— ¡Hey, Cristina! —escuché la voz de Yannick proveniente del cuarto cuando yo bajaba las escaleras, pero no me detuve.
Seguí bajando, y me dirigí a la sala, donde Leticia y el mayor de sus hijos estaban. Al verme, ambos se callaron de golpe. Supe que estaban hablando de algo importante antes de mi llegada, y yo debía largarme de ahí lo antes posible.
—Hola chica —dijo Wayre en tono amigable. Supuse que no notó que lo había empujado. — ¿Qué te trae por aquí?
—Eh... —balbuceé. No pensaba contarles que aquellos idiotas se habían burlado de mí. —Yo... Buscaba el baño —me excusé.
— ¡Ah, claro! —exclamó Leticia y señaló a la derecha, una puerta que estaba medio escondida y lejana. Agradecí, y me fui a la dirección indicada.
Sin embargo, al llegar ahí, en vez de meterme al baño, me deslicé en la pared blanca del vestíbulo. Cerré los ojos y suspiré, mientras metía las manos en las bolsas de mi sudadera negra. En una de ellas había una canica, y como no tenía nada mejor que hacer, me puse a juguetear con ella, hasta que, de pronto, ésta se escabulló de mis manos y fue a rodar debajo de una puerta lateral, perdiéndose de vista.
—Mierda —musité. Sin pensarlo dos veces, abrí la puerta de esa habitación, con el deseo de recuperar mi juguete. Una vez dentro, noté que, a comparación de todas las demás partes de la casa (buena iluminación, aromatizada y colores claros), ésta era muy extraña. El aire era denso. Lo invadía el olor a humedad y... Algo más... Era realmente desagradable... Era más ó menos el olor a perro muerto. Hice un mohín. Después me tapé la nariz con los dedos, y respiré por la boca ¡Qué asco! ¿Qué era ese maldito olor? La única fuente de iluminación era la que brindaba el exterior de la puerta. Busqué un interruptor, sin éxito.
Así pues, me rendí, y decidí buscar mi canica casi a ciegas. Finalmente la encontré junto a un objeto metálico, parecido a un baúl. Me guardé la canica en la bolsa distraídamente. Mi atención en ese momento se centraba en aquel cofre. Percibía algo extraño en él. Busqué la abertura y lo abrí tratando de que no rechinara tanto.
¡Carajo, el olor a perro muerto (pese a que tenía la nariz tapada) se volvió insoportable! Me alejé de éste a gatas hacia la puerta. Una vez respirando el aire pulcro del exterior, tomé una gran bocanada de aire, lo contuve, y volví a meterme a esa habitación. Nuevamente examiné el interior de la caja, y con la poca luz que tenía a mi disposición, logré distinguir las finas siluetas de unas dagas. Sin embargo, eso no fue lo más escalofriante. Clavado en la punta de una de éstas, el iris café de un ojo humano me devolvía la mirada. Sentí una oleada de miedo recorrer mi cuerpo, empezando desde el pecho. Contuve el impulso de apartarme, pensando que el ojo podía ser de juguete. Con cuidado, tomé aquella daga por el mango y la acerqué a la luz para estudiarla.
En ese momento, un líquido resbaló desde el ojo hasta mi brazo, escondiéndose bajo la manga.
— ¿Pero qué demonios...? —pensé al ver el color del líquido.

ESTÁS LEYENDO
Sombras Traicioneras | COMPLETA
Fantasy-¡Crist, tenemos que bajar! -dijo él. ››-¿Estás loco? ¡Esas llamas nos quemarán vivos! (...) ››-Crist... Esa es la cosa... No lo estamos...›› Cuando el padre de Cristina debe irse a un viaje de negocios, parece que el único desastre será vivir tem...