Capítulo 4

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Corre

Mi mente parece tener muy en claro lo que hay que hacer. Pero la cosa no es tan fácil. Si el dueño del lugar en el que me metí a escondidas durante unos diez meses está por encontrarme con las manos en la masa, no es tan fácil como correr. Porque el pasillo es el único modo de salir y él está ahí. Así que solo cuento con una cosa: el elemento sorpresa.

Él no sabe lo que pienso hacer, así que cuando llegue acá puedo huir sin que me atrapen.

Siguiendo con esa idea en mente, me pongo al lado de la puerta que conecta a la habitación con el pasillo para poder salir en el momento en el que él entre a la habitación.

La adrenalina corre por mis venas y puedo sentir a los malditos recuerdos de cada momento en el que me sentí tan atrapada como ahora. No sé si el miedo que siento ahora es de esta situación o en realidad es un reflejo del pasado.

—Quien sea que este ahí, le aviso que tengo un arma y cero miedos de usarla— el hombre suena muy seguro, pero no sabe que realmente ya ni me asustan las armas. No son realmente algo que pueda herirme tanto como ya lo han hecho otras cosas. Sé que debería temer al hecho de que pueda matarme, pero eso no es lo peor que podría pasarme ni va a ser lo peor que me haya pasado.

Puedo escuchar sus pasos cada vez más cerca y me preparo para salir huyendo del lugar. Tengo la opción de salir corriendo o de usar el skate. Por un lado, si uso el skate me arriesgo a no poder frenar a tiempo y golpearme con la puerta de salida. Por el otro, correr es mucho más lento que andar sobre ruedas.

Sin tener tiempo para poder pensar realmente los pros y los contras de cada una de las opciones, la puerta se abre de golpe, dejando a la vista al dueño del lugar. No sabía que el maldito era tan musculoso, parece un puto leñador. Ahora no es solo miedo lo que llena mi pecho, sino que terror.

Así que dejo que la adrenalina se apodere, el miedo y el terror no servirían de nada. Eso tuve que aprenderlo a las malas.

Y tan impulsa como puedo ser, dejo rodando la patineta hacia la salida y me subo a ella, impulsándome con el pie derecho. Voy lo más veloz que puedo y aun así escucho al maldito acercarse.

Abro la puerta de salida a la que pensé que no llegaría y aún sobre la patineta, voy rodando calle abajo. No tengo idea de a dónde voy, pero cuanto más lejos del grandote, mejor.

A decir verdad, no tengo ningún lugar al que ir. Es decir, tengo la casa de tránsito, pero no quiero ir ahí. A veces fingir por tanto tiempo ser la fuerte es atrofiante. Es como si no pudiera ser yo misma estando ahí.

Adoro a los niños y ya me he vuelto como una hermana mayor con ellos, me sale el instinto de protegerlos, aunque no creo sentirme realmente vinculada con ellos. Sé que no me gustaría dejarlos atrás, pero en este punto ya no estoy segura si es porque me ayudan a esconder que me encuentro peor de lo que aparento o porque me necesiten en serio. Supongo que si desaparezco de sus vidas no habría mucha diferencia.

Podría hacer que todo esto se terminara tan rápido. Podría sacarme este peso del pecho tan fácilmente. Y quiero hacerlo con tantas ganas. Pero soy una cobarde. No me atrevo a terminar con mi vida.

Estuve tantas veces cerca de la muerta que ya no quiero volver a tenerla como compañera.

A falta de opciones, me decanto por volver a la casa. Sobre todo, porque ya estoy en el camino allí y no tengo que dar la vuelta para ir.

No voy a poder volver al estudio. No voy a poder volver a tocar. Es como si la vida se dedicara a sacarme las pequeñas luces que me quedan prendidas y que alumbran mi inútil existencia.

Pero por alguna razón, lo único que puedo sentir es un vacío en el pecho. Como si cada cosa que pasa me dejara más hueca, más rota.

De a poco, me acerco más a mi prisión personal. Ahora voy a tener que aguantar a una Nora enojada. Sabrá Dios lo que esa mujer piensa. Sus castigos cambian tanto que no puedo ni siquiera adivinar cuál va a ser el siguiente.

Tres días sin comida, dos semanas de limpiar todo el lugar sola, una semana fuera de la casa, dos meses sin dinero alguno. La lista sigue y sigue. Cada semana es algo diferente. A veces se aburre tanto que, en vez de cuidarnos, nos castiga por cosas sin sentido. Esa mujer está completamente loca.

No toco la puerta al entrar porque Nora no cree que sea importante cerrar con llave, y con ese estúpido pensamiento deja abierto. Ahora, si hablamos de su cuarto, que ocupa todo el segundo piso, lugar al que nunca tuve permitido ir y todos los niños creamos historias sobre lo que tiene ahí, ese sí que lo cierra con llave. No vaya a ser que le roben sus malditas joyas de mala calidad a la vieja.

—Por fin regresas. Tenemos que hablar— y con esas palabras me reciben. Que linda bienvenida, gracias por preocuparse.

—¿Qué pasa, Nora?— le pregunto algo cabreada.

—Hoy vinieron unos chicos interesados en adoptar— responde sonriendo. Oh no, esa sonrisa no promete nada bueno.

—¿Y eso qué, Nora?— digo cansada. No sé qué espera de mí con esta conversación. No vaya a ser que necesite mi permiso para que adopten a alguien. No soy quién para decidir eso.

—Decidieron adoptarte a ti— contesta orgullosa de su "logro".

—Nora, tengo diecisiete años, nadie va a adoptarme a este punto. Así que guárdate tus chistes para otro día, ¿sí?

—No es ningún chiste ni mentira— jura la desgraciada—. Empaca tus cosas porque mañana te vas con ellos.

Con eso sale de la sala y sube las escaleras a su parte de la casa. Ya quisiera ella que me adoptaran. Vieja gruñona.

Un gran estornudo se me escapa, creo que me estoy enfermando. Que mal. Me parece que me merezco dormir por lo menos para intentar recuperarme.

Soledad entre la multitudDonde viven las historias. Descúbrelo ahora