Fotografías

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Me encontraba sentada en el comedor. Yannick y Adam me flanqueaban y Wayre y Leticia se sentaron frente a mí. Respiraba agitadamente, y al parecer esas personas lo notaban, pues me lanzaban miradas fugaces llenas de duda.

<<Contrólate, contrólate>> pensé, así que traté de respirar hondo y ligero durante el resto de la comida. Al parecer perdí su atención. Cuando terminé de comer, llevé mi plato al fregadero. Justo cuando iba saliendo de la cocina, choqué contra un pecho que tenía una camisa roja.

—Perdón... —dije, pero fui interrumpida por Wayre.

—La mano —dijo bruscamente, mirando hacia esta. Inmediatamente supe lo que quería ver: El supuesto corte. Pero no lo iba a permitir.

— ¿Qué? ¿Para qué? —dije a la defensiva, ocultándola detrás de mi espalda.

— ¿Por qué no? —preguntó con recelo.

—La verdadera pregunta es por qué quieres verla —le contesté; lo esquivé y me puse en marcha. No me siguió, pero sentí su mirada pegada a mi espalda hasta que desaparecí por las escaleras.

Subí al cuarto tratando de no correr por si alguien me seguía. Al llegar a éste, cerré la puerta y me deslicé hasta tocar el suelo. Estaba agitada. Las piernas y las manos me temblaban un poco. Respiré hondo varias veces y tragué saliva. ¿Por qué Wayre se mostraba tan receloso ante el corte y aquella habitación? Probablemente sabía acerca de las dagas. Oh, no. ¿Y qué tal si era él el propietario de esas armas?

Pasé algunas horas encerrada en el cuarto, revolviéndome el cerebro por aquella situación. Afuera, la noche era cálida y estrellada, justo como a mí me gustaba, pero no le presté mucha atención. Necesitaba tomarle foto a esas dagas antes de que desaparecieran... Pero, ¿cómo? Seguramente Wayre ya había empezado a sospechar de mí, y probablemente ya las habría escondido en otro lugar. Mi plan era llamarle a la policía, pero sólo tenía como evidencia la fotografía de mi mano. ¿Cómo se suponía que iban a creerme?

<< ¿Y si no es lo suficientemente listo para esconderlas? Imposible... ¿O no?>>pensé.

Partiendo de esto último, elaboré otro plan. Tendría que aguantar hasta que ya no se escucharan ruidos. Así que esperé, y aproximadamente a las 11: 30 de la noche ya no se escuchaba nada, salvo los automóviles y algunos gatos y perros callejeros. Salí del cuarto, apretando los dientes cuando la puerta rechinó.

Caminé con cautela, volviéndome a todos lados sólo para asegurarme de que nadie me observaba. Bajé las escaleras, dando cada paso con cuidado, pues bajaba casi a ciegas. La única luz que mis ojos lograban percibir era la del alumbrado público, pero no era de gran ayuda. Era muy tenue. Seguí mi recorrido, hasta que llegué a la puerta. Puse la mano en la chapa y de pronto, una oleada de miedo me invadió. ¿Y si estaba cerrada? No había mejor manera de averiguarlo más que haciéndolo. Así que giré la manija y empujé. Estaba adentro. Al parecer Wayre no era muy cuidadoso... ¿o sí? ¿Qué tal si me estaba tendiendo una trampa? Me mordí el labio inferior tan fuerte que me empezó a sangrar.

Qué más da, pensé. De cualquier forma, el simple hecho de estar ahí dentro me convertía en sospechosa. Así que cogí mi teléfono para encender la linterna. Justo cuando estaba dispuesta a abrir el baúl, escuché a lo lejos el sonido de unas llaves abriendo la entrada principal de la casa. El corazón me dio un brinco. Los pasos eran firmes y seguros... Y al parecer, aquella habitación era su dirección. Cerré la puerta, y guiada por la luz de mi celular, me escondí detrás de unas polvosas cajas de cartón. Apagué la luz de mi teléfono y respiré agitadamente. Sentía que el corazón me latía más rápido que nunca. Contuve la respiración.

Ahogué un grito cuando vi que la puerta se abrió, dejando ver la silueta de una persona. No pude distinguir su sexo, pero sí logré visualizar que abría el baúl y dejaba caer algo, provocando un ruido metálico. Luego, la silueta salió de la habitación y cerró la puerta. Expulsé el dióxido de carbono en mis pulmones y volví a respirar agitadamente.

Tenía las manos apretadas, y de mi cabeza chorreaban gotas de sudor. Estaba tan aterrada que casi ni me di cuenta de que estaba levantándome. Encendí mi celular y alumbré el piso, hasta que llegué al baúl. Tomé una bocanada de aire y lo abrí. De inmediato me di cuenta de que había más sangre líquida, ésta vez proveniente de otras dagas. << Dios mío>>. Había alguien más muerto o mutilado.

Me costó mucho trabajo desbloquear mi celular y acceder a la cámara, pues no paraba de temblar. Activé el flash y traté de no moverme.

Flash, flash, flash. Tres fotografías de las dagas habían sido tomadas por mí.

Me largué de ahí.

Sombras Traicioneras | COMPLETAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora