Se trataba de la sombra de un humano, alto, delgado, con sombrero y gabardina. En la mano llevaba una pirámide con un mango en una de las caras.
— ¿Quién eres? —pregunté. Como respuesta, la sombra me apuntó con la pirámide. Y por un momento, aquél objeto me pareció vagamente familiar...— ¿Quién eres y qué es lo que quieres? —la única respuesta que recibí fue algo parecido a una bala, la cual iba directo a mi pecho. Por instinto, me aparté de su trayectoria. La "bala" hizo un agujero con forma de X al impactar la pared. Me recordó al entrenamiento de la empresa, y de golpe comprendí el porqué esa forma de entrenamiento. Luego me acordé de lo que Izumi nos había dicho hacía un rato acerca del grupo opositor, y que nos cuidáramos la espalda porque tenían sus métodos de rastreo.
— ¡Mierda! —exclamé cuando la sombra disparó nuevamente. Esquivé el impacto por milímetros. Hizo otro agujero en la pared. La adrenalina corría por mis venas con velocidad.
Me llegó un olor a papel quemado, y la piel empezó a arder. Eché un vistazo a mis brazos y descubrí que el traje con el que había despertado después de la transformación, reapareció.
Una nueva bala recorrió la habitación, en dirección a mí. Justo cuando estaba a punto de alcanzarme, por instinto de protección, puse mis manos frente a mi cara. Apreté los párpados, esperando lo peor. Sin embargo, la bala jamás me alcanzó. Algo la detuvo. Ese algo era una bola de color naranja, la cual salía de mis manos. La retuve un momento antes de que desapareciera. Una vez que lo hizo, la bala se calcinó y las cenizas cayeron de inmediato al suelo.
"Poderes sobrenaturales", los había llamado Izumi.
Con renovada claridad, hice una de esas esferas entre mis manos y la aventé hacia donde estaba la sombra. Ésta se retorció, y escuché como algo parecido a una tela, caía. Entonces, lo que antes había sido solo una sombra se convirtió en algo que adquirió volumen y colores. Bueno, en realidad ese algo era alguien. Se trataba de un hombre escuálido y de piel blanca. Las arrugas en su rostro y las canas que se asomaban por debajo de su sombrero me decían que tenía unos 50 años de edad.
— ¡No te muevas! —exclamó el hombre con voz autoritaria, apuntándome con el artefacto. —Voy a dispararte si lo haces, demonio. —dijo con voz firme.
—No lo recordaba hace unos instantes, pero, ya estoy muerta. Creo que no tengo nada que perder. —me encogí de hombros.
Entonces el hombre esbozó una sonrisa tan desagradable como la de Hanna. Luego se rió.
—Se ve que eres novata en esto, chica. —Dijo —Los demonios que todavía viven en este mundo aún conservan cierta parte viva. Piénsalo: ¿Cómo caminarías si estuvieses muerta? ¿Cómo hablarías o moverías el brazo? Hay una parte de ti que sigue viva, latiendo vivazmente. Y estos amigos, los Mors Daemoniourum —dijo señalando la pirámide conectada a la empuñadura. —Nos ayudan a eliminarlos. Así que espero por tu bien que hagas los que te digo
Vacilé, mientras decidía cual era el siguiente paso. Después de unos instantes, lo supe.
Empecé a correr alrededor de la habitación, en círculos. El hombre empezó a disparar por doquier. Por mi parte, yo le lanzaba aquellas esferas. Una de ellas le dio en el pie. El hombre se desplomó, soltando el Mors Daemoniourum. El aire rápidamente se impregnó de un olor a carne quemada. Fuego. Ese debía ser mi poder. El hombre soltó un gemido de dolor. Intentó recuperar el artefacto con el que planeaba matarme, pero lo tomé antes y lo puse fuera de su alcance.
Mientras tanto, el hombre se logró levantar a cojas. Sacó algo del interior de su gabardina: Otro ejemplar de los Mors Daemononiourum. Sin dudarlo, comenzó a disparar hacia mi dirección. No lo pensé dos veces. Formé una esfera y la lancé. Sin embargo, en el trayecto, esta se partió, y con esos pedazos se formaron dardos de fuego, yendo hacia su persona.
Inevitablemente, los dardos se clavaron en todo su cuerpo. Soltó gemidos y alaridos, a medida que se iba convirtiendo en cenizas.
Me quedé contemplando el polvo unos instantes. Luego, exhausta, caí de rodillas.
Había asesinado a un hombre. Era el único pensamiento que cruzaba por mi mente mientras miraba el suelo.
Después de unos segundos, la puerta de la habitación se abrió, y los demás habitantes de la casa entraron.
—Crist... ¿Qué pasó? —preguntó Adam mientras se arrodillaba junto a mí y me tocaba la espalda, sobre el sostén. Como respuesta, miré las cenizas.
Se formó un tenso silencio.
—Bien hecho —dijo Leticia.
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Sombras Traicioneras | COMPLETA
Фэнтези-¡Crist, tenemos que bajar! -dijo él. ››-¿Estás loco? ¡Esas llamas nos quemarán vivos! (...) ››-Crist... Esa es la cosa... No lo estamos...›› Cuando el padre de Cristina debe irse a un viaje de negocios, parece que el único desastre será vivir tem...