Rehenes

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Dentro de la guantera, nos aguardaba la nada. Literalmente. No había ni el más pequeño objeto dentro de esta. Fue lo que pasó después lo que cambió todo.

Justo después de que se abriera, las puertas del coche se cerraron por sí solas, con seguro. Forcé los seguros a abrirse, pero sólo logré que la alarma del carro se disparara. Di un respingo ante el atronador sonido. Bloqueé el paso del ruido a mis oídos, mientras que con una mano trataba de salir de ahí.

La cara de Wayre se asomó por la ventana derecha. Trataba de ayudarme a salir. Max llegó y le dijo algo al de ojos azules. Luego, ambos lucharon para abrir las inaccesibles puertas. Vi de reojo que algo se movía. Me volví hacia donde estaba el movimiento, y descubrí que algo negro y viscoso se deslizaba por las paredes y ventanas del auto. Decidí que era hora de romper el vidrio, dándole una patada (algo estúpido, ahora que lo pienso, pues la cochina camioneta estaba blindada de pe a pa). Sin embargo, cuando intenté mover mi pierna, descubrí que estaba atascada con el líquido negro. La otra pierna igual. Busqué por todos lados algo que me ayudara a salir. Y de pronto miré el parabrisas. Una mínima parte no había sido cubierta por ese líquido. Vi a Maggie. Vi una bala. Vi como alcanzaba su cabeza. Vi como se desplomaba. Vi como la maldita materia espesa cubría mi visión.

<< ¡Carajo!>>

El líquido empezó a caer del techo con gran rapidez, cual ángel expulsado del paraíso.

— ¡Ayuda! ¡Ayuda! —grité, pero había dos detalles. La alarma ahogaba mis gritos. Y posiblemente ya no había oídos que me escucharan. Podrían estar todos muertos.

El líquido ya me llegaba al estómago, anulando el uso de mis manos. Luché por sacarlas, pero todo fue en vano. El líquido subía. Me estancaba. Me inhabilitaba. Algo muy raro estaba ocurriendo. Algo que, de algún modo, supe que tenía que ver con los demonios.

Estaba frenética. El líquido estaba a punto de tocar mis labios, cuando... De la nada, la puerta izquierda se abrió, y la alarma se detuvo. El ambiente se tornó silencioso. Creí ver la silueta de un ángel, cuando en realidad, era la de un demonio. Era la de Adam.

Mi cerebro hizo corto circuito con la lengua, y sólo atiné a hacer un sonido ronco.

—Pareces feliz de vernos. —dijo con un tono tan oscuro que únicamente podía ser comparado con su alma.

<< ¿Vernos?>>. Apenas pensé eso, demonios, miles de ellos, aterrizaron, y asomaron sus cabezas y cuerpos para verme.

—Hola, Cristina, quiero decir... Traidora. —dijo una voz, una voz que conocía a la perfección. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Izumi.

La multitud empezó a apartarse, dándole paso libre a alguien. Cuando llegó al frente, quedé totalmente confundida. Era Dan. Pero su voz... Era la del jefe de los demonios... Entonces lo capté. Dan... Había sido poseído.

—Tiempo sin vernos, señorita Cristina. ¡Oh! —dramatizó. —Me disculpo. Qué descortés de mi parte. —dijo y con un chasquido de dedos, el cuerpo de Dan empezó a dar vueltas, como si fuera un trapo exprimiéndose, y de su boca salió un polvo negro. Luego, el cuerpo del chico cayó al suelo, arrugado, y el polvo negro comenzó a aglomerarse y a ordenarse hasta que la figura de Izumi quedó bien formada.

Acto seguido, dijo algo en latín, y me liberó de la "arena movediza". Una vez con las manos libres, no lo dudé dos veces: Lancé esferas de fuego, tratando de dañar a alguno de ellos, quien fuera. Sin embargo, mis defensas fueron reprimidas por dos esposas medievales, las cuales cubrían por completo e incómodamente mis manos. Inhabilitaban mis poderes.

—Vaya, creí que nos entenderíamos. Parece que tendré que llevarla como prisionera. Lástima. —dijo de nuevo, usando otra vez esa dramatizada voz que tanto aborrecía.

— ¡No me vas a llevar a ninguna parte! —le reclamé. — ¡No me vas a obligar a nada! ¿Oíste Izumi?

Izumi me miró fijamente. Esperé de todo menos una puta carcajada. Me crispé. ¿Qué le resultaba tan gracioso a ese viejo cabrón?

— ¿Ni siquiera con esto?

La multitud de nuevo empezó a abrirle paso a algo. Y cuando llegaron frente a mí, mi reacción no pudo ser más obvia. Abrí los ojos de par en par, y mi boca se quedó abierta un instante. No, no, no, no. No podía estar pasando.

Dos fornidos demonios llevaban cargando a rastras a Max y a Wayre. Ambos estaban inconscientes. De la sien de Wayre caía una gota de sangre.

— ¿Qué mierda les hiciste?

—Nada grave. Solo los dejamos inconscientes por un rato. Cuando despierten, no sabrán qué pasó. Alteraremos sus recuerdos. No sabrán nada de este ataque. Despertarán en lugares seguros. Claro, a menos que...

— ¿A menos qué?

—A menos que no colabore con nosotros.

Lo miré con odio. Me devolvió una asquerosa sonrisa de suficiencia.

— ¿Qué es lo que quieres? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara.

— ¡Bien! ¡Está dispuesta a colaborar! —exclamó burlonamente.

— ¿Qué es lo que quieres? —repetí, ignorando su comentario.

—Es algo simple, a decir verdad. Quiero que escuche mi historia... Y que al final me haga un favor. Es decir, un favor a todos nosotros.

—Te escucho.

— ¡Qué impaciente, muchacha! No aquí. Vamos a mis oficinas.

Se llevaron a Wayre y a Max a quien sabe dónde, quien sabe cómo, y a mí me subieron al auto. Y antes de dejar los montes atrás, contemplé los cuerpos inertes y llenos de sangre de Maggie, Dan, y los mellizos.  

Sombras Traicioneras | COMPLETADonde viven las historias. Descúbrelo ahora