Capítulo 29

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Pasar toda una tarde con los chicos no se compara a estar en un auto en un viaje de horas con estos orangutanes. En este punto no creo que sea posible volver a verlos de la misma manera luego de haber escuchado cantar a la mayoría de ellos. No pensé que fuera posible que se pudiera gritar tanto al cantar y desafinar de tal manera. 

Debo admitir que fue gracioso. Ver a Stephan tratando de alcanzar la nota necesaria para acompañar a la mujer que cantaba en la radio fue el mejor momento. 

Es gracioso escucharlos rogar para que los acompañe en sus desafinadas melodías. Pero por más que deseen que cante con ellos, eso no va a pasar. La música es algo que siempre fue especial para mí. No me gusta que la gente me escuche haciendo cualquier tipo de música. 

Demasiadas críticas tuve a lo largo de mi vida como para escuchar a  alguien más quejarse por mi pasión. 

Cuando era una niña, mi madre se encargaba de cantar conmigo siempre que pudiera y los días buenos que teníamos en mi casa estaban siempre acompañados del canto de mi padre. No hay ningún momento en mi memoria donde la música haya estado en mi contra. Siempre ha sido mi más cercana aliada. 

—¡Llegamos!— grita emocionado Alex desde la parte trasera del auto, haciendo que Kyle ruede los ojos y lo mire a través del espejo retrovisor. Yo solo me reí ante lo infantil del morocho.

Pueden llegar a ser muy divertidos si te dejas fluir en las locuras que tienen. Puede ser que en el último tiempo haya estado dejándome fluir demasiado seguido. A veces es hasta relajante saber que dejarse fluir es algo que puedo hacer estando con ellos alrededor. Desde niña que me he tenido que cuidar sola, que encargar de que el resto se encuentre bien. Ahora parece justo que seis chicos desconocidos que aparecieron en mi vida sin aviso se encarguen de ayudarme con las cargas de la vida. 

—¡Dale, dale, dale!— Alex parece un niño pequeño que está afuera de la juguetearía que aún no puede entrar en ella. Así que nos apura a todos para salir del auto y abrir la cajuela de este para poder agarrar el equipaje que cada quien preparó para pasar el fin de semana en la casa de verano. 

Alex sale corriendo con su bolso y termina por caerse cuando está por llegar a la puerta. A algunos se les escapa una carcajada y otros tan solo lo ignoran. Esto debe ser algo a lo que los Panteras están acostumbrados. 

—¿Por qué está tan emocionado?— pregunto a los chicos mientras todos nos encargamos de agarrar nuestras cosas pacíficamente e ir entrando en la enorme y preciosa casa. 

—O se está cagando o quiere ir al mar. Le encanta la playa de la casa— comenta Adam. 

—¿Tiene una playa?— cuestiono consternada. ¿Qué clase de lugar es este?

—Es increíble lo que los ricos pueden llegar a hacer— me responde Jordan.

—Realmente increíble— susurro observando la casa que está frente a nosotros. 

Es enorme, llena de ventanas y de color blanco. Por alguna razón con solo verla se puede sentir que uno se encuentra de vacaciones. La misma fachada del lugar da ese aire a extravagancia y relajación. Y cuando entramos el lugar se vuelve mágico. Las ventanas de la sala tienen vista al océano en donde se puede ver el cielo despejado y las hermosas olas que golpean contra la orilla de la playa que está básicamente en el jardín de la casa. Los muebles están echos para pasar todo el día en ellos, relajándose. Hasta los cuadros de las paredes dan al ambiente tranquilidad. 

Y todo es maravilloso hasta que Alex pasa corriendo en frente nuestro con una toalla en mano y el traje de baño puesto. Sin siquiera mirarnos o decir una palabra, sale por una de las ventanas corredizas que sirven como puertas a la playa y va directo a meterse al agua. Cuando se sumergió completamente en el agua levantó la cabeza buscándonos con la mirada y nos indicó que fuéramos con él. 

Soledad entre la multitudDonde viven las historias. Descúbrelo ahora