La arena entre los dedos de mis pies se ha vuelto una sensación que no quiero dejar ir nunca más. El ruido de las olas es perfecto para ser acompañado por las risas de mis acompañantes y la mía. ¿Cómo puede ser que pueda sentirme tan mal a veces cuando hay momentos donde todo parece desaparecer y logro sentirme así?
No me entiendo para nada y, la verdad, ni siquiera me preocupa en este momento.
Ver el atardecer mientras juego con la arena con mis manos y mis pies tocan el agua del mar, es un sueño que nunca pensé que tenía.
Siempre supuse que iba a morir antes de que nada como esto pudiera pasarme, así que es una gran sorpresa vivir esto.
—¿Qué pasa, pequeña?— me pregunta Jordan sentándose junto a mí en la arena.
—Se siente lindo— le confieso. Creo que últimamente es más fácil hablar de estas cosas con los chicos. Jordan se está volviendo un grandioso consejero y ayudante emocional.
—¿Qué cosa?— cuestiona mirando al horizonte.
—Poder sentir algo agradable al fin— digo y desvío mi mirada sin querer. Mi vista se queda en donde Alex, Adam y Kyle están jugando con una pelota.
En el pelo rubio de Kyle se refleja el sol y sus ojos deben de tener una hermosa tonalidad con esta luz. Su abdomen está un poco marcado, pero se nota que no se mata en el gimnasio. Es bastante lindo.
"¿Qué estás pensando, Rebecca? Deja las estupideces, él no se fijaría en alguien tan rota como tú lo estás. Condenada a morir en soledad, ese es tu destino, perra."
Vuelvo a mirar al atardecer y quito cualquier pensamiento que tenga sobre el tema. Es imposible que nada pasará, además de que no creo ser lo suficientemente capaz como para mantener una relación con nadie. Es claro que mi familia está destinada a las relaciones que terminan hiriendo a todos. Muchas llevaron a la muerte de varios y la desgracia de muchos.
—Kyle es guapo, ¿no?— Jordan me mira y yo no me atrevo a devolverle la mirada.
—Supongo— le digo levantando los hombros en señal de indiferencia.
—No voy a ser el que se encargue de esto a menos que así lo quieras, pero creo que deberías de hablarlo con alguien. Contar las cosas puede servir— me da esa lección como un maestro de filosofía le daría a un alumno travieso y decido no responder. No hay nada de qué hablar.
Él se va y me vuelve a dejar sola en la arena junto a las olas del mar.
Cada uno de los chicos se está encargando de sus propios asuntos. Aprovechando los últimos rayos del sol, juegan con diferentes cosas en el exterior y yo solo termino por acostarme en la arena.
Si cierro los ojos y escucho a mi alrededor con atención puedo hasta afirmar que me encuentro en el paraíso.
Una pequeña nana que mi madre solía cantarme se aparece en mis pensamientos y una pequeña sonrisa junto a una lágrima se me escapa. Ella estaría tan feliz aquí, ella podría disfrutar de tantas cosas si estuviera viva. Podríamos haber disfrutado tantas cosas todos juntos.
Mi padre haciendo la comida para ese día, mi madre bailando conmigo y puede que hasta un hermano estuviera con nosotros.
Esa idea es tan conmovedora que por un segundo me la creo. Por un segundo, me imagino lo que sería tener una familia, pertenecer a alguien. Me hubiera encantado poder decir lo que estoy pensando que se siente es la realidad, pero no podría decirlo. Ya ni siquiera recuerdo lo que se siente la familia.
Me levanto del suelo y sacudo la arena de mi cuerpo, pero eso no es suficiente. Voy a tener que bañarme para sacarme todo esto de encima. Sin avisarle a ninguno de los chicos para no interferir en sus actividades vuelvo adentro de la casa.
Sin hacer ruido entro en la casa y escucho a Alex hablando e intento no prestar atención pero es imposible no hacerlo.
—No, no puedo decirle todavía, no sería justo para ella. No quiere una familia— dice Alex al teléfono con voz sería—. No, no. No, mamá, no puedo aparecer con una noticia así como así. Ya pasó suficiente con la vida de mierda que tuvo.
El silencio se hace en la sala y espero pacientemente a que la persona del otro lado de la línea termine de hablar para escuchar la respuesta de Alex.
—Rebecca, ma. Se llama Rebecca—el silencio vuelve a aparecer pero creo que hasta las personas en Jamaica pueden oír mi corazón latir ¿qué tengo que ver yo con su madre?—. Ya sé que no puedo ocultarlo para siempre. Por algo estuve buscándola todos estos años y ahora que por fin está aquí puedo perderla solo por decirle la verdad. No suena correcto.
Él se aleja hacia la cocina y yo aprovecho para irme al pasillo de las habitaciones después de escuchar.
—¡No puedo decirle la verdad, mamá!
¿Qué están ocultándome?
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Soledad entre la multitud
Teen FictionEscapando de un pasado que insiste en regresar, Rebecca vive una vida en la que no se siente bienvenida. Las cosas no le han salido bien y su suerte no ha aumentado con el paso de los años. Desde la muerte de sus padres hasta un secreto desgarrador...
