Qué ganas de poder estar con él a todas horas. Esa es la verdad. Pero la vida sigue y Adler no despierta. Alyssa estableció horas de visita únicamente para que no pasara todo el día en el hospital. Que me hace mal, me dice.
Ha pasado un mes de incertidumbre. Un mes del accidente. Debo trabajar en mi próximo libro, y si soy honesta no puedo encontrar la motivación suficiente para hacerlo. Me desvelo y pienso en miles de posibilidades, situaciones en las que podría escribir un sinfín de historias y tiro todo por la borda porque nada es suficiente. La editorial me está presionando a publicar un libro por lo menos a fin de año. No llevo ni una sola página... o idea concreta. Todo fue antes del accidente, claro. No sé cómo ahora irán las cosas. Seguro cambiarán, suplico que cambien.
Esta tarde ha llovido todo el día. Es por eso, que como un día cualquiera en la infancia Hart, hice lo que mi madre hubiese hecho con nosotros. Agarré un libro de cuentos, su favorito de cuando era niño, y me senté junto a su camilla:
— Bueno, Adler — hablé después de varios minutos de silencio, el sonido de la lluvia contra el pavimento y específicamente contra la fachada del edificio había llamado a la calma —. Hoy ha sido un día tan lluvioso, que preferí caminar desde casa para evitar manejar en estas circunstancias. Fue bastante relajante, me puse las botas rojas que alguna vez me compré a pesar de que dijeras que parecía Dorothy del Mago de Oz. Ese Halloween fuiste el hombre de hojalata más apuesto — reí al recordar los ridículos disfraces que nosotros mismos habíamos confeccionado —. Y es por eso mismo, que he traído el libro — me acerqué a su rostro y besé su mejilla delicadamente, me dirigí a la pequeña mesa de la habitación. Sobre la mesa estaba el libro, antes de sentarme lo observé una vez más. Cómo podía ser posible que su aspecto era más vivaz que nunca. Sus largas pestañas, dignas de máxima envidia y admiración, su piel no tenía ni un tono o indicio de palidez. Aún así, lleva un mes durmiendo en el más profundo de los sueños.
Comencé a leer el libro, a comentarlo como si él pudiera responderme. También recordé lo mucho que amaba la historia, pensaba que quizás no era un libro para niños. Leí un par de páginas y en eso recibí una llamada de Ash.
— Hermanita — saludó con cariño — ¿Cómo van las cosas? ¿Alguna mejora?
— Hola, no. Nada por ahora, tiene muy buen aspecto. Pero sigue igual desde hace días — me alejé un poco de él. Creo que ya había leído suficiente por hoy. No debía sobreexigirle mucho —. ¿Cómo están Martin y Rose?
— Mis peques están bien. Te extrañan mucho. Creo que uno de estos días visitaremos San Francisco con Sarah. — Él no tenía realmente un lugar fijo para llamar hogar. Tiene una casa en San Francisco, otra en Los Ángeles, y muchas veces viaja por trabajo alrededor del globo. Siempre lleva a toda su familia. Debe ser algo agotador, pero también, según yo; adorable. No es un problema siendo que los niños aprenden en casa.
— Aquí los esperamos, con los brazos abiertos. Mándales un beso y abrazo de mi parte. Te extraño.
— Yo también, Mía — suspiró a través de la llamada —. Sabes que cualquier cosa que necesites, estoy a una llamada de distancia. Cuídate, saludos a todos por allá.
— Gracias. Te quiero. — Corté la llamada. Se sentía bien el apoyo, a pesar de todo. No estaba sola, mucho menos Adler. Me hace pensar que en algún momento remoto todo estará bien. Porque no. No estamos solos.
Dejé un beso en su frente y fui a uno de los lugares que ya comienza a ser familiar.
— Buenas tardes — entré buscando con la mirada a la pequeña que vi hace un tiempo. Era una niña muy encantadora. Le traía un waffle, ya que la vez anterior insistió en lo mucho que le gustaban. A la distancia, divisé a Hal y a una enfermera dándole jugo de naranja con una pajilla. Su imagen, o más bien, la vibra que transmitía; me causaba mucha tristeza. Sólo lo he visto un par de veces más. Siempre estaba muy malhumorado para hablar. Algo me decía que debía hablarle, que no tenía por qué sufrir en silencio lo que sea que estuviese pasando por su cabeza. Si se veía deprimido, mucho más solitario. — Disculpe, enfermera ¿Podría yo ayudarlo? — Pregunté algo nerviosa al ver la expresión de Hal al notar que estaba ahí.
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Lo Feliz Que Soy A Tu Lado
RomanceEl ser humano, considerado como individuo, es una unidad indivisible, dotada de alma y espíritu, cuya mente funciona de manera racional: tiene conciencia de sí mismo, capacidad para reflexionar sobre su propia existencia, sobre su pasado, su present...
