Después de varias horas sumida en la oscuridad, finalmente abrí los ojos. Una intensa luz entraba por la ventana de la derecha. Interpuse una mano entre el sol y mis ojos, y por fin pude ver con mayor claridad el lugar en el que me hallaba. Me encontraba en el mismo hospital en el que me habían internado hacía ya algunos meses, solo que esta vez era un tanto distinto. No estaba sola. Había más camillas frente a la mía, todas divididas por una cortina color beige.
—Por fin despertaste —dijo una voz femenina a mi izquierda. Me volví de golpe y me encontré con la cara de Leticia. Se levantó con algo de dificultad de la silla de madera y caminó hacia mí. Me miró desde arriba y esbozó una cálida sonrisa. Luego, me retiró el pelo de la cara y empezó a acariciar mi cabeza. —Eres bonita. Deberías dejarte así el peinado. —No contesté. —Todos los del pelotón están muy preocupados por ti. En especial Adam.
Muchas imágenes de la noche anterior se colgaron de mi cerebro: el hombre desangrando, las dagas, mi herida, el entrenamiento... Todas ellas conspiraron para provocarme una terrible jaqueca. Cerré los ojos y me llevé los pulgares a las sienes, y comencé a masajearlas. El dolor de cabeza paró al cabo de unos instantes, así que abrí los ojos y miré los de ella.
— ¿Por qué nunca me explicaron de que se trataba todo esto? ¿Por qué... me mintieron? —Pregunté, pero Leticia no pareció comprender. — ¿Por qué apenas me entero que son asesinos?
Parpadeó.
—Te equivocas. —contestó. — ¿Es que acaso no escuchaste a Izumi? ¡Él te dijo que trabajarías en "detección y eliminación de amenazas"! —levantó la voz, lo que provocó mi irritación.
Levanté el torso bruscamente, lastimándome brutalmente la herida.
— ¡Mierda! —dije apretando la parte lastimada con mis manos. Cuando el dolor pasó a ser tolerable, le respondí. — ¡Pero yo no sabía que amenazas eran personas! —Grité — ¡Personas de las cuales no estoy segura de que sean una amenaza!
Leticia se rió elegantemente, con un dejo de desquicie. Me enfurecí aún más.
—Querida... ¿Acaso crees que los vagos, asaltantes, ladrones y delincuentes en general, que hay en esa zona de la ciudad, no son una amenaza? ¡Por favor, Cristina! Lo son, y lo son para todos...
—Para eso existe la policía, ¿no? —rezongué.
—Pero... ¿Tenemos policías eficientes en México? —preguntó. Suspiré con pesadez. La respuesta no estaba a mi favor.
—No, pero...
— ¿Pero...?
— ¿Acaso la empresa no es privada? —pregunté con recelo. Había gato encerrado ahí.
—Sí, Crist, sí es privada, pero solo es entrenamiento.
—Pero...
— ¿Pero...? —preguntó arqueando la ceja y con un dejo de desesperación.
—Nada. Sólo quiero salir de este lugar —dije a regañadientes.
Fiel a mi objetivo.
Con grandes esfuerzos, al cabo de media hora salimos del hospital. Subí al asiento trasero del auto, y Leticia se sentó en el del conductor. Ambas abrochamos nuestros cinturones de seguridad y arrancó el coche.
Así fue como, casa tras casa, edificio tras edificio, eran dejados atrás rápidamente por la velocidad de las ruedas sobre el asfalto. Miré el sol, y calculé que eran entre las ocho y las nueve de la mañana.
Me quedé ensimismada con mis pensamientos, análisis, dudas, recuerdos y demás. Sin embargo, los dejaba pasar. Mas me detuve a pensar a profundidad cuando una duda cargada de intensa curiosidad invadió mi mente.
—Leticia... —dije por encima de la voz del conductor de noticias del radio para hacerme oír.
— ¿Qué pasó? —preguntó mientras bajaba el volumen.
— ¿Cuál es ese hospital en el que me internaron? —cuestioné, mirándola por el espejo retrovisor. Pude percibir una sonrisa en su rostro.
—Ese hospital pertenece a "Izumi" y es para los trabajadores. Por eso el cuerpo de tu padre estaba ahí...
—Ah —dije, tratando de ignorar lo último que había dicho; luego me di cuenta de algo más —Pero, hay algo que no comprendo. ¿Por qué estaba yo internada allí antes de que me dieran el trabajo? ¿Acaso es porque, como mi padre trabajaba ahí, se me concedió el seguro o algo por el estilo? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—No. El seguro es intransferible.
— ¿Entonces?
Volvió a sonreír.
—De alguna manera, Izumi asumió que tú terminarías trabajando para él. Es un hombre muy inteligente, ¿no lo crees?
Decirme eso me enfureció. Apreté los dientes y las manos. No me gustaba que la gente pensara que yo era fácil de descifrar; con todo lo que había pasado, estaba a punto de explotar, pero me detuve. No podía permitirme hacer eso. Tenía que jugar bien mis cartas si deseaba la ayuda del cabrón de Izumi... Y explotar no incluía en lo último. Así que respiré profundamente y no abrí los ojos hasta que escuché el ruido del portón eléctrico. Supe que habíamos llegado a casa.
Bajé del auto con cuidado, y me paré junto a la puerta de entrada. Leticia llegó a mi lado unos segundos después y abrió. Estaba dispuesta a subir al cuarto, cuando de pronto, su voz interrumpió mis actos.
—Quítate la venda con precaución y después dúchate. Ordenes del médico.
Subí las escaleras con pesadez y caminé hacia mi cuarto. Tomé la bata de baño y me la puse en el hombro, dispuesta a tomar la ducha.
Entré al cuarto de baño, cerré la puerta y dejé la bata blanca en un perchero. Corrí la anticuada cortina azul con flores naranjas, abrí el grifo, y dejé caer el agua hasta que por fin salió caliente. Mientras tanto, me ocupé de quitarme el jodido vendaje. Dolió como mil demonios. Ja.
Me desnudé completamente, y entré por debajo de la regadera. El agua cayó inmediatamente por mi pelo, seguido de mi espalda, hasta los pies. Me quemó la herida recién cerrada, por lo que tuve que dejarla en tibia.
Terminé de bañarme. Me envolví en la bata y salí del baño. Caminé por el pasillo, y paré en seco al verme reflejada en un espejo. Su marco era dorado y tenía algunos puntos en plateado. Había pasado muchas veces por ahí, pero jamás me había detenido a observarlo con detalle. Era bonito.
Miré mi reflejo. No era lo que esperaba ver. En vez de que mis ojos me devolvieran la mirada, alguien más lo hizo. Mi padre. Lástima que fue sólo un instante y el producto de mi lastimada imaginación. Sin embargo, me fue suficiente. Apreté los nudillos con fiereza. Haría lo necesario para cobrar venganza contra el asesino de mi padre, al precio que fuera. Fiel a mi objetivo. Y más que nunca.
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Sombras Traicioneras | COMPLETA
Fantasi-¡Crist, tenemos que bajar! -dijo él. ››-¿Estás loco? ¡Esas llamas nos quemarán vivos! (...) ››-Crist... Esa es la cosa... No lo estamos...›› Cuando el padre de Cristina debe irse a un viaje de negocios, parece que el único desastre será vivir tem...