La chispa, la muerte y la reaparición

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Las pesadillas se manifestaron en el instante en el que cerré los ojos. La verdad no sé cómo es que aguanté hasta la mañana siguiente. Lo cierto es que cuando la alarma sonó, me levanté de la cama con alivio.

Debido a la transformación, el cabello me había crecido unos centímetros, pero esos centímetros de más, fueron más que suficientes como para que mi genial estilo dark se esfumara. Me crispó, así que tomé unas tijeras que había en el tocador, y siguiendo la barbilla lo fui cortando. Al fin y al cabo, solo eran efectos secundarios de la transformación.

Al terminar, tomé el montón de cabellos azabache y los tiré a un bote de basura cercano. Crucé la puerta y la destrozada pared, para bajar a desayunar. Cuando los tres me vieron, se quedaron un poco sorprendidos.

—Perdiste el poco encanto que tenías —comentó Yannick con una sonrisa.

— ¡Nadie te preguntó! —repuse cantarina y satíricamente.

Adam se rió e inconscientemente le dediqué una sonrisa. Cuando me di cuenta de que nos veíamos, me puse seria y aparté la mirada, con vergüenza.

El desayuno pasó rápido y sin más imprevistos. Todos subimos al auto y Leticia condujo hasta nuestra preparatoria, mientras escuchábamos canciones de Mecano. Llegamos cuando se reproducía la mitad de Mujer contra Mujer. Bajamos del auto y Adam, Yannick y yo caminamos juntos hasta la entrada. De ahí, Yannick se distrajo con su grupo de amigos, dejándonos a Adam y a mí a solas. Bueno, casi a solas. Casandra y las moscas iban detrás. Por alguna razón me molesté más de lo usual.

—Creo que tus admiradoras buscan tu atención. —dije señalando hacia atrás.

Como respuesta, Adam rodó los ojos, con molestia. Sin embargo, cambió rápidamente su expresión y me dedicó una sonrisa pícara. Sin previo aviso, tomó mi mano. Abrí los ojos como platos y me tensé.

— ¿Qué haces? —exclamé en un susurro, mientras intentaba zafarme.

—Yo sé que lo deseas. Te estoy haciendo un gran favor. —musitó con voz seductora. Apreté la mano que me quedaba libre y me mordí fuertemente el labio.

— ¡Tú no me haces ningún favor! —exclamé tratando de zafarme nuevamente. Él apretó mi mano con más fuerza y empezó a caminar, jalándome con él. Intenté frenar, pero lo que logré fue mis pies se deslizaran por piso liso del pasillo. Casi podía escuchar como las moscas explotaban de rabia. — ¡No todo el mundo quiere tus favores! —urgí en un ataque de nervios.

— ¡Oh vamos! ¡Vaya ridiculez! —respondió sin detenerse.

De pronto, me llegó un intenso olor a papel quemado, y la piel pronto me empezó a picar.

Supe que me estaba transformando inevitablemente.

— ¡Adam! —Le grité, a medida que una oleada de miedo me invadía el pecho. — ¡No, mierda! ¡En serio detente! —exclamé aterrorizada, al momento que veía como unas chispas naranjas parecidas a los fuegos artificiales explotaban en mis manos. Y entonces comprendí, que mi poder no sólo era el fuego. También era pirotecnia. — ¡Adam ya basta! —chillé, zarandeando el brazo. Él se volvió hacia nuestras manos entrelazadas y ambos comprendimos, con horror, lo que pasaría a continuación.

Todo ocurrió en cámara lenta. En ese momento, con un silbido, de mis manos salieron disparados hacia el techo, grandes y estrepitosos fuegos artificiales, llevándose con ellos la mano derecha de Adam. Describió una parábola mientras esparcía un viscoso líquido negro.

Lo miré. Se retorcía en el suelo cual gusano moribundo. Las lágrimas y los gemidos de dolor salían con fuerza de ser. Me arrodillé junto a él, llevándome las manos a la cabeza, observando mi maldita obra. De su muñeca emanaba casi a chorros el líquido azabache. El techo se hizo añicos y cayó sobre todos nosotros.

Sombras Traicioneras | COMPLETADonde viven las historias. Descúbrelo ahora