Nota de la autora: La historia de la historia

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Esta novela me tomó aproximadamente dos años en terminarla, y editarla.

Comenzó como la idea de unos hermanos. Era lo único que mi mente visualizaba, y a mí, me encantaba.

Primero pensé en hacerla de vampiros, pues recientemente había destrozado un fanfiction de estos chupasangre, en medio de una crisis, y ya que me había agradado, pensé en hacer una historia completamente mía.

Sin embargo, el tiempo de los vampiros había expirado en mi imaginación de entonces catorce años.

Entonces pensé: "¡Caray! Siempre escribo fantasía, misterio y ciencia ficción... ¿Por qué no puedo escribir algo de recuentos de vida? ¿Por qué no puedo ser «normal»?". En ese sentido, intenté "hacer una historia normal y bonita". Cogí una libreta con hojas azules que le había robado a mi papá (ya no lo hago, ya no le robo, libretas ni plumas bonitas... Porque simplemente ya tengo todas...), y comencé a escribir.

Capítulo uno. Todo bien: Adam es genial, ¡uy! Ya apareció Yannick, y, ¡oh! Por esa puerta viene entrando Wayre, directo desde Inglaterra, sí señores. Leticia está feliz con las visitas, mientras coge la mano del pequeño Paul (así es, los hermanos Collins tenían un hermano menor muy simpático... Que simplemente estaba de relleno y, bueno... Descanse en paz el buen Paul de cuatro años). Cristina, quien en ese borrador se llamaba Christine Hall, estaba totalmente incómoda por la presencia de Wayre, porque, venga: Nuestra querida Crist es una penosa de primera, aceptémoslo.

De la nada, capítulo dos. Vas bien, Lun, solo no metas nada turbio, sobrenatural o que tenga que ver con una distopía y todo va a estar bien, todo va a estar muy... Bien.

¿Pero qué hiciste? ¿Por qué ahora resulta que el padre de Cristina está muerto? ¿Qué te hizo el pobre hombre? ¿Acaso no tienes corazón?

Respuesta: Acabo de matarlo, esto estaba muy aburrido. ¡Al menos necesito algo de misterio, drama, lo que sea! ¿Que qué me hizo el pobre hombre? Nada, me cae bien, solo fue para aumentar la tensión. ¿Que no tengo corazón? No, no tengo (spoiler: sigo sin tenerlo).

De acuerdo, de acuerdo. Hay que admitir que la cosa ya se estaba poniendo buena. El problema era que no tenía nada planeado si metía un asesinato de alguien cercano a la protagonista. Así que me quedé de: ¿Y ahora qué? Me gustaban los personajes. Pero no tenía historia. Gran problema que resolvería más adelante, mientras comprabamos en un mercado.

Bien, bien, Lun. ¿Y si lo hacemos de unas criaturas que deben ser cazadas porque no deben estar en este mundo? Suena bien, me dije. En ese entonces, no pensé en demonios. No. Simplemente en unas criaturas mágicas malvadas. ¿Recuerdan lo del mercado? Bueno, pues se me ocurrió en un mal momento. Solo diré que, con eso en mente, me puse a escribir mientras los vendedores despachaban. Mi madre se enojó porque no la ayudaba, pero hasta la fecha, creo que valió la pena. Perdón, mamá. ¡No, con la chancla no!

De nuevo, a reescribir todo. Entonces, avanzaba rápidamente, cual jugador experimentado con el balón, hasta que... ¡Saz! "Todo esto está muy bien, todo muy mágico y cool, pero... ¿Cuál va a ser realmente el problema?", pensé. Porque, a como yo imaginaba ciertas escenas, no visualizaba que el problema principal fuera en sí la presencia de las criaturas, sino algo más, algo incluso más profundo que mi estómago sin fondo.

Idea de las criaturas mágicas malvadas, descartada.

"¿Y ahora qué?", me pregunté. Porque, quería que esos personajes tuvieran una historia, quería que cobrarán consiencia, que hablarán, que interactuaran, que fueran como Pinocho al final de su cuento. Reales.

Pasaron algunos días. Y de nuevo, se me ocurrió algo. Pero esta vez, era algo distinto a todo lo fantasioso. Simplemente, me había llegado la idea de una mafia. Una mafia disfrazada de empresa de seguridad. Eso se podía relacionar con la muerte del padre de Cristina. Adivinen dónde se me ocurrió esa idea... Bueno, al parecer, mercar es una buena manera de tener ideas. Obtuve otro regaño de mi mamá por no prestar atención, pero sigo creyendo que valió la pena el descuido. Además, solo me estafaron dos pesos. Nada grave (y, hey, al menos ya había vivido en carne propia la estafa, perfecto para ponerlo en mi novela).

Las cosas fluyeron hasta el capítulo cinco. Además, me gustaba escribir en esa libreta negra, era muy bonita. Rayada, estilo agenda, con un resorte de separador... Simplemente maravillosa. Sin embargo, de pronto, topé con pared. No había planificado del todo la historia. Si bien, tenía ciertas visiones de algunas escenas, no era suficiente. Pensé que un resumen de la historia estaría bien. Es decir, tener un camino por seguir. Debo decir que, sin esa idea, me habría tomado mucho más tiempo y esfuerzo conseguir terminar la obra. Para mi gratitud, me había gustado bastante el cómo pintaba el resumen.

Volví a sentarme a escribir... Pero entonces, me di cuenta de que había algo que simplemente no me gustaba, que no encajaba conmigo. No me sentía libre escribiendo esa historia. El paisaje era demasiado gris, desconocido, industrial, y viéndolo en retrospectiva, hasta tonto.

Pasaron las semanas. Entonces, en una noche de verano, previo a que mis abuelos y mi primo se asentaran en casa durante las vacaciones de mitad de año (para ese entonces tenía catorce años), tomé una nueva libreta hurtada, color morado, con una pluma que hacía juego con ella y... Solo salió. El primer capítulo, tan diferente a todo lo que había escrito, y a la vez, sintiéndolo tan mío, me hicieron querer seguir.

Tenía el firme propósito de terminar la novela. No niego que hubo veces en las que la odié, en las que mi mano se sentía como petrificada, y mi cerebro como si le hubiesen metido un bloque de cemento, duro, seco, sin imaginación. No niego que hubo veces en las que quise dejar la novela, en las que sentía que ya no podía más. Estuve sumergida en el mundo de los demonios durante un año y medio. Pudo ser menos, pero en mi vida personal, las cosas habían dado un giro inesperado y muchas cosas estaban cambiando. Ni yo misma me podía creer la idea de que, un diecinueve de diciembre de 2019, había, por fin, culminado la novela. Simplemente, me sentía feliz, en paz.

No supe nada de ella hasta que llegó marzo del 2020, y con ello, la cuarentena. Mi padre se había enterado de que había terminado la novela, y me impulsó a pasarla a computadora. Es decir, realmente terminarla.

Fue un trabajo difícil, sobre todo porque descubrí que lo mío es más crear que editar, pero esos seis meses de edición constante (ya la he editado tres o cuatro veces), valieron la pena. Cada distracción mientras compraba. Cada palabra escrita. Cada movimiento de la mano. Cada rasgueo de la pluma. Cada intento de terminarla. Cada vez que me sentaba a pasar el borrador a computadora. Cada día que me senté a editar la obra durante esos seis meses. Cada vez que publicaba un capítulo en Wattpad. Cada cosa, valió la pena.

Si bien, el trabajo lo di por terminado desde septiembre de 2020, recientemente me di cuenta de que, me faltaba esto. Esto, y algo más, por ahora, en suspenso.

Si llegaron hasta este punto, quiero expresarles mi gratitud por su tiempo. Y sobre todo, por leer "La historia de la historia".




Sombras Traicioneras | COMPLETADonde viven las historias. Descúbrelo ahora