Las pruebas

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—No lo sé, Cristi –respondió Max —, pero termina de escucharme.

Asentí con la cabeza. Me pareció sincero.

—A la mañana siguiente volví con Wayre. Bajó lúcidamente, como si no hubiese peleado la noche anterior. Su pierna también funcionaba a la perfección. Le pregunté el porqué y me respondió que los trajes los protegían de muchas cosas.

>>En fin, caminamos algunas cuadras y luego tomamos el autobús. Llegamos a nada más y nada menos que a la estación de policías. Nos metimos al edificio y me dijeron que iban a realizarme algunas pruebas físicas, psicológicas y mentales. Fueron varios procedimientos, algunos agobiantes, otros pasables. Me dijeron que volviera al día siguiente. Y así sucedió. Me presenté junto con mi nuevo amigo a primera hora, nervioso por saber si había sido admitido o no. Resultó que sí.

>>La asistente me explicó que debía tomar varias sesiones de entrenamiento cada dos días. Durante todo ese mes, era lo mismo: Ir al restaurante, comer, e ir a entrenar. Aunque monótona, la rutina era cansada.

>>Para eso, Wayre y yo nos habíamos vuelto buenos amigos. Me ayudaba con la investigación de la muerte de mi madre. Un día de esos, decidimos que un buen lugar para encontrar pistas era la vieja casa, donde ella y yo solíamos vivir. Afortunadamente, aún conservaba la llave, así que entrar no fue un problema. El problema fue el recuerdo, aquella espina atorada que pinchaba dolorosamente hasta lo más profundo del alma. Los muebles no habían cambiado de lugar. Los adornos y los dibujos que había hecho de pequeño tampoco. El único movimiento había sido el del polvo. Había gruesas capas de este, cubriéndolo todo a su paso.

>>Subimos a la habitación de mi madre. Había un sencillo armario de lámina, color amarillo, con una puerta arriba y debajo tres cajones. Recuerdo que siempre lo mantenía bajo llave, y yo no disponía de esta, así que tuvimos que cortar la lámina por un costado. Una vez que el retazo cayó al suelo, empezamos a sacar papeles de toda clase. Desde contratos hasta fotografías, todo caía al suelo.

>>Algo llamó mi atención. Había demasiadas fotografías de una chica. Al principio pensé que era ella misma de joven, pero cuando Wayre se acercó a mirarlas, su expresión no dejó ninguna duda: La conocía.

>>— ¿De dónde la conoces? –le pregunté.

>>—Yo no la conozco –tartamudeó.

>>—No mientas, Wayre –dije, tajante.

>>—Agh, mierda. –Suspiró. —Ella... ¿Recuerdas que te dije que tenía una amiga cuyos apellidos eran idénticos a los tuyos?

>>Y entonces, me contó a historia entre ustedes dos, y que se había ido de la casa en cuanto se enteró de que, después de haberse ido a Inglaterra tantos años, su familia seguía en el grupo de Izumi, y que además te querían incluir a ti, manipulándote con la muerte de... Bueno, papá.

>>Por los contratos, descubrimos que mamá trabajaba en la OLFD. Wayre me dijo que nunca la llegó a ver. Hicimos cuentas y él había empezado a trabajar ahí dos meses después de su muerte.

>>Todavía me queda alguien, pensé. Esa premisa hizo que te decidiera buscar. Sin embargo, Wayre no quiso seguir ayudándome; tenía un odio innegablemente enorme hacia los demonios, y suponiendo que tú eras ya parte de ellos... Bueno, ya lo conoces. Entonces emprendí la búsqueda solo. Claro que eso no significaba que había dejado de trabajar para la OLFD. No, señor. La organización me ayudó a seguirte la pista. Admito que me llevó varios meses encontrarte, pero bueno. Esta noche lo hice.

>>Había un espía encubierto en el grupo de Izumi. Honestamente desconozco la identidad de la persona, pero le avisó a mi jefe que habría un ataque. Izumi les explicaría todo a detalle el mismo día. Por alguna razón, descubrieron al espía esa misma tarde y lo asesinaron. El chiste es, que necesitábamos a uno nuevo. Al saber la inminencia de tu presencia, me ofrecí.

Sombras Traicioneras | COMPLETAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora