Persecución

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Izumi. No podía tratarse de alguien más.

—Acaban de chocarnos. —dijo Wayre mirando todavía la camioneta negra.

—Es Izumi. Estoy segura. —dije con urgencia. Wayre siguió mirando el retrovisor, con una calma infinitamente desesperante. — ¡Wayre! —Lo apuré. — ¡Son las mismas camionetas que usan para moverse!

Justo había dicho eso, cuando escuché las puertas de la furgoneta cerrándose fragorosamente. La avenida mal iluminada solo nos permitía ver las siluetas de tres personas: una mujer y dos hombres. Los tres portaban dagas en sus manos. El trío avanzó hacia nosotros y poco a poco fuimos vislumbrando los rasgos. Se trataba de Hanna, Toño y Sergio.

— ¡Mierda, Wayre, en serio avanza! Vi a esa tipa en el edificio de Izumi —exclamó Max. Al parecer, el impacto lo había despertado. Wayre siguió sin moverse.

Los tres se acercaban cada vez más. Maldita sea. Ni siquiera para manejar, porque no sabía. Los pasos resonaban en la solitaria avenida. La respiración de Max se agitó. Pasos. Respiración. Pasos. Respiración. La cara de Hanna apareció frente a la ventana de Wayre. Me vio. Sonrió burlonamente.

—Hola Cristina —su voz sonó ahogada a causa de la ventana cerrada.

Después apareció Sergio por delante y Toño a mi lado. El olor a papel quemado empezó a reemplazar el aroma a coche nuevo.

—En la guantera. Mors Daemoniourum. Abajo del asiento derecho hay otro. —nos dijo Wayre, mascullando. —A la cuenta de tres los sacan y aprietan el gatillo. Uno...

—Sal del coche ahora mismo si no quieres que tus amiguitos salgan heridos. —dijo Toño.

—Dos...

Bajé lentamente la mano hacia la guantera y toqué la manija.

— ¡Tienes exactamente 5 segundos para bajar del auto! —exclamó el mellizo con voz rasposa.

—Tres. —declaró Wayre. Jalé la manija de la guantera y se abrió. Vi de reojo el artefacto y lo saqué con rapidez.

En ese momento, una X salió a gran velocidad en dirección al parabrisas, rozándome el cabello. La X se impactó contra el cristal, cayendo una lluvia de pequeños trozos de vidrio sobre nosotros. Me protegí la cara con los brazos y apreté los párpados. Pocos segundos después, bajé los brazos y otra X me pasó rozando, aunque esta vez impactó contra el pecho de Sergio. El chico hizo un sonido gutural, dio un paso hacia atrás y cayó de espaldas.

Hanna, lanzó un gruñido, el cual fue rápidamente silenciado por la X que Wayre le disparó. Le dio en la cabeza, haciendo que inmediatamente cayera de bruces.

Me volví hacia Toño, pero este ya se había escapado. Escuché la puerta de la camioneta cerrándose, y supe que era nuestra oportunidad.

—Arranca —le dije a Wayre. —, tengo una idea.

Wayre avanzó. Los de atrás nos imitaron. Desabroché mi cinturón, bajé el vidrio, me levanté, y con el Mors Daemoniourum en mano, saqué medio cuerpo por la ventana. Apunté hacia una de las ruedas de la camioneta y disparé. La X dio en el pavimento. Algunos trozos del viejo y desgastado asfalto salieron volando, pero el conductor los esquivó ágilmente.

Aposté el siguiente disparo en el parabrisas. Dio en el blanco. El conductor perdió el control de la camioneta, haciendo que esta se volcara. La furgoneta dio cinco vueltas y golpeó a dos autos estacionados cerca.

— ¡Para! —alcé la voz en medio de las alarmas de coche.

Wayre me obedeció. Saqué mi cuerpo por completo y aterricé con un brinco. Empecé a caminar y paré cuando estaba a un metro de la camioneta.

Recordé lo que les había dicho en la nota. No me habían hecho caso. Ahora iban a sufrir las consecuencias. Alcancé a ver movimiento dentro de la camioneta. Alcé el Mors Daemoniourum y empecé a disparar sin control. No me importaba a cuantos mataba. Fuera uno o fueran mil, solo era para dejarle bien claro el mensaje a Izumi, pues al parecer no lo había comprendido.

Luego, me volví al coche. Wayre y Max se habían bajado del automóvil y me observaban fijamente. El menor dio un paso hacia adelante y posó la mano sobre mi hombro cuando pasé a su lado. Caminó junto a mí mientras me dirigía hacia Wayre.

El mayor nos dijo que subiéramos al auto. Luego, lo abandonaríamos en una calle u avenida cualquiera para que los demonios que seguían buscándonos perdieran nuestro rastro. Eso hicimos cuando Wayre paró el auto en una de las millones de calles de esa ciudad. Tomamos nuestras cosas. Caminamos unos cuantos kilómetros antes de que Wayre nos señalara un despintado edificio verde, justo como Max lo había descrito hacía unas horas.

El de ojos azules abrió una puerta general y subimos hasta el tercer piso. Unos instantes después, no sin antes abrir la puerta con la llave, entramos a su departamento. Wayre encendió la luz y cerró la puerta a su espalda.

—Bueno, no sé ustedes, pero yo me muero de sueño. –declaró Max, bostezando y estirándose. Luego, con toda confianza, rodeó el sillón (que estaba de espaldas a nosotros) y se recostó.

— ¡Tch! Este tonto... —musitó Wayre entre irritado y con ganas de reír. Me reí. — ¿Qué?

—Nada, que se llevan muy bien —dije y él sonrió mientras rodaba los ojos.

— ¡Qué bueno que no creciste junto a él, porque lo habrías matado el día en que empezara a hablar!

Me reí de nuevo y me restregué los ojos. El cansancio cada vez se sentía peor. Bostecé mientras miraba el creciente amanecer por la ventana.

—Ven, te daré una silla para que duermas. —dijo burlonamente.

—Preferiría un pedazo de suelo, si no es mucho pedir, su alteza. –dije sarcásticamente mientras hacía una exagerada reverencia.

Me sonrió de oreja a oreja.

—Es broma, duerme en mi cama, no tengo problema. Al fin y al cabo, estás de nuestro lado y no del de Izumi.

—No, está bien, puedo dormir en el otro sillón...

Se acercó a mí, tomó con sus manos mis mejillas y las pellizcó, con cariño.

—Hazle caso al rey antes de que se arrepienta. —Me soltó luego de que le di un manotazo. —Está al fondo.

Con un suspiro, me di media vuelta y caminé hacia el lugar señalado. Wayre apagó la luz en cuanto llegué. Se despidió de mí con la mano y luego se acostó en el otro sillón. Cerré la puerta con pestillo (por si las dudas), y me dirigí a la cama.

Destendí las cobijas y me metí dentro de ellas. Y pese a todo lo malo que había ocurrido, y las terribles posibilidades que me acechaban, caí rápidamente en el mundo de los sueños.

Sombras Traicioneras | COMPLETADonde viven las historias. Descúbrelo ahora