S22

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POV Alberto

Hace un año que estoy concentrado en mi trabajo y en olvidarme de la fama, no quiero llamar mucho la atención, pero si quiero divertirme, es decir, tengo diecinueve años quien no querría. Y no lo he hecho mal. He salido con mis amigos, ya que estando en una banda, tengo que verlos la mayoría de los días, he hecho deporte, y he hecho otras cosas con las que emplear mi tiempo.

Me siento satisfecho con eso, o tan satisfecho como puedo estar, hasta el día de mi cita a ciegas con la preciosa Marina. Aunque no tenga sentido, no puedo dejar de pensar en ella. En ella escapando de los periodistas conmigo; en ella convirtiendo la subasta de caridad en algo divertido; en sus besos, que me han excitado tanto; y en los gemidos que dejo escapar cuando la tocaba.

Por no mencionar lo de nadar semidesnudos a la luz de la luna en la primera cita.

Ha sido un agradable comienzo. Siento que, en comparación, mi vida ha sido aburrida, tan monótona como la de cualquier adolescente. Tal vez esté preparado para pasar a la siguiente etapa de mi vida, que, aunque no sé en qué consiste, espero que incluya a Marina.

He llamado al Wild Cherries, pero no me ha contestado nadie. Después he ido hasta el local y estaba cerrado.

Al parecer, hasta las chicas de playa se toman días libres. Lo cual es una pena, porque aún falta mucho para mi próxima cita.

Lo que necesito es distraerme, y por suerte, los lunes por la noche salgo a cenar fuera con Stefan, Marco y Alex. Es mi oportunidad de estar con ellos y de olvidarme del resto del mundo. Todas las semanas nos divertimos jugando, haciendo deporte y burlándonos de lo que ha dicho la prensa.

Esta noche, en cuanto Alex llegó, dejo caer las revistas People, US Weekly y algunas más sobre la mesa, donde en la portada me muestran a mí a cuestas con Marina por los jardines del Palacio de las Tres Lunas. En otra revista salimos sentados en la mesa, ajenos a la multitud que nos rodeaba, compartiendo la comida y con las cabezas lo bastante cerca para besarnos. Me sorprendo al ver la expresión de placer que tenía.

De mi gesto en la siguiente foto, donde se me ve sacando a Marina del club, sólo puedo decir que se aprecia una férrea determinación y un puro e indiscutible deseo.

—Oh no—digo llevándome las manos a la cabeza.

—Oh si—replica Stefan dejando el vaso sobre la mesa sonriendo como un loco maniático—Esa chica es algo especial, ¿Verdad? Puedes darme las gracias cuando quieras. ¿Vas a volver a verla?

—Cállate, Stefan.

Deja lo que está haciendo para mirarme con detenimiento. Marco y Alex han ido a entretenerse con algún video juego.

—Así que las fotos dicen la verdad.

— ¿La verdad? —pregunto.

—Que te gusta—sonríe.

—No sé lo que me pasa—confieso.

— ¿No? Puedes mas te vale que lo sepas antes de que llegue la próxima cita—dice colocando una mano en mi hombro.

— ¿No? Puedes mas te vale que lo sepas antes de que llegue la próxima cita—dice colocando una mano en mi hombro

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El martes, vuelvo a llamar a Marina, lo que demuestra, una vez más, hasta que punto he perdido el norte. Mientras estoy sentado esperando a que alguien me responda el teléfono, trató de hacer una lista mental de las cosas que me molestan de ella, mi estrategia habitual para no tener una segunda cita.

Pero la lista resulta ser muy corta, por no decir inexistente.

— ¿Si? —contesta con la voz entrecortada.

—Marina, soy Alberto.

Ella se queda en silencio.

—Alberto Gritti—puntualizo sintiéndome estúpido.

—Sé quién eres, Alberto, el primer chico con el que he salido a nadar a media noche.

Se me dibuja una sonrisa me gusta ser el primero, me gusta mucho.

— ¿Cómo estás? —le pregunto descubriendo que no es sólo una forma de entablar una conversación, sino que realmente quiero saber cómo esta.

—Si quieres que te diga la verdad, estoy en plena preparación de brownies y tengo la impresión de que esta vez me van a salir bien.

— ¿Por qué? ¿Sueles tener problemas con los brownies?

La escucho suspirar por el auricular del teléfono.

—Hago los mejores emparedados del mundo, te lo aseguro. Mis galletas también son fantásticas. Pero soy un verdadero desastre con los brownies. Sin embargo, estoy convencida de que hoy voy a poder superarlo.

— ¿Quieres un catador? —le pregunto.

— ¿Te refieres a...?

—Por unos brownies soy capaz de ir a China. Iré al café y los probaré—digo.

— ¡No! Quiero decir, no estoy segura de que sea una buena idea. Nunca he conseguido que me salgan bien.

—Si están malos, te prometo que no diré nada.

—Mira... Yo...—balbucea—No, no gracias, lo siento...

Se me desdibuja la sonrisa, lo ha malinterpretado todo.

—No, está bien. Lo entiendo—suspiro.

—Es que la otra noche fue tan... tan...

—"Tan" es una buena manera de definirlo—rio.

—Supongo que estaba esperando verte el sábado y darme cuenta de que no eras tan divertido como pensaba—dice.

De repente me siento increíblemente bien.

—Suerte con los brownies, Marina.

—Los brownies...

Se oye un ruido extraño dándome cuenta de que Marina se ha apartado del teléfono, cuando vuelve la siento molesta.

—Tengo que llamar para que me arreglen este horno. El maldito termostato está roto, y se ha quemado todo.

— ¿Así que ahora es culpa del horno?

— ¿Qué? ¿Quieres que diga que se me ha quemado porque me has distraído? Llevas varios días distrayéndome. Aléjate, Alberto. Y mantente fuera de mi cabeza hasta el sábado. Por favor—suplica.

—Lo hare si tu lo haces—digo.

— ¿Tienes el mismo problema? —pregunta.

Ella suena más preocupada que divertida y yo paso de sentirme complacido a otras emociones que no quiero examinar.

SeducemeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora