Catarsis

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Mi hermano y yo tomamos distintas direcciones. Él hacia la OLFD, mientras que yo... A una simple tienda de regalos.

Un rato después, llegué frente al local. Había alguien parado enfrente. Se trataba de un chico vestido con pantalones formales, camisa de vestir y zapatos negros. Tenía el pelo corto y café, al igual que sus ojos. Rodrigo. En cuanto me vio, chasqueó los pulgares, a lo que yo puse los ojos en blanco.

— ¡Pero qué tarde, señorita Cristina! —exclamó Rodrigo, fingidamente molesto.

—Ash, cállate. —dije sonriendo.

Ambos nos reímos mientras yo abría el local. Rodrigo era un chico de 27 años que trabaja en una agencia de viajes, no muy lejos de la florería. Era cliente frecuente, solía llevarle flores a su novia. Él era el tipo de persona que parecía que conocía a todo el mundo desde hacía años a pesar de sólo haber convivido un minuto. Fue casi imposible no volverme su amiga.

—Bueno, ¿qué va a querer, señor? Tenemos las más frescas flores negras para darle a entender a alguien que si por usted fuera lo mataría.

—Creo que consideraré esa opción. Mi jefe anda de un humor... —dijo entre risas.

—Ya lo creo. La mía desde que la conozco.

—Bueno, bueno. Fuera de broma, dame rosas, Crist.

Me incliné y de una cubeta saqué una docena de rosas que nos habían llegado el día anterior. Quité los pétalos dañados y las junté con un lazo. Una vez terminado el proceso, las empapelé y se las entregué. Me pagó, nos despedimos y salió del local. Suspiré.

Por lo que había notado, Rodrigo era, por lo general, el único cliente que se pasaba por ahí, así que básicamente mis actividades durante la jornada consistían en mantener la tienda en orden.

Me encontraba desempolvando la sección de regalos, cuando de pronto, vi de reojo que alguien se acercaba. Me volví para ver de quien se trataba, y por un momento, creí que la visión me estaba fallando, pero conforme se fue acercando más y más, divisé sus ojos color bronce. Oh mierda, mierda. Sin duda era él. Ernesto... El padre de Giovanna. Al lado de él, iba una mujer menuda, con la cara desgastada y los ojos café claro hinchados. La reconocí. Era la madre de Giovanna. Lo único que se me ocurrió fue esconderme en el cuarto de servicio.

Unos instantes después, escuché el sonido de una campanilla, y supe que habían entrado al establecimiento.

— ¿Hola? —preguntó la mujer. Sospeché el motivo por el que venían. Sollocé mientras deslizaba mi espalda sobre la pared. Me tapé la boca con la mano. Una salada lágrima recorrió mi mejilla y cayó en mi ropa. — ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

No me atreví a responder. Apreté mi boca aun más. Tenía ganas de gritar, de salir de ahí.

—Déjales una nota para que nos contacten para el encargo de flores.

Siguieron ahí por unos minutos. Supe que se habían ido cuando la campanilla sonó y la puerta se cerró. Esperé unos momentos, sólo para tener más probabilidades de que no me vieran desde afuera.

Después, con los ojos nublados, entreabrí la puerta y como no había rastro de ellos, ni siquiera en la calle, decidí salir por completo. Entonces vi en la mesa que me habían asignado, un papel doblado por la mitad. Lo abrí y contenía una nota.

"Queremos un adorno floral para funeral para esta misma tarde. Es para una jovencita de 16 años. Algo más o menos jovial. Contáctenos al siguiente número: 2224679033"

Mis sospechas fueron confirmadas. Eran para mi inerte amiga. Me pregunté el cómo estaría en ese momento su cuerpo, los gusanos traspasando la carne, desgarrando lo que fuera que pudiera contener los últimos rastros de vida. Me los imaginé mordisqueando su cerebro, su corazón, sus globos oculares, anidándose entre lo que habían sido alguna vez sus labios. Y todo por culpa mía. Yo la había asesinado en un irremediable impulso. Mea culpa. Mea máxima culpa.

El aire olía a quemado. Olía a demonios. Olía a mí. Olía a muerte. Debía irme, irme de Terra y emprender la larga penitencia que me esperaba en el reino de Inferna. Esperaba quemarme en el ardiente fuego y caminar entre sombras infernales. El suicidio sin duda, parecía ser la mejor opción, mi mejor castigo.

Justo estaba por abrir la puerta para marcharme a la OLFD y exigir mi asesinato, el asesinato de una sombra, de un demonio, cuando, de pronto, un atisbo de razón se asomó en mi mente. Aunque yo sufriera por toda la eternidad, el mal de Izumi y otros grupos de demonios seguiría proliferándose. Aunque yo no pudiera cambiar todo eso, si me unía a la lucha en contra de las fuerzas demoniacas, podría al menos, aunque fuera demasiado poco, modificarlas. Ese sería mi castigo, mi catarsis. Luchar, hasta donde las fuerzas me alcanzaran, contra las sombras. Me aferré a ese haz de razón. Me levanté y me sequé las lágrimas bruscamente con el dorso de la mano.

Izumi no la iba a tener tan fácil.

Sombras Traicioneras | COMPLETAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora