saliendo de mi trabajo. Acababa de salir de 36 horas seguidas de guardia; no estaba muy segura de que día era ni de quien era yo, solo de que tenía una profunda necesidad de comer y dormir. Estaba en la parte de atrás del estacionamiento del hospital, solo, apoyado en un carro, fumándose un cigarro que por el olor que desprendía debía de ser mentolado; la manera que tenía de fumar te hipnotizada. No era que hiciera nada del otro mundo, sino que por alguna razón la manera en como agarraba el cigarrillo entre los dedos era de lo más interesante. Apenas me vio me sonrió y me preguntó si no tenía un cigarro que le regalase.
- Perdona no fumo desde hace mucho, ya sabes, la profesión y eso.
- Una lastima, te debes de ver preciosa fumando.
Terminé hablando con él durante dos horas seguidas hasta que él vio que ya no podía casi ni estar en pie del cansancio y se ofreció llevarme a mi casa. Le dije que no era necesario; mi carro estaba estacionado un poco más allá y me iría yo sola. Apenas vi que no podía caminar más de tres pasos seguidos sin marearme acepté su oferta. Le estaba dando a un completo extraño acceso a mi dirección, pero por alguna razón en mi mente parecía lo correcto de hacer. Nos montamos en un viejo aunque cuidado Lexus. Siempre me habían gustado esa clase de carros, yo misma también tenía uno japonés. El carro estaba limpio por dentro y al abrir las ventanas el aire que entraba era refrescante. Le dije la dirección y prácticamente me quedé dormida. No recuerdo que soñé pero estoy segura de que soñé algo mientras estaba en el carro. Me desperté cuando me di cuenta de que me estaba agitando suavemente.
- No estoy muy seguro de si es aquí, me pasé una salida y me perdí un poco.
Mire a mi alrededor y efectivamente, justo de mi lado del carro se alzaba el bloque de apartamentos donde yo vivía.
- Quisiera invitarte a pasar, pero honestamente estoy agotada.
- No pasa nada, me veras en el hospital, a veces voy para allá a fumar y pensar.
- Ni siquiera sabes mi nombre, va a ser difícil.
- ¿Te puedo preguntar algo?
Lo mire fijamente durante más o menos un minuto. Asentí con la cabeza.
- ¿Qué edad tienes?
- Veintisiete.
- Demasiado joven para tener la mirada tan triste.
Por primera vez en la noche me sonrojé. Cerré la puerta del carro y subí a mi apartamento. Apenas entré en la sala me di cuenta de que todo el cansancio se me había esfumado. Fui a la nevera y agarre una cerveza, me senté en el sofá y me la fui bebiendo poco a poco mientras pensaba en todo lo que habíamos hablado; las palabras "demasiado joven para tener la mirada tan triste" retumbaban en mi cabeza. En algún momento me quede dormida; me levanté en la mañana solo para pasarme a la cama y seguir durmiendo. Dormí trece horas (casi) seguidas.
La próxima vez que lo vi también acababa de salir de una guardia, aunque no tan larga; estaba de la misma manera que me lo había encontrado la primera vez. Recostado de un carro, fumándose un mentolado de esa manera tan especial suya. Apenas me vio sonrió y me pregunto si quería uno. Lo acepté. Fumamos recostados del carro.
- Comprobado, te ves preciosa fumando.
Cuando yo ya no soportaba el frío me dijo que si quería comer algo, le dije que si, que me moría de hambre. Esta vez no había llevado su carro, así que nos montamos en el mio, un Subaru que me lo había vendido una amiga hacía unos años por un precio irrisorio ya que tenía problemas económicos y necesitaba dinero rápido.
Estacionamos en un lugar veinticuatro horas y el pidió una ensalada cesar con pollo y poca mostaza en el aderezo, yo me pedí una hamburguesa con queso y doble ración de papas fritas. Hablamos mucho y también estuvimos en silencio mucho tiempo. Le pedí su dirección para llevarlo a su casa pero me dijo que no era necesario, que había hablado con un amigo para que lo buscara ahí. Me monté en el carro y me fui. Al llegar a la casa no pude dejar de pensar en él y decidí que mañana preguntaría por él en el hospital.
Al llegar a la mañana siguiente pregunté por él. Nadie parecía saber nada. Alguien pareció recordar algo. Una anciana que siempre se sentaba en las salas de espera de los familiares (buscando atención en una conversación fortuita) parecía recordar algo.
- ¿El muchacho que se la pasa en el estacionamiento de atrás fumando esos cigarros de marica?
Me sonrojé; aunque los mentolados no fuesen mis favoritos definitivamente no me parecían de maricas. Asentí con la cabeza. Tenía que ser él.
- Creo que es de oncología, aunque no estoy muy segura, si no, de urología.
Llegue hasta oncología y pregunté. Nadie estaba muy seguro, en esa ala todos siempre estaban demasiado cansados y demasiado deprimidos. Me acerqué a una de las ventanas, se podía ver el estacionamiento de atrás desde ahí. Un señor se me acercó por detrás.
- A veces esta vista es demasiado deprimente.
Lo mire sin mayor emoción; cualquier vista desde el hospital era deprimente.
- Hace unos meses cuando entré me gustaba ver desde aquí a un muchacho que fumaba por aquel carro de allá. Aunque luego olía horrible y los médicos lo regañaban. Verlo era algo diferente, fumaba de una manera muy particular, eso te lo puedo asegurar.
Sentí que me faltaba el aire y aunque quería casi que gritar me serené y le pregunte al señor que si sabía quien era y donde se encontraba ahora.
- Creo que se llamaba Javier... Ya debe estar unos tres metros bajo tierra, murió ya harán unos cuatro días. Una falla del corazón por el cáncer creo que dijeron los médicos.
Salí del ala de oncología directa a mi piso. Me coloqué el estetoscopio alrededor del cuello y comencé mis rondas. En el hospital o vences la enfermedad o te ves vencido por ella. Reclama tejidos y cuerpos como si ella mandase sobre el universo. De vez en cuando vencemos una enfermedad pero normalmente ella nos vence, se come nuestros órganos por dentro y no deja ni siquiera los huesos. Salí agotada, me monté en el Subaru que me esperaba siempre diligente en el estacionamiento de atrás. Conecté el cable auxiliar a mi reproductor de música. Coloqué el concierto para oboe en D menor "A Marcello" de Mozart; siempre me había gustado ese concierto, por alguna razón calmaba mi espíritu cuando me sentía abatida. Estacioné en el puesto de siempre y me bajé del carro. Cuando entre en la sala noté una sombra sentada en mi sofá. Había un ligero aroma a mentol flotando en el aire. Fui hasta la cocina y saque una cerveza helada. Me senté al lado de la sombra. La cerveza hizo un sonido satisfactorio cuando la abrí; tomé un sorbo y la deje en la mesa sobre un posavasos que siempre tenía a la mano. Fue ahí cuando por primera vez lo vi. Comprobé que se seguía viendo exquisito al fumar. Sin vacilar le pregunte su nombre.
- No sabría decirte, llevo algún tiempo desconectado de tu mundo así que no recuerdo demasiado. La verdad es que ni siquiera recuerdo si me gustaban los mentolados pero es lo único que consigo. ¿Te puedo hacer yo una pregunta a ti?
Asentí ligeramente con la cabeza.
- ¿Por qué estás tan triste?
Me quede callada. No tenia una respuesta; sin embargo no pareció importarle y de una vez me ofreció un cigarro. Lo acepté. Agarro la cerveza que se encontraba en la mesa y le dio un sorbo; dijo que estaba helada. Fumamos contemplando la pared de la sala. Afuera sonó la corneta de un carro y luego un frenazo.
M. Figuera
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Relatos Sin Nombre
ContoRelatos Sin Nombre son una serie de relatos sin conexión entre si... ¿O si la tendran? Todos tratan sobre diversos temas como el amor, las relaciones, la muerte, el sexo, la lluvia, la violencia, entre otros. Si comentan significaría el mundo para...
