Los gritos de cada una de las voces me ponen los pelos de punta. Una encima de la otra, entiendo a todas y al mismo tiempo, a ninguna. "Eres un asco", "deberías morirte", "no confíes en ellos".
—Por favor, ya no puedo más— gritar a la nada es inútil, pero siento que si no lo hago, voy a explotar. Correr también es inútil, pero eso tampoco me impide hacerlo. El escenario en el que me encuentro cambia rápidamente y me encuentro en esa habitación que por tantos años fue mi propia cárcel, mi propio infierno.
—Te dije que no ibas a poder escapar de mí— me susurra al oído. Lo único que quiero hacer es llorar. Ya no aguanto seguir así.
—¡Muérete!— le siseo con ira, con desesperación.
—Becca, ya llegamos— una voz interrumpe mi línea de pensamiento. Nada tiene sentido.
—Realmente pensaste que esta vez podría ser diferente— su risa inunda el lugar. No entiendo a qué se refiere—. Esos que te se decidieron a adoptarte van a darse cuenta del asco que eres.
—Mátame— ahora ya no hay ira, solo dolor.
—Eso ya es algo que me gusta más— susurra—, pero mejor voy dejarlo a él que lo haga.
Mi padre entra con una gran sonrisa por la puerta. En su mano está esa maldita arma. Odio tanto esa arma.
—¿Qué pasa, princesa?, ¿no quieres morir del mismo modo que lo hizo la perra de tu madre?
—¡Callate!
—Becca, hay que despertarse— esa voz devuelta. ¿Qué quiere?
—Estoy seguro de que le darías asco. ¡Puta!— mi padre, el hombre que debería amarme sin importar nada.
—Déjame— le grito.
—¡Puta!
—Becca, es solo un sueño. Becca —la voz consigue su objetivo y me despierta. Podría matarme y dejar que me pudra en el infierno, pero no. La maldita voz prefiere despertarme y dejarme viva en mi infierno personal.
Abatida, abro los ojos y me encuentro frente a mí los ojos de mi madre. ¡¿Qué?! Mi madre está muerta, hace años de eso. ¿Estoy muerta también?
Sin embargo, miro con un poco de atención y me retracto de mis pensamientos. Esos ojos no son de mi madre, los de ella eran mucho menos felices. Esa mujer podía aparentar una sonrisa todo el día, pero sus ojos eran la puerta abierta a su alma. Ella fingía la felicidad y se le notaba en la mirada. Ella tenía mirada de guerrero, estaba todo el tiempo en una guerra de batalla. Lástima que al final la guerra le ganó.
Alex es el dueño de la maldita voz y sus ojos son iguales a los de ella. Lo odio, no necesito conocerlo para saberlo. Tiene ese brillo en su mirada que probablemente le atrae a muchas personas, pero a mí me repudia. Ella no tenía ese brillo en sus ojos miel.
—¿Qué quieres? —le suelto enfadada. Su sonrisa decae un poco pero vuelve a crearla sin problemas. Es como cuando algo te lastima pero no quieres dejar que eso te dañe tu felicidad.
—Ya llegamos a casa —responde feliz.
Deben de haber sido unas seis horas de viaje, contando el contratiempo en la carretera. Esto me hace dudar aún más de su explicación a mi adopción. No puede ser que la primera chica que cumpliera con las características necesarias para su maldita tradición fuera yo.
Sin decir nada más, estiro los brazos en el reducido espacio del asiento trasero. Agarro mis cosas y salgo del todoterreno, casi me llevo puesto a Alex, pero, por desgracia, reacciona a tiempo y se aparta de mi puerta.
ESTÁS LEYENDO
Soledad entre la multitud
Teen FictionEscapando de un pasado que insiste en regresar, Rebecca vive una vida en la que no se siente bienvenida. Las cosas no le han salido bien y su suerte no ha aumentado con el paso de los años. Desde la muerte de sus padres hasta un secreto desgarrador...
