Esperanza

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Llamé a Max. Me contestó de inmediato. Ni siquiera esperé a que hablara, tomé acción de la palabra de inmediato.

—Ya no lo soporto más. Necesito trabajar para la OLFD.

Hubo un instante de silencio antes de que su voz sonara.

—Crist, ¿estás bien? Te escuchas mal. ¿Qué pasó? —preguntó.

Tragué saliva y pestañeé, ahuyentando las lágrimas.

—Solo... Quiero...

— ¿Sabes qué? Olvídalo. Quédate ahí. Voy para allá. Te oyes mal.

—Max, no. Tú trabajo...

—Me vale.

Y colgó.

Volví a llamarlo un par de veces, pero no me cogió el teléfono. Aventé el celular y me senté en el suelo, esperándolo. Mientras tanto, traté de no pensar en todo lo que estaba pasando, en lo que estaba por pasar, ni en lo que estaba sintiendo en mis venas, en cómo ardía en mi propia carne.

De pronto, escuché que alguien tocaba el vidrio de la tienda. Me volví, mientras con los labios separados inhalaba para recoger las piezas rotas de valor y coraje que quedaban en mi interior. Max estaba ahí. Wayre y sus vistosos ojos también. Me hicieron un ademán de que iban a entrar, y no se los negué, así que no se detuvieron.

La campanilla de la tienda sonó. Luego sus pasos resonaron por el establecimiento, y de pronto se detuvieron. Max se agachó frente a mí y me posó una mano en el hombro. Acto seguido, me abrazó, provocando que mis sentimientos a flor de piel salieran finalmente en forma de lágrimas. Sollocé en su hombro, mientras apretaba los dientes. Wayre se acercó a nosotros, y nos rodeó con los brazos. Alguno de los dos me acariciaba el cabello.

—Sh... —decía Wayre. —Está bien Crist, sácalo, todo lo que has pasado ha sido muy duro.

—Yo... Yo la maté.

— ¿De quién hablas? —cuestionó Max mientras me soltaba, sólo para verme a los ojos. Wayre imitó a mi hermano.

Entonces les confesé lo que había sucedido con Giovanna, y les conté que hacía un rato sus padres habían venido para pedir un arreglo floral para su funeral. Wayre quedó un poco atónito, pero no dijo nada, mientras que Max me dijo que no la ubicaba. Me dijeron que no había sido del todo mi culpa. Sino de Izumi. Por meterme en una batalla, una batalla en la cual, yo no había dado mi consentimiento para entrar.

De nuevo nos volvimos a abrazar. Y una palabra concisa y hermosa se formó en mi mente: Familia.

—Anda, vamos a la OLFD. —dijo Wayre, ayudando a levantarme.

Cerré el local, y me metí la llave en la bolsa trasera de mis pantalones. Los tres nos pasamos las manos por los hombros, y caminamos aproximadamente dos kilómetros a nuestro destino. Mientras tanto, ambos trataban de animarme, haciendo bromas y molestándome amistosamente. Agradecí su esfuerzo. Me hacía pensar que al menos toda esa mierda había valido la pena.

Después de unos 20 minutos, llegamos frente a la estación de policías, pero me dijeron que debíamos meternos por la puerta para empleados, la misma por la que un día, unas horas antes de que me enterara de la muerte de mi padre, había entrado con Wayre a entregar unos papeles. Unos policías se nos quedaron viendo cuando entramos, especialmente a mí, pues no llevaba el uniforme de la OLFD, la típica gabardina.

— ¿A qué viene, señorita? —cuestionó uno de ellos, mirándome de arriba abajo.

—No hay de qué preocuparse, viene con nosotros. —respondió Wayre con tono negociador.

—No es a ti a quien le pregunté y ni siquiera esa fue la pregunta.

—Mira —dijo—, no sé si no estamos en la misma sintonía, pero somos un rango mucho mayor al tuyo. Así que aceptas mi respuesta o te quedas sin una, ¿comprendes?

—Sí, hijo, comprendo. Pero el jefe no. —hizo una pausa. —Ni este botón. —dijo, e inmediatamente presionó un botón rojo que estaba ubicado en la pared a su lado. De inmediato, una luz roja y parpadeante, seguida de una sirena atronadora, inundaron el lugar.

Los tres nos tapamos los oídos. Luego, Wayre miró al guardia y le gritó en medio del caos algo inaudible. Mientras tanto, Max y yo miramos las escaleras. Mierda. El lugar se infestó cual plaga de hombres y mujeres forrados con gabardinas negras y máscaras blancas en menos de un minuto. Nos rodeaban. Sin querer me empecé a transformar, delatando mi verdadera naturaleza: La de un demonio. Un hombre de complexión delgada y de pelo abundante en canas fue el último en descender, y tuvo la decencia de gritar:

— ¡Apaguen esa alarma!

Acto seguido, alguien le hizo caso, y la alarma desapareció. La sustituyó un tenso silencio.

—Jefe.

—Wayre. Max. ¿Qué hacen acompañados de un demonio? —cuestionó el hombre con la voz ahogada por la máscara, mientras se posicionaba frente a los tres.

—Ella es mi hermana, Cristina. Ella...

—No, deja que ella me explique qué hace aquí.

Suspiré, me aclaré la garganta, y estuve consciente de que todo el mundo me observaba debajo de sus máscaras.

—Quiero trabajar con ustedes. Necesito eliminar a Izumi y a los demás demonios. Incluyéndome a mí, si es necesario, señor.

— ¿Necesitas? —dudó.

—En efecto. Yo... Fui transformada sin mi consentimiento. Estuve un tiempo en el grupo, pero después de ver y ser partícipe de todo ese daño, todo ese caos, esas muertes... No... No me pareció correcto y me largué. Pero no puedo dejar las cosas simplemente así. No puedo hacerme la indiferente ante todo esto. Quiero unirme a su causa. Quiero pelear junto a ustedes... ¡Izumi debe morir!

Se formó un nudo en mi garganta, acompañado de un silencio expectante. Varios de los agentes se miraron entre sí. Luego, el hombre parado frente a nosotros, tiró su máscara al suelo, desvelando a un hombre de ojos cafés, de unos 55 años. Los demás lo imitaron.

— ¿Ves que están tirando sus máscaras? —me susurró mi hermano al oído. Asentí distantemente, cautivada por el acto mismo. —Eso significa que...

El jefe me extendió su mano derecha. Tomó la mía y dijo:

—Todos los presentes compartimos tu causa, y estamos dispuestos a confiar en ti. Bienvenida a la OLFD, Cristina.

—Eso significa. —susurró Max de nuevo.

Algo surgió en mi pecho. Un sentimiento que no pude identificar en ese momento, pero ahora sé qué era.

Esperanza.

Sombras Traicioneras | COMPLETAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora